Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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La guerra de los desprecios
La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, el tipo de silencio que precede a una tormenta devastadora. Mis padres se habían ido antes de que el sol terminara de despuntar, dejándonos en una tensa tregua que yo estaba decidida a romper. Con la maleta hecha a escondidas, me dispuse a cruzar el umbral hacia la libertad, pero la voz de Ji-hoon, profunda y cargada de una fatiga que me resultó insultante, me detuvo en seco.
—¿Ya te vas? —preguntó.
No me giré. No quería ver la expresión de superioridad que seguramente adornaba su rostro.
—Sí —respondí, con la voz tan fría que me sorprendió a mí misma.
—Hana, por favor... hablemos —insistió, dando un paso hacia mí.
Me giré entonces, con los ojos inyectados en una rabia que no era nueva, pero sí más profunda.
—¿Hablar? ¿Para qué? ¿Para que vuelvas a pegarme? —dije, señalando mi mejilla, donde aún sentía el eco fantasma de su bofetada—. ¿Por qué no te sinceras de una vez por todas y me dices que jamás me viste de la forma en que yo te veía? Sé valiente y admítelo: te molesto. Soy la pequeña intrusa en esta familia que arruina tu perfección.
Ji-hoon elevó la voz, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—¡Ya basta, Hana! ¿Por qué siempre todo tiene que tratarse de ti? ¡Eres el centro de tu propio drama egocéntrico! —caminó hacia mí, su presencia invadiendo mi espacio personal—. ¿Te empeñas en sacarme de quicio? Sí, lo siento por lo de ayer, pero estabas culpando a esa pobre niña de la nada. Ella no tiene la culpa de tus inseguridades.
—¡Ja! ¿Ahora la defiendes? —solté una carcajada amarga—. Pues hazlo entonces, trae a Min-seo y acuéstate con ella. Se te notan las ganas, Ji-hoon, se te nota que estás desesperado por librarte de mí.
—¡Basta! —rugió, y por un segundo pensé que volvería a levantar la mano—. ¿En serio quieres eso? ¿Quieres que tome a alguien y la traiga a mi cama esta misma noche? ¿Eso es lo que quieres para dejar de martirizarme?
—¡Me da lo mismo! —le grité con toda la rabia que mi cuerpo podía albergar—. Haz lo que quieras, porque para mí ya no existes.
—Aaa, ¿ok? Eso haré —dijo él, con un tono peligrosamente calmado que me heló la sangre—. Vete con tu amiga. Que mañana tengo una fiesta y hoy mismo me cogeré a la muchacha que se me cruce. Espero que eso te deje dormir tranquila.
Salí de la casa dando un portazo que debió resonar en todo el vecindario. Caminé hacia el colegio con las lágrimas quemándome los ojos, luchando por no desmoronarme en plena vía pública. En el instituto, el ambiente era irrespirable. Ignoré a Min-seo, la chica de la carta, y esquivé a Ji-hoon, quien caminaba por los pasillos con una suficiencia que me daba arcadas. Me sentía vacía, como si él hubiera arrancado una parte de mí y la hubiera arrojado a la basura.
Al llegar a casa de mi amiga, me desplomé sobre su cama. Ella intentó hablarme de reconciliaciones, de perdonar a Min-seo, de entender que "a veces las cosas pasan".
—¿Hablas en serio? —la interrumpí, sintiendo que mi veneno interno aumentaba—. Ella me mintió. Sabía perfectamente lo que yo sentía y me utilizó para acercarse a él. No quiero saber nada de ella.
Después de horas de insistencia, ella cambió el tema.
—Mañana habrá una fiesta en la casa de Min-jun —mencionó, refiriéndose al chico más adinerado del colegio—. Si quieres ir, ve. Yo me quedaré aquí.
No le presté atención. Me refugié en su baño, dejando que el agua fría del grifo golpeara mi cuerpo. Pero ni el agua pudo enfriar el ardor de mis celos tóxicos. Las palabras de Ji-hoon resonaban en mi cabeza: "Hoy mismo me cogeré a la primera muchacha que se me cruce". La imagen de él, con otra mujer, tocándola como me tocaba a mí, me causó un ataque de náuseas. Comencé a llorar, un llanto histérico y profundo, donde la rabia se mezclaba con una necesidad posesiva que no podía controlar.
Al salir del baño, con los ojos hinchados y el alma destrozada, mi amiga no me dijo nada. Solo la vi escribiendo en su cuaderno, concentrada, mientras yo me hundía en las sábanas, planeando en silencio el caos que desataría al día siguiente. No sabía qué pasaría en esa fiesta, pero una cosa estaba clara: si él quería jugar a la infidelidad, yo me encargaría de que el precio de su juego fuera lo suficientemente alto como para que nunca pudiera olvidar mi nombre. Ji-hoon creía que podía deshacerse de mí y buscar refugio en otros brazos, pero no tenía idea de que, a partir de ese momento, yo ya no buscaba su amor... buscaba su absoluta y total rendición.