Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 18
Capítulo 18
El ruido venía del living.
Una empleada había roto un florero mientras limpiaba.
Thiago se agachó.
—Te ayudo.
La mujer casi saltó.
—No, señor Thiago. Usted está delicado. Descanse.
Thiago retiró la mano.
Durante la mañana intentó ayudar a cortar flores, regar y barrer el patio.
La respuesta fue siempre la misma:
—Usted tiene que cuidarse.
Su personaje de enfermo débil había calado hondo.
Thiago empezó a querer ajustar cuentas con Lola.
Vio al abuelo salir con una azada.
—¿A dónde va?
—Lola quiere sembrar. Voy a abrirle un pedazo de tierra.
—Puedo ayudar.
—No. Vos estás enfermo. Si te cansás, nos van a acusar de maltratar pacientes.
—Entonces llamo a alguien.
—No. La primera huerta de Lola la hago yo.
Lo echó con un gesto.
Thiago fue hacia el otro lado y encontró a la abuela recogiendo frutillas.
—¿La ayudo?
La mujer levantó la vista.
El sol le pegaba a la cara de Thiago.
La abuela sonrió sin defensa.
—Bueno.
Thiago por fin encontró una tarea.
Recogieron en silencio un rato.
—¿Tenés novia? —preguntó ella.
—No.
Esposa nominal, sí.
—Raro. Con esa cara, seguro te sobran candidatas.
—No me apuro.
—¿Y qué pensás de nuestra Lola?
Thiago casi se atragantó.
La abuela fingía mirar las frutillas, pero lo observaba de costado.
Él tardó unos segundos.
—Lola es... buena. Directa. Optimista. Pasó por cosas feas, pero no se volvió oscura. Es como una flor que insiste en mirar al sol.
La abuela bajó la mirada.
—Nuestra Lola es muy buena.
Después sonrió.
—Vos también sos buen chico.
Por tener buen gusto, al menos.
Cuando volvieron a la casa, Elena lavó unas frutillas y le alcanzó un plato.
—Probá. Son de acá, sin nada raro.
Thiago mordió una.
La fruta estaba dulce, fresca, con ese sabor de patio cuidado a mano.
Mientras él comía frutillas en una casa donde todos lo trataban como paciente de porcelana, Milo estaba sentado frente a Damián con las cejas apretadas.
—Papá.
—¿Qué?
—Mi tío no tiene casa.
Damián levantó la vista.
—¿Quién te dijo eso?
—La seño.
—¿Lola?
—Sí. Dijo que en la casa de mi tío hay muchas cucarachas grandes. Hacen ruido y no lo dejan vivir.
Damián tardó dos segundos en entender.
Después se recostó en la silla y sonrió.
Así que su cuñado se había escondido en la casa de la señorita Lola.
—Milo, tu tío ya tiene dónde quedarse.
El chico se preocupó más.
—¿Seguro? Puede venir acá.
—Seguro.
Damián se tocó el mentón, divertido.
—Tu tío tiene futuro.
Milo asintió con mucha seriedad.
—Eso ya lo sabía. Mi tío tiene cara de inteligente.
Después miró a su padre.
La mirada bajó por su cara y se detuvo con una prudencia cruel.
Damián entrecerró los ojos.
—Terminá la frase.
—Nada.
—Milo.
—Dije que mi tío tiene cara de inteligente.
—¿Y yo?
Milo miró el cuaderno.
—Vos sos mi papá.
Damián quedó negro.
Esa noche, cuando Lola volvió, encontró a Thiago y a su abuela sentados juntos, comiendo frutillas y mirando un programa de humor.
Se reían al mismo tiempo.
Lola se quedó en la entrada.
¿Cómo había logrado eso en menos de un día?
—Lola, vení —dijo la abuela—. Probá estas frutillas.
Lola se sentó del otro lado.
—Veo que se llevan bien.
—Thiago tiene mucha paciencia conmigo.
Lola casi se atragantó.
¿Thiago? ¿Paciencia?
—La abuela charla muy bien —dijo él.
—Me explicó un montón de astronomía. Dijo que el sistema solar está en un brazo de la galaxia, como nosotros estamos cerca de la cuarta entrada del barrio. ¿No es destino?
Lola miró a Thiago.
¿Qué le había vendido?
Se metió una frutilla en la boca.
—Está buenísima.
—Las cultivo yo —dijo la abuela, orgullosa—. Sin químicos. Los bichos los saco a mano.
Lola comió varias.
—¿Y el abuelo?
—Arriba, bañándose. Hoy te abrió tierra para plantar. También llegaron los plantines de tomate.
Lola se levantó de golpe.
—Voy a ver.
Thiago la siguió.
En la huerta, Lola cargaba plantines con una energía exagerada.
—¿Vas a plantar ahora?
—Hoy es buen día.
—La tierra recién está abierta. ¿No necesitás abono?
—No.
No quería interferencias.
Iba a probar su energía.
Thiago la miró.
—¿Vas a dejar la docencia y dedicarte a cultivar?
—No. Voy a ser rentista. Mis abuelos tienen decenas de propiedades.
Levantó la barbilla.
—¿Sorprendido? Te dejo juntar los lentes del piso.
Thiago sonrió.
—Entonces también tengo parte.
Lola se congeló.
—¿Cómo que tenés parte?
—Estamos casados. Lo tuyo es mío.
Ella miró al cielo.
—Mañana es un gran día para divorciarse.
—Eso es usarme y tirarme.
—Las propiedades de mis abuelos no te corresponden ni en sueños.
Thiago le revolvió el pelo hasta dejarlo hecho un desastre.
—Iba a tocarte la cara para ver qué tan gruesa era, pero está llena de tierra.
Lola abrió la cámara del celular.
Tenía barro en las mejillas.
Quiso limpiarse con la manga.
—Quietita.
Thiago sacó un pañuelo y se acercó.
—Tengo las manos sucias.
—Por eso.
Le limpió la cara.
Lola tuvo que levantarla.
Desde ese ángulo veía su mandíbula, los labios, las pestañas oscuras.
El corazón le golpeó fuerte.
—Listo.
—¿Por qué estás tan colorada?
—¡Porque plantar cansa! ¡El esfuerzo da calor!
Se dio vuelta y siguió con los tomates.
Thiago no entendió por qué se enojaba.
Ella, de espaldas, respiró hondo.
Era la segunda vez que esa cara la dejaba tonta.
No podía seguir así.