La noche de quince años debía ser simplemente una celebración inolvidable, llena de música, alegría y sueños. Sin embargo, todo cambia cuando una conexión inesperada surge entre la festejada y su elegante chambelán.
Entre ensayos, bailes, miradas discretas y momentos compartidos, nace un sentimiento que ninguno de los dos esperaba. Lo que parecía una simple amistad comienza a convertirse en algo mucho más profundo, poniendo a prueba sus emociones y enseñándoles que el amor puede aparecer en los momentos más inesperados.
Pero no todo será fácil. Los rumores, las diferencias y los desafíos de la vida pondrán a prueba aquello que sienten. ¿Será suficiente para mantenerse unidos o terminará siendo solo un hermoso recuerdo?
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Capítulo 20: Tres meses después
Habían pasado tres meses desde la fiesta de quince años de Ariana Salazar.
La vida en la marina había vuelto a la normalidad.
Los entrenamientos seguían siendo igual de exigentes que siempre.
Las madrugadas.
Las formaciones.
Las carreras.
Los ejercicios físicos.
Las clases teóricas.
Todo continuaba exactamente igual.
Sin embargo, había algo que había cambiado.
No dejaba de pensar en Ariana.
Y lo peor era que ni siquiera entendía por qué.
Al principio pensé que era normal.
Después de todo, habíamos pasado meses ensayando juntos.
Era lógico recordar algunos momentos.
Pero conforme pasaban las semanas, los recuerdos seguían apareciendo.
Recordaba los ensayos de bachata.
Los momentos en que la coreógrafa nos corregía.
Las bromas de Saúl.
La noche de la fiesta.
El vals.
La coreografía.
Y sobre todo, recordaba a Ariana.
Su sonrisa.
Su forma de hablar.
La emoción que tenía cuando hablaba de sus quince años.
Todo eso aparecía en mi mente cuando menos lo esperaba.
Lo peor era que ya comenzaba a afectar mis entrenamientos.
Una mañana estábamos realizando ejercicios de formación.
El instructor estaba dando órdenes.
—¡Atención!
—¡Firmes!
—¡Media vuelta!
Todos reaccionaron inmediatamente.
Todos menos yo.
Había escuchado la orden, pero estaba distraído.
—¡Aguilar!
La voz del instructor resonó por todo el patio.
—¡Sí, señor!
—¿Dónde tiene la cabeza?
—Lo siento, señor.
—Concéntrese.
—Sí, señor.
Sentí las miradas de varios compañeros.
Especialmente la de Saúl.
Y eso apenas fue el comienzo.
Días después ocurrió algo parecido durante una práctica física.
Mientras corríamos una pista de entrenamiento, volví a distraerme.
Pensaba en cualquier cosa menos en el ejercicio.
El resultado fue que terminé equivocándome en una parte del recorrido.
—¡Aguilar!
Otra vez el instructor.
—¿Qué está pasando con usted?
—Nada, señor.
—Pues parece otra cosa.
—Lo siento, señor.
—No quiero disculpas. Quiero concentración.
—Sí, señor.
Aquella tarde terminé haciendo ejercicios adicionales junto con otros compañeros que habían cometido errores.
Cuando terminó la jornada, Saúl se acercó con una sonrisa sospechosa.
—Hermano.
—¿Qué?
—Ya sé qué le pasa.
—¿Y qué me pasa?
—Se llama Ariana.
—No empiece.
—Entonces explíqueme por qué lleva semanas distraído.
—Estoy cansado.
—Claro.
—Es verdad.
—Y yo soy piloto de avión.
No pude evitar reírme.
Saúl tenía la habilidad de molestar incluso en los momentos más serios.
Pero en el fondo sabía que algo de razón tenía.
Aquella noche regresé a mi habitación.
Intenté leer.
Intenté revisar algunos apuntes.
Intenté concentrarme en otras cosas.
Pero nuevamente terminé recordando la fiesta.
Los ensayos.
Las risas.
Y a Ariana.
Me levanté de la cama y miré por la ventana.
—¿Qué me está pasando? —murmuré para mí mismo.
Nunca había tenido problemas para concentrarme.
Siempre había sido disciplinado.
Siempre había cumplido con mis responsabilidades.
Pero ahora parecía que mi cabeza estaba en otra parte.
Los días siguieron pasando.
Y los regaños del instructor también.
Una mañana incluso me llamó a su oficina.
—Aguilar, usted es uno de mis mejores alumnos.
—Gracias, señor.
—Por eso mismo estoy preocupado.
Guardé silencio.
—No sé qué le está ocurriendo, pero no está rindiendo igual.
—Lo sé, señor.
—Resuelva lo que tenga que resolver y vuelva a concentrarse.
—Sí, señor.
Salí de la oficina pensando en sus palabras.
Tal vez tenía razón.
Necesitaba recuperar la concentración.
Necesitaba volver a enfocarme en mis objetivos.
Pero aunque lo intentaba, había algo que no podía negar.
Cada vez que pensaba en aquellos meses de ensayos y en aquella noche especial, el primer rostro que aparecía en mi mente era el de Ariana Salazar.
Y por más que intentaba ignorarlo, comenzaba a sospechar que la razón por la que no podía sacarla de mis pensamientos era mucho más simple de lo que quería admitir.