A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 12
Capítulo 12
Un poco de luz
Volví al departamento de Lucía con la bolsa del vestido y el ánimo de una mujer que acababa de pagar una pequeña propiedad textil.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella, sin despegarse de la computadora.
—Santiago me llevó a comprar ropa. Me dijo que no quería que diera vergüenza. Pagué casi novecientos mil pesos. Creo que fui asaltada con perfume caro.
Lucía levantó la vista.
—¿Y él no pagó?
Me quedé helada.
Claro.
Él me llevó. Él quería que fuera. Él necesitaba que apareciera como parte de su plan. ¿Por qué había pagado yo?
—Soy una tonta.
—Eres una tonta con vestido caro.
Esa noche dormí raro. Soñé que estaba sobre una pasarela con un vestido rojo, rodeada de flashes. Un hombre alto salía de la luz, me cubría los hombros con una chaqueta y yo levantaba la cara como si esperara un beso.
Era Santiago.
Desperté sudando.
No.
No, no, no.
Fui a la cocina por agua.
—¿Soñaste con Diego? —preguntó Lucía desde la oscuridad.
Grité.
—¿Puedes no aparecer como fantasma?
—Responde.
—Antes me meto a un convento.
No dije el nombre de Santiago. Un sueño no significa nada. El cerebro procesa estrés. Eso decía internet, supuse. No iba a investigarlo porque me daba miedo que internet dijera otra cosa.
Para cambiar de tema, pregunté por su vestido para la recepción.
—Lo manda la familia Andrade —respondió.
Su familia. Ese territorio minado.
Lucía era hija de Arturo Andrade, empresario viejo, poderoso y cobarde. Su madre, Lorena, había sido cantante en clubes. Durante años, Arturo pagó cuentas, escuelas y departamentos, pero no le dio a Lucía un lugar limpio. Su esposa legítima la despreciaba. Su madre la empujaba a pedir dinero.
Luego los hijos legítimos de Arturo murieron en un accidente. Lucía, que había crecido como sombra incómoda, se convirtió en la única heredera viva.
La familia Andrade ya no podía ignorarla. Tampoco sabía quererla.
—¿Irás con ellos?
—Mi madrastra no va a una recepción para presentar a un hijo ilegítimo. Mi papá no irá para no molestarla. Mandan a mi madre y a mí.
La ironía era tan perfecta que dolía.
El día siguiente pasó entre trabajo, llamadas del despacho de Matías y cobertura sobre Sofía Reyes. La nueva protagonista aceptó oficialmente El Encanto. Carmen estaba feliz. Yo guardé notas, nombres, enlaces. Ya no podía permitirme olvidar nada.
Por la noche, revisé el vestido azul y la chaqueta. Ximena había tenido razón: en el espejo no parecía una mujer recién echada de su matrimonio. Parecía alguien que entraría a una sala peligrosa y sabría dónde estaba la salida.
Eso me bastó.
Antes de dormir, llamé a la asistente de Matías para confirmar la cita. Me dijo que el licenciado estaría también en la recepción del Hyatt por compromisos con clientes.
Lucía, que fingía no escuchar, dejó de teclear.
—Matías estará ahí —dije.
—Qué casualidad.
—Ajá.
No la molesté. Ya tendría bastante con verlo sin que yo convirtiera su ansiedad en espectáculo.
El viernes llegó con cielo gris.
Me maquillé despacio. No escondí del todo el cansancio. Una cara demasiado perfecta habría sido mentira. Pero sí cubrí las marcas, levanté el cabello, elegí aretes discretos y me puse el vestido.
Lucía salió de su cuarto con un vestido verde oscuro que la hacía parecer una heroína triste.
—Estás preciosa —dije.
—Tú también. Pareces lista para arruinarle la noche a alguien.
—Ese es el objetivo.
En el taxi al Hyatt, ninguna habló demasiado. La ciudad pasaba del otro lado de la ventana, ajena a mi matrimonio, a los secretos de los Alcázar, a las heridas de Lucía. Me sorprendió que el mundo pudiera seguir así, tan normal, mientras una iba camino a pararse frente a su esposo infiel, su amante, su suegra y una familia que quería usarla como pieza de una guerra vieja.
Al llegar al hotel, el lujo nos recibió con flores blancas y personal sonriente.
Respiré hondo.
—¿Lista? —preguntó Lucía.
—No.
—Perfecto. Nadie decente lo estaría.
Subimos.
La recepción de Diego acababa de empezar.