Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 4
El sábado amaneció con un cielo despejado después de la tormenta, el sol filtrándose a través de las cortinas raídas del departamento de Valeria. Sofía se levantó temprano, como de costumbre, y preparó el desayuno en la cocina estrecha: huevos revueltos con tomates, pan tostado y una jarra de jugo de naranja fresco. Calentó la leche para Tiago y la sirvió en su taza favorita, la que tenía dibujos de dinosaurios. El niño se despertó con el aroma, frotándose los ojos mientras se sentaba a la mesa. "Buenos días, mamá", murmuró con voz somnolienta.
Después de desayunar, Valeria insistió en llevarlos de vuelta al departamento alquilado. "Te ayudo con las cosas, Sofía. No es molestia". Pero Sofía notó los círculos oscuros bajo sus ojos, señal de noches en vela por su desempleo reciente. "No, ve a descansar. Tú ya has hecho demasiado. Nosotros tomamos un taxi". Valeria protestó un poco, pero cedió, despidiéndose con un abrazo en la puerta.
El taxi las dejó en la entrada del edificio modesto, con Tiago cargando su mochila pequeña. Al abrir la puerta del departamento, el desorden los recibió: el balcón, olvidado con la ventana abierta durante la lluvia nocturna, estaba cubierto de hojas húmedas, tierra salpicada y charcos. Las ropas que Sofía había lavado el día anterior colgaban sucias de nuevo, empapadas y manchadas. Sofía suspiró y enrolló las mangas para empezar a limpiar, barriendo el piso y recogiendo las prendas.
Tiago, sin que se lo pidieran, corrió a ayudar. "Mamá, yo te ayudo con el trapeador", dijo, agarrando el mango con sus manitas. Lo empujaba con esfuerzo, resoplando como un pequeño motor, el sudor perlando su frente. Sofía lo observó un momento, el gesto mitigando la acidez en su pecho. Tiago siempre había sido así de considerado, entendiendo las fatigas de su madre desde temprana edad. A los dos años ya lo había inscrito en una guardería, y los maestros lo elogiaban por su obediencia y cortesía, lo que le permitía enfocarse en el trabajo sin preocupaciones constantes.
Trabajaron juntos medio día hasta dejar el balcón impecable, el sol secando las superficies. Sofía lavó las ropas a mano en el lavadero, ya que la lavadora del alquiler estaba sucia y no se atrevía a usarla; la nueva que había comprado aún no llegaba. El agua jabonosa corría por el desagüe mientras frotaba con energía.
Para el mediodía, llevó a Tiago a la verdulería de abajo, comprando papas, cebollas y carne para un guiso simple. La vida de madre soltera era un torbellino de tareas: cocinar, limpiar, trabajar. Preparó el almuerzo en la cocina, sirviéndolo en la mesa pequeña. Después de comer, se sentó con su laptop para organizar datos laborales, revisando hojas de cálculo y correos pendientes. Tiago, por su parte, se acurrucó en el sofá con un libro de aventuras, leyendo fluidamente; su vocabulario era avanzado para su edad, pero insistía en que le leyeran cuentos ilustrados antes de dormir.
En ese momento, su teléfono vibró con un mensaje de la maestra del Jardín de Infantes Sol de Oro: Tiago podía empezar el lunes siguiente. Sofía sonrió y se lo contó al niño. "¡Genial! Vas a hacer amigos nuevos". Pero Tiago frunció el ceño. "No quiero ir, es aburrido. Los maestros son tontos y los juegos no tienen gracia". Sofía quería que tuviera una infancia normal, aprendiendo a socializar, y abrió la boca para convencerlo. Sin embargo, Tiago la interrumpió con madurez: "Está bien, mamá. Voy al jardín para que tú estés más tranquila". Para premiarlo, Sofía sugirió ir al parque de diversiones el domingo, pero él prefirió el Museo de Historia Natural. "Quiero ver los fósiles", dijo entusiasmado.
El domingo, en el museo, Tiago empezó pidiendo explicaciones a Sofía sobre las exhibiciones de dinosaurios y minerales. Pero pronto la corrigió: "No, mamá, eso no es así". Sacó su app de audio guías en el teléfono y escuchó por auriculares, caminando adelante. Sofía lo siguió, sonriendo ante su independencia, sintiéndose un poco tonta detrás de él.
Mientras tanto, Matías conducía por las avenidas de Buenos Aires, deteniéndose en un semáforo rojo. Al levantar la vista, creyó ver a Sofía en la acera opuesta, de la mano con un niño pequeño. Parpadeó, pero la visión desapareció entre la multitud. Frotó sus sienes palpitantes, atribuyéndolo a la falta de sueño de los últimos días. Desde el reencuentro en la cena, la imagen de Sofía invadía su mente. Por las noches, soñaba lo mismo: ella diciendo con frialdad "No encajamos. Quiero casarme con alguien rico, tú no tienes dinero, no podemos seguir". Despertaba a medianoche, insomne y irritable, su temperamento habitual de control desmoronándose.
Esa noche, Sofía llevó a Tiago a un restaurante cercano para cenar: milanesas con puré y jugo. Regresaron al departamento, y una vez que el niño se durmió, ella preparó los útiles para el jardín: mochila, uniforme, botellas de agua. Terminó a las once, exhausta pero organizada.
Al día siguiente, su reloj biológico la despertó a las seis. Preparó el desayuno: avena con frutas y leche. A las siete, Tiago se levantó solo, se lavó, se vistió y fue a la mesa a comer. Su autonomía la llenaba de orgullo; era un alivio en su rutina agitada.
Lo dejó en el jardín, donde la maestra lo recibió con una sonrisa. Tiago entró sin dramas, girándose para despedirse con la mano. Sofía tomó el subte en hora pico, aplastada entre cuerpos, el sudor ajeno pegándose a su ropa. Pensó en comprar un auto usado para facilitar los traslados y recogidas, pero sus ahorros eran limitados; pediría consejo a Valeria para elegir uno económico.
En la oficina del Grupo Rodríguez, el día empezó con pilas de documentos y llamadas. Notó que Lucas, desde su llegada a Buenos Aires, se había calmado: ya no cambiaba de novias como en Córdoba, obligándola a mediar en dramas de celos. Recordó cómo, tras dos años sin empleo, había sido contratada en la filial cordobesa; el de recursos humanos, desesperado por una secretaria para Lucas, la había seleccionado pese a su inexperiencia. Ese puesto era invaluable para ella, un ancla en su vida inestable.