Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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23 Un sentimiento que da esperanzas
Noha conducía alejándose, hasta que se detuvo en un semáforo. Se recostó un momento en el respaldo del asiento, su mirada seria y absorta. Recordaba las palabras de Inez, cuando ella le comentó su duda sobre Sasha, la empleada —creyendo que quizás tenía algo con su marido. Además, investigar por dónde se movía Sasha había sido orden de su tía, antes de que ocurriera ese brote violento y los pensamientos desesperados que la habían llevado a intentar lanzarse del balcón.
Decidió tomar el teléfono Para saber cómo estaba ahora su tía en la mansión, si seguía viva.
—Hola tío… ¿cómo está la tía? Dime que sigue viva.
—Ahora me vas a renegar de que me fui, pero tuve un asunto muy extremo que resolver. Ahora, ¿me puedes decir cómo está mi tía?
Silencio al otro lado. Luego, la voz del tío se hizo dura. Noha sintió la ira subir, pero intentó controlarla.
—Sabes qué, déjalo ahí, tío. En total, ya no voy a tener más trato contigo y no voy a volver a casa. Así que guarda tu dinero y no me busques —la voz se le escuchó más firme que furiosa—. Tú mismo te ganaste mi desprecio.
Antes de que el tío pudiera responder, Noha cortó la llamada de golpe, tirando el teléfono al otro asiento. Arrancó el auto con más fuerza de la necesaria.
Condujo unos kilómetros hasta que, de repente, el auto se detuvo. Intentó arrancarlo una y otra vez, pero no respondió. Estaba parado en una vía donde pasaban trenes, justo en el cruce. El motor se había apagado completamente, y el auto no se movía ni un centímetro.
Noha miró hacia adelante y se quedó paralizado. A lo lejos, veía venir un tren a toda velocidad. Escuchó el sonido agudo de su silbato, repetido y insistente, para que se desviara. El tren se acercaba rápidamente, y el auto estaba varado en medio de la vía. El tiempo se hizo lento: podía ver las ruedas girando, escuchar el ruido creciente del motor, sentir la vibración en el asfalto.
Miguel había llegado al bar buscando un poco de calma, se sentó solo en una mesa apartada y pidió unos tragos, intentando ahogar la angustia que lo consumía desde hacía rato. Se notaba abatido, con la mirada perdida, como si parte de su alma estuviera en otro lugar.
De pronto, un mozo, que lo había estado observando de reojo porque le parecía verlo muy pálido y inquieto, se acercó con paso atento y amable:
—¿Necesita algo, señor?
Pero Miguel no pudo responder. Una opresión inmensa, fuerte y repentina, le invadió el pecho, como si algo le apretara el corazón con fuerza desmedida. Se quedó inmóvil, con la respiración cortada, el rostro contraído por el dolor, y sus manos se aferraron fuerte al borde de la mesa.
—¡Señor! ¿Le duele el corazón? —exclamó el mozo, asustado al ver su exprEsión—. ¡Voy a avisar a una ambulancia ya mismo!
Sacó su teléfono de inmediato, con movimientos rápidos y nerviosos, mientras otros empleados y clientes empezaban a darse cuenta de lo que pasaba y se acercaban con preocupación.
—No… no hace falta… —alcanzó a decir Miguel con voz entrecortada, intentando mantener la calma y asegurar que estaba bien, aunque el dolor le iba ganando terreno—. Es solo… un dolor leve… se me pasará…
Pero apenas terminó de hablar, sus fuerzas lo abandonaron. Su cuerpo se fue deslizando lentamente, hasta que cayó de la silla al suelo, pesadamente.
En el bar se armó un revuelo inmediato. La gente que estaba bebiendo o conversando empezó a gritar, alarmada:
—¡Llamen a un médico! ¡Rápido, necesitamos ayuda aquí!
—¡Hagan espacio, déjenlo respirar!
El mozo, con el teléfono pegado al oído, hablaba con tono urgente y exigente, dando todos los detalles:
—¡Sí, es una emergencia! Vengan rápido al bar de la calle principal… sí, ese mismo… un hombre tuvo un ataque al corazón, está inconsciente o muy mal… ¡apresúrense, por favor!
Mientras todo eso pasaba a su alrededor, Miguel apenas lo percibía. El dolor en su pecho era cada vez más intenso, una punzada que le llegaba hasta el alma, y en medio de esa agonía, un mal presentimiento le atravesó la mente con claridad aterradora: su hijo, Noah.
—Mi hijo… ¿dónde está mi hijo? —murmuraba para sí mismo, casi sin voz, con los ojos llenos de angustia—. Algo le pasó… sé que algo le está pasando a Noah… lo siento aquí, en el corazón…
Escuchaba las voces de la gente que lo rodeaba, que le hablaban, que le preguntaban cosas, pero todo le llegaba como si viniera de muy lejos, amortiguado, como si estuviera bajo el agua. Solo sentía ese dolor profundo, ese aviso que le daba el corazón: que su hijo estaba en peligro, que algo malo le había ocurrido y que él, en ese momento, no podía hacer nada para evitarlo.
En la soledad de su oficina, Ronald bebía un trago de whisky parado frente a la ventana, con la mirada perdida más allá del cristal. Y en ese silencio, su mente no dejaba de regresar a lo que había pasado con Sasha, su empleada, allá abajo en el sótano… ese momento cargado de pasión que habían vivido juntos, y que no podía borrar de su memoria.
Se decía a sí mismo que nunca había sido así con ninguna otra mujer; antes, solo con su esposa había tenido esa cercanía, pero esto… esto había sido algo mucho más fuerte, algo que lo desbordó y que no pudo contener. Pero lo que más le daba esperanzas era recordar que ella no lo rechazó: Sasha respondió a su mismo ritmo, se entregó igual que él, y para Ronald eso solo podía significar una cosa: que ella también lo quería. Al menos, así lo sentía él, y esa sensación era lo único que lo mantenía en pie.
Pensaba que quizás fue esa certeza la que le dio la fuerza que necesitaba para tomar la decisión de dejar a su esposa. Porque, de no ser por Sasha, seguramente habría sido imposible hacerlo. Inez… siempre lo había utilizado, lo había tratado como si fuera un objeto, sin importarle si le hacía daño o si lo lastimaba. Y él, por todo el amor que alguna vez le tuvo, habría seguido ahí para siempre, soportándolo todo.
Pero hoy todo había cambiado. Pronto se divorciaría, y con eso nacería un hombre nuevo, libre por fin de esas cadenas. Libre para estar con quien realmente quisiera, libre para amar sin miedos ni ocultamientos. Y en su mente, ese lugar ya estaba ocupado: era Sasha, la mujer que ahora podría tener a su lado y a la que podría entregarle todo su amor.
Por un instante, en medio de esa oficina vacía y silenciosa, una pequeña sonrisa se le dibujó en el rostro. Tenía la esperanza intacta, y le bastaba para seguir adelante.