Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 22
Capítulo 22
La comida de Bruno era distinta. Él tenía una dieta de recuperación. Elías y Rodrigo, en cambio, comían el mejor menú de La Flor del Plata.
Bruno nunca hablaba mientras comía. Elías sí.
—Señor, después de su accidente, Esteban me tuvo encerrado enseguida. Durante todo este tiempo fueron bastante “educados”, digamos. Me preguntaban por cuentas de la empresa y proyectos. Pero hoy me cambiaron de lugar de golpe, me pegaron y me exigieron datos sobre un supuesto proyecto de una enana blanca.
Dejó los cubiertos un segundo.
—Entendí que quizá usted había filtrado esa información para desordenarle los tiempos a Esteban. Pero yo jamás escuché que Alcázar Group tuviera un plan así.
Rodrigo soltó una risa.
Elías entendió al instante. Le pegó una patada por debajo de la mesa.
—Ah, eras vos. Me hiciste comer una paliza.
Rodrigo se quejó y lo miró con los ojos abiertos.
—¿Y si no hacía eso cómo lo hacía pisar el palito? ¿Cómo te encontraba? Encima desagradecido.
El ánimo de Bruno se aflojó apenas.
Mirar a esos dos discutiendo le recordó los días previos al accidente. En ese entonces él estaba en la cima. Todo le parecía pequeño. Elías y Rodrigo eran hombres capaces, lo acompañaban en cada batalla y mantenían el grupo funcionando con precisión.
Él se sentía dueño del futuro.
Un hombre exitoso. El centro de una luz que todos querían seguir.
Después se convirtió en el famoso “vegetal”.
Familiares, amigos y viejos directivos de la empresa fueron a verlo. Frente a su cama dejaron caer la máscara. Hablaron de su envidia, de su odio, de su desprecio.
Sus propios parientes se reían al lado de él y discutían cómo repartirse Alcázar Group cuando muriera. Hasta tenían pensada la distribución de su herencia.
Dos meses tirado le bastaron para verlos.
Y también para sentir lástima por sí mismo.
Para ellos él no era una persona. Era una máquina de hacer dinero.
No le tenían cariño.
Era una broma.
Después su abuelo encontró a Sol. Esa chica torpe, honesta, le encendió algo en el pecho. Como si en una habitación helada hubiera entrado una luz tibia.
Ya debía haber terminado su examen.
—Rodrigo, andá a buscarla. Elías, quedate.
Rodrigo dejó de sonreír.
—Sí.
Elías no entendía nada, pero no se animó a preguntar.
¿“Ella” quién?
Bruno bajó un poco los párpados.
—Elías, hay dos grupos que quieren matarme. Uno es Esteban. El otro todavía hay que investigarlo. Instalá cámaras acá y revisá las imágenes las veinticuatro horas.
—Sí.
—Vigilá a Tomás. Acaba de recibir diez millones de dólares de capital inicial. Con su carácter, va a querer gastarlos lo antes posible. Mi abuelo le dio una oportunidad. Lo está probando.
La comisura de sus ojos se levantó apenas.
—Pero no debió mirar lo que es mío. Voy a darle una lección.
—Sí, señor.
—Que mi despertar siga siendo secreto.
—Sí, señor.
Bruno miró el atardecer que se espesaba detrás de la ventana.
—El supuesto proyecto de la enana blanca viene de una organización extranjera muy reservada. Lo escuché cuando estudiaba afuera. Tiene más de cincuenta años de historia. Los participantes son grandes fortunas de distintos países y el rendimiento fue alto. Pero esa organización selecciona a sus miembros con un filtro estricto y en secreto. No se entra solo por tener dinero.
Elías escuchaba en silencio.
—Hace medio año, el concepto llegó al país, pero cambió de naturaleza. Acá lo rebautizaron Universo Cero. Dicen que la tecnología central consiste en financiar el desarrollo de espacios alrededor de una enana blanca. Venden la idea de invertir en el espacio. Hoy un metro cuadrado de ese “universo” ya se vende a cifras absurdas. Quienes están detrás están juntando fortunas.
Elías se quedó mudo.
¿Hasta el espacio invisible se podía vender?
Para él eso era juntar incautos.
—El proyecto real del exterior y este Universo Cero local no tienen la misma esencia. A mí me genera dudas. Sospecho que alguien está usando el concepto para desplumar a sectores medios altos y ricos. Por eso Alcázar Group no se metió.
Elías jamás dudaba del olfato profesional de Bruno.
Bruno había hablado bastante y se cansó. Además había comido más carne de la cuenta y tenía el estómago pesado.
Sol todavía no llegaba.
Empezó a impacientarse.
Si ella no venía, ¿quién iba a masajearle la panza?
¿Qué estaba haciendo Rodrigo? Una hora y todavía no la había traído.
Rodrigo tampoco podía hacer milagros. No podía entrar al sector de mujeres de la residencia. La encargada la llamó varias veces, pero siempre contestaba Renata:
—No está.
Sol no respondía mensajes ni llamadas.
Rodrigo esperó abajo.
Parado tan derecho en la entrada de la residencia de mujeres, alto y bastante atractivo, llamaba la atención de todas las que pasaban.
No se puso colorado. Al contrario, detuvo a una chica.
—Disculpá, linda. ¿Me harías el favor de avisarle a Sol Linares, del sexto piso, que la busco por algo urgente?
La chica se sonrojó.
—Sí.
Un rato después bajó Renata.
—Che, ¿qué querés con Sol? Está agotada estos días. Se durmió y pidió que nadie la despertara.
Rodrigo entendió.
Con razón no respondía nada.
Y era lógico. Su madre internada, ella de acompañante; después salía de madrugada para instalar cámaras junto a Bruno, trepaba ventanas, perseguía desconocidos y revisaba imágenes. Una chica sin experiencia en esas cosas, por más fuerte que fuera, terminaba fundida.
—Está bien. La espero.
Renata no se movió.
—¿Cómo te llamás? ¿Qué relación tenés con Sol? ¿Por qué venís a buscarla a esta hora?
Rodrigo la miró con más respeto.
Nada tonta. Tenía alarma.
Si fuera otra, no habría contestado. Pero era amiga íntima de la señora Alcázar. Había que tratarla bien.
—Rodrigo Vega. Con la señorita Linares somos conocidos.
Sobre la última pregunta decidió no decir nada.
Renata esperó unos segundos. Como él no agregó más, resopló.
—¿Ser lindo te da derecho a hacerte el misterioso? Pues no le voy a avisar nada. Esperá sentado.
Se dio vuelta y se fue con la mochila.
Iba a estudiar a la biblioteca. Rodrigo no podía entrar a la residencia, así que tampoco había peligro.
Rodrigo miró la hora y le escribió a Bruno.
Rodrigo: La señora está durmiendo.
Un rato después llegó la respuesta.
Bruno: Cuando despierte, traela.
Rodrigo: Sí.
En el hospital, el mejor masajista médico llegó a la habitación. Le hizo masajes, acupuntura y maniobras durante más de media hora antes de retirarse.
Bruno se cambió y se puso ropa limpia de entrecasa. Después esperó en silencio la llegada de Sol.
Elías volvió con media cara hinchada a informar.
—Esteban está ocupado en una reunión de familias ricas de Buenos Aires. Mandé gente a seguirlo. El equipo de Tomás ya terminó el plan: mañana a las ocho van a vender un lápiz de cejas por TikTok. Contrataron diez influencers mujeres para promocionarlo al mismo tiempo. Quieren hacerlo masivo.
Le entregó a Bruno una carpeta gruesa.
Bruno la leyó con rapidez.
—La marca, Reina, trabaja cosmética. La calidad no es mala, pero es cara. Para un lápiz de cejas usan 0,07 gramos de materia prima. Lo van a vender a setenta y nueve mil pesos y regalan dos repuestos. Si lo calculás por gramo, ronda trescientos mil.
Elías agregó:
—Comparado con otras marcas, Reina es un disparate. El lápiz de cejas que usó durante veinte años aquella actriz famosa, el nacional de toda la vida, Clara Piel, cuesta monedas. Esta vez Tomás quiere hacer una diferencia enorme.
Bruno dejó la carpeta.
—¿Qué tienen preparado para el vivo de mañana?
—Influencers extranjeras, baile, música. Tomás va a estar al lado como coanfitrión.
Bruno sonrió apenas.
—No quiso ser heredero serio y prefiere jugar a influencer. Dejalo probar la miel. El primer y segundo día ayuden a que le vaya bien.
—Sí.
Hablaron un rato más de detalles. El plan general quedó armado y el resto iba a ejecutarlo Elías.
A Elías le llegó un mensaje.
—Señor, llegó Don Ernesto.
Bruno suspiró.
—Bien. Recibilo.
Elías lo ayudó a acostarse. Bruno cerró los ojos. Le acomodaron la manta y Elías salió a buscar al anciano.
Dos asistentes ayudaron a Don Ernesto a sentarse. Ese lunes ya había sido pesado. A la tarde, apenas llegó a casa, Ramiro le dijo que Bruno había vomitado y tenido diarrea. Don Ernesto ni bajó del auto: fue directo al hospital.
—Bruno, ¿qué pasó? Si casi no comés, ¿cómo vas a vomitar?
La mano áspera del abuelo cubrió la mano de Bruno. Era seca y cálida, igual que cuando él era chico. El corazón helado de Bruno se ablandó un poco.
—Hoy le pasé a tu tío una parte de acciones y le di diez millones a tu primo. Ay, Bruno. Vos estás así, yo estoy viejo, se me olvidan cosas, ya no puedo con todo. Tu abuelo hace lo que puede, incluso sabiendo que quizá no deba.
Los dos asistentes se quedaron callados.
Don Ernesto permaneció en silencio un rato y después preguntó:
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que el señor Alcázar está estable —respondió un asistente.
—Eso está bien.
Esteban entró sin hacer ruido.
—Papá.
Don Ernesto ni lo miró. Siguió frotando la mano de Bruno.
—¿Todavía sabés venir a ver a tu sobrino?
Esteban había recibido por la mañana buena parte de las acciones transferidas y, sumadas a las que ya poseía, era ahora el mayor accionista individual. Venía inflado de una reunión secreta con millonarios y cargado de ambición. Al ver esa cara fría del padre, se le encendió la bronca.
Pero sonrió.
—Papá, no digas eso. Si estoy ocupado es por Alcázar Group.
Se acercó.
—Hoy en la reunión estuvieron los viejos de varias familias importantes. Ahora todos hablan del proyecto Universo Cero. Antes yo no podía entrar a ese círculo. Hoy, gracias a que me transferiste acciones, pude escuchar. Me abrió la cabeza.
Don Ernesto se irritó.
—¿Qué Universo Cero? Si no es público y claro, algo sucio tiene. Alcázar Group no va a tocar eso.
Esteban esperaba que su padre pusiera también dinero propio, otros diez millones para él. Esa agua fría lo dejó sin cara.
—Papá, también tenés que actualizarte. Hoy la plata se hace en silencio. Nadie sale a anunciar dónde está su torta. Ganar dinero es lo único que importa. Estás viejo. Viejo y confundido. No ves la realidad y seguís agarrado a Alcázar Group...
Don Ernesto, agotado y acostumbrado a ejercer autoridad, no toleró que su propio hijo lo llamara viejo y confundido.
Le dio una cachetada.
Esteban se tocó la cara, incrédulo.
—¿Me pegaste?
—¿Y qué? Escuchame, Esteban. Universo Cero es una trampa. Está hecho para desplumar gente. Si no podés ver eso, ¿querés manejar Alcázar Group? Vas a hundirlo. Mañana recupero ese treinta por ciento de acciones temporarias.
La transferencia no era definitiva. Había una certificación: si Esteban lograba que el beneficio neto del grupo aumentara un uno por ciento en un año, las acciones pasarían a ser suyas. Hasta entonces, Don Ernesto podía revocar la decisión.
Esteban se puso peor.
—Papá, soy tu hijo. ¿No puedo usar dinero de Alcázar Group? Te digo algo: por más que prefieras a Bruno, no te sirve. Él está tirado en una cama. Es un vegetal. Miralo bien. Un vegetal esperando la muerte. Alcázar Group ahora solo nos tiene a Tomás y a mí.
—¡Desgraciado!
Don Ernesto le dio otra cachetada.
Esteban no se atrevió a devolverla. Entonces gritó:
—¿Quién es el desgraciado? Viejo maldito, tenés más de setenta y seguís sin soltar el poder. ¿Quién te creés que sos? Te aviso: hoy entré al círculo de Universo Cero como mayor accionista de Alcázar Group y ya pagué cinco millones de dólares de anticipo para comprar espacio virtual. Cuando la Tierra explote, yo voy a tener adónde ir. Mientras exista el universo, no me importan aludes, volcanes, tsunamis ni guerras.
Se exaltó. Los ojos se le pusieron rojos. Se acercó a Don Ernesto con la cara deformada.
—Viejo, si me obedecés, te dejo comer tranquilo. Si seguís del lado de ese...
Señaló a Bruno.
—Te encierro y te mando antes de tiempo con tu amante muerta.
Don Ernesto tembló de rabia.
—Bien... bien, Esteban. Por fin dejaste de fingir. Bien, yo...
Esteban seguía demasiado excitado. Había visto a los grandes ricos del país y sentía que se le había abierto una puerta luminosa. Todo era culpa de la parcialidad del padre. Por culpa de eso él había tardado tanto en conocer el mundo verdadero. Esos hombres por fin lo miraban sin desprecio. Eso era gloria.
Fue hasta la cama de Bruno y le apuntó a la cara.
—Este inútil no me aprobaba ni un millón de la empresa. Si no fuera por mi inteligencia, me habría muerto de hambre. Todo por tu favoritismo, papá. Por vos sufrí todo esto...
Don Ernesto se asustó.
—No lo toques.
Esteban puso la mano en el cuello de Bruno y giró la cabeza hacia el anciano.
—¿Y si lo toco qué?
La muñeca de Bruno se movió. Estaba por agarrarle la mano a Esteban.
Si se atrevían a humillar así a su abuelo, él pelearía aunque tuviera que hacerlo desde esa cama.
La puerta se abrió de golpe.
Sol entró y vio a Esteban con la cara retorcida, la mano sobre el cuello de Bruno.
—¿Qué está haciendo?
No pensó más.
Saltó.
Su pierna larga pasó por el aire y le cayó a Esteban justo debajo de la nariz.
¡Paf!
Esteban vio una sombra blanca. Un dolor brutal le atravesó el cuello. Cayó de bruces al suelo y la nariz le pegó contra el piso liso. La sangre salió enseguida.
—¡Ah!
Los nervios tensos de Bruno se soltaron. Una de sus piernas se movió.
Y esta vez él lo sintió.
Ella por fin había llegado.
Esteban se tocó la sangre de la nariz y, al verla, sus ojos turbios soltaron fuego.
—Vos... basura, ¿te atreviste a patearme?
Jamás había sufrido una humillación así. Se levantó y se lanzó hacia Sol.
Sol esquivó de costado, pasó detrás de él y volvió a patear.
El taekwondo destacaba por velocidad y fuerza de piernas. Sol llevaba tres años entrenando. Saltó con la izquierda, levantó la derecha y le descargó un golpe seco sobre el hombro.
—¡Ay!
Esteban cayó de espaldas. Quedó en el piso, con tanto dolor que no podía levantarse.
Ya sangraba por la nariz. Ahora sangraba más.
Rodrigo abrió la puerta y vio a la señora Alcázar en una postura perfecta, parada sobre un pie, todavía sin bajar del todo la pierna que acababa de usar.
Estaba frente a la cama de Bruno como una barrera.
Firme. Imposible de pasar.
Rodrigo sabía que Sol podía trepar ventanas, pero no imaginaba que pegara así. Una sola pierna había tumbado a Esteban, un hombre grande.
Y verlo en ese estado le dio una satisfacción difícil de disimular.
me estoy aburriendo 😡