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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 14

La arquitectura del búnker subterráneo de *Blackwood* estaba diseñada para resistir el impacto de un misil balístico de rango medio, pero no la presencia simultánea de dos entidades que compartían la misma plantilla genética, la misma secuencia de reflejos y la misma voz desprovista de vibración civil. A las tres de la madrugada, la atmósfera en el nivel tres de la estación de retransmisión se había vuelto tan densa que el aire frío emitido por los difusores de ventilación parecía estancarse en las esquinas de hormigón bruto como un gas invisible.

En el centro del ala de observación médica, una zona que en los años setenta había servido como dispensario de la dotación militar, el sujeto 03 permanecía sentada en una silla de examen de acero inoxidable. Sus muñecas y tobillos estaban asegurados por cinchas de nailon reforzado con fibra de carbono, un material que Marcus había extraído de los arneses de la furgoneta táctica. El mono gris de asalto que vestía estaba desabrochado hasta la base del cuello, revelando los electrodos planos de un encefalógrafo portátil que parpadeaban con un pulso naranja sobre su piel pálida.

La delgada cicatriz blanquecina de su pómulo izquierdo destacaba bajo la cruda iluminación de una lámpara halógena industrial. A pesar de los restos del espectro sedante que aún corrían por su torrente sanguíneo, sus ojos grises permanecían abiertos, fijos en la nada, con una quietud mineral idéntica a la que Elena Vance mostraba antes de iniciar un barrido de seguridad en los distritos financieros.

Elena se encontraba a tres metros de ella, apoyada en una columna de soporte de hormigón. Había recuperado sus ropas de montaña: la camisa de franela a cuadros oscuros sobre la camiseta térmica y los vaqueros gastados. Sus manos estaban metidas en los bolsillos delanteros, una postura deliberadamente informal que buscaba rebajar la tensión biométrica del entorno, aunque sus ojos, también grises, no perdían un solo detalle de las fluctuaciones en el monitor de constantes que Marcus controlaba desde la consola principal.

—El factor de conversión de tu suero está estabilizado en el noventa y dos por ciento, número tres —dijo Elena, rompiendo el silencio con esa cadencia baja y precisa que llenaba la habitación como un eco de espejo—. El compuesto que Marcus modificó en la clínica de Novak no bloquea las funciones motoras superiores; simplemente desvincula los receptores neurales que Julian conectó a la clave de matriz asimétrica. Si intentas forzar las cinchas de nailon, la resistencia molecular del carbono provocará un espasmo defensivo en tus tendones flexores. Estás fuera del tablero militar.

El sujeto 03 movió la cabeza despacio, y el roce de su cabello castaño contra el cuello del mono gris emitió un sonido seco en el dispensario. Miró a Elena, analizando la camisa de franela y la postura relajada de su réplica con una mezcla de repugnancia técnica y curiosidad biológica.

—Te vistes como una civil de las colinas, número cuatro —dijo el sujeto 03, su voz ronca y herida resonando con el mismo timbre idéntico—. Llevas la ropa de los hombres que cortan madera en la ladera inferior y permites que ese policía de calle te toque la nuca con sus manos manchadas de pólvora ordinaria. Julian pasó cinco años refinando la composición de tus fibras musculares para que pudieras deslizarte por los despachos de los ministros como un espectro de seda, y te has convertido en la guardiana de un analista asmático y un sabueso retirado. Tu factor de conversión no es una liberación; es una degradación biológica.

Marcus, que operaba el teclado de la consola médica con una velocidad que desafiaba su fatiga crónica, intervino sin levantar la vista de las gráficas de densidad sináptica.

—No es una degradación, número tres —explicó el técnico, ajustando el potenciómetro de los electrodos—. Lo que estamos haciendo es borrar el puente de retroalimentación estática. Cada vez que Julian emitía un pulso desde la central, tu lóbulo parietal sufría una micro-descarga de tres miliamperios para forzar la adopción del perfil conductual asignado. Valeria, Alejandra, Clara... no eran personajes que ustedes creaban; eran cicatrices eléctricas que les impedían recordar quiénes eran antes de entrar en los laboratorios de la frontera. El suero de Elena está disolviendo el tejido cicatrizal. Lo que quede después de la limpieza será tu propia mente. Tu verdadero rostro.

Liam Cross permanecía de pie junto al portón de hierro del dispensario, con los brazos cruzados sobre el pecho y su chaqueta de cuero abierta, dejando a la vista la culata de su pistola de 9 milímetros. Sus ojos verdes permanecían entornados, fijos en el sujeto 03 con la desconfianza natural del policía de homicidios que sabe que un lobo herido sigue siendo un depredador peligroso, independientemente del nivel de suero que corra por sus venas.

—Deberías escuchar al técnico, clon de sastre —dijo Liam, su voz ronca aportando una solidez ruda a la esterilidad del laboratorio—. Yo me pasé quince años encerrando a tipos que creían que sus perfiles psicológicos los hacían intocables en la metrópoli. Tipos que mataban por orden de un sindicato corporativo o de un fideicomiso de aduanas, y todos terminaban igual: llorando en una celda de tres por tres cuando el abogado de la empresa dejaba de cogerles el teléfono. Julian Vance ya no tiene teléfonos que descolgar. Eres libre de ser una persona o de seguir siendo el esqueleto de un proyecto militar muerto en una cantera abandonada. Tú eliges.

El sujeto 03 desvió sus ojos grises hacia el detective, y por una fracción de segundo, la frialdad de su mirada fue saboteada por una contracción involuntaria en la ceja izquierda, el mismo tic nervioso que Elena mostraba cuando una variable imprevista alteraba los planos de un asalto táctico.

—La libertad es un concepto para los hombres que tienen un acta de nacimiento en las oficinas del condado, detective Cross —respondió el prototipo gris, su tono bajando a un registro gélida y cortante—. Yo no tengo un nombre registrado en los archivos de la frontera. No tengo una infancia que recordar en las mañanas de invierno ni una casa a la que regresar cuando los servidores se apagan. Lo único que tengo es el dolor de la noche en que el gas de espectro medio me quemó el pulmón izquierdo porque mi mimetismo en los muelles de aduanas mostró una desviación del tres por ciento. Usted ve a una mujer herida que necesita salvación; yo veo un mapa de operaciones que ha sido comprometido por el sentimentalismo de mi sucesora.

Elena dio tres pasos hacia delante, deteniéndose justo en el límite del resplandor de la lámpara halógena. Extendió la mano derecha y apoyó los dedos sobre el monitor de electrodos de la silla, buscando la mirada de su réplica con una determinación que desafiaba la distancia militar que las separaba.

—Yo tampoco tengo una infancia que recordar, número tres —dijo Elena con una suavidad que silenció el dispensario—. Mis primeros recuerdos son las paredes de baquelita blanca de la celda de aislamiento número seis y el olor a ozono de los estabilizadores cuánticos. Pero la memoria no es un territorio del pasado; es una estructura que se construye cada vez que decides no apretar el gatillo contra un inocente. Esta mañana, en la fábrica de *Lowell*, saqué a dos mujeres coreanas de un sótano donde McCade las iba a liquidar para limpiar los libros de aduanas. No lo hice porque estuviera en mi secuencia de comandos; lo hice porque recordé tu dolor en los laboratorios. Tu sacrificio en el sector norte es lo que me permitió desarrollar el fallo de programación que me salvó la vida en la metrópoli. Eres mi origen, número tres. Déjanos ayudarte a ser el final de la cadena.

El sujeto 03 guardó silencio. Las luces del encefalógrafo cambiaron de naranja a un verde pálido y sostenido, indicando que el bloqueo de la matriz asimétrica se había completado con éxito en el noventa y cinco por ciento de sus terminaciones nerviosas. Miró los dedos de Elena sobre la silla de acero, notando la ausencia de tensión, la laxitud humana de una mano que ya no necesitaba sostener un arma para afirmar su derecho a existir en la geografía del norte.

 

A las 5:00 a.m., la tormenta de nieve en el exterior de la estación de retransmisión parecía haber alcanzado su punto de máxima densidad molecular. Las ráfagas de viento del norte golpeaban las antenas parabólicas de la torre exterior con un rugido ensordecedor que se filtraba por las juntas de los conductos pluviales como el gemido de un animal herido en el desfiladero de granito.

Dentro del centro de mando del búnker, las pantallas modulares de Marcus sufrieron una fluctuación imprevista. Una hilera de caracteres cirílicos y códigos de error hexadecimales parpadeó en el monitor secundario de la terminal aduanera, saboteando el cortafuegos cuántico que protegía el puente de fibra óptica de la Estación del Silencio.

Marcus se enderezó en su silla de operador, con el rostro pálido por la alarma repentina. Sus dedos comenzaron a teclear con una desesperación frenética, intentando levantar las defensas digitales de la base antes de que el vector de intrusión completara la triangulación física del búnker.

—¡Elena! ¡Liam! Tenemos una alerta alfa en el puente de satélites meteorológicos —anunció el analista, su voz quebrándose debido a la urgencia—. No es una consulta pasiva de la fiscalía de Nevada. Alguien ha introducido un protocolo de rastreo de espectro ensanchado utilizando los servidores de la dirección general de inteligencia militar de la frontera. Están usando las coordenadas de la baliza analógica que el sujeto 03 activó en la cantera abandonada para trazar un arco de intercepción que converge directamente en este sector del bosque.

Elena e Liam entraron a la carrera en la sala de servidores, seguidos de cerca por el sujeto 03, cuyas cinchas de nailon habían sido cortadas por el detective tras la estabilización de sus constantes biométricas. El prototipo gris caminaba con una ligera rigidez en la pierna izquierda, pero sus ojos grises ya no reflejaban la furia de la cantera, sino la fría lucidez de la estratega militar que reconoce el sonido de sus propios cazadores.

—Es el equipo de limpieza de la sección de proyectos especiales, Marcus —analizó el sujeto 03, acercándose a la pantalla con una naturalidad operativa que sorprendió al técnico—. Utilizan helicópteros utilitarios de baja firma acústica y rastreadores terrestres con sensores térmicos de espectro medio. Si la baliza de la cantera estuvo activa durante más de veinte minutos, ya han desplegado un perímetro de contención a cinco kilómetros de la valla forestal de *Blackwood*. Tienen una orden de liquidación absoluta para cualquier firma biométrica que coincida con el Proyecto Perséfone.

Liam se colocó junto a Elena, y su mano derecha buscó de forma automática la culata de su pistola de 9 milímetros, mientras su mente de policía de homicidios procesaba la geografía del desfiladero bajo la nieve.

—El camino de la ladera norte está completamente bloqueado por los desprendimientos de hielo de la madrugada, Elena —explicó Liam, su tono ronco y sereno transmitiendo esa solidez que actuaba como un escudo de realidad en medio del caos tecnológico—. La única vía de evacuación transitable para un vehículo utilitario es el túnel de drenaje pluvial que Marcus instaló hacia la cantera de piedra del sector sur. Pero si los helicópteros de la inteligencia militar tienen sensores térmicos de espectro medio, verán el calor del motor diésel de la furgoneta antes de que logremos cruzar la línea del condado.

Elena miró el mapa topográfico que parpadeaba en el monitor central. Su mente, liberada de las máscaras de la metrópoli, funcionaba ahora con una precisión geométrica que integraba el instinto de supervivencia de la Camaleona con el conocimiento del terreno que Liam le había proporcionado.

—No vamos a usar la furgoneta diésel para la evacuación principal, Liam —sentenció Elena, su mirada gris reflejando el brillo azul de los servidores—. Usaremos el factor de conversión. Marcus, conéctate al sistema de control de la torre de retransmisión exterior. Quiero que configures el transmisor analógico de sesenta kilovatios para que emita un pulso de saturación estática en la misma frecuencia de la matriz asimétrica que el sujeto 03 utilizó en la cantera. Vamos a convertir esta estación en un sol térmico digital que cegará los sensores de los helicópteros de la frontera durante quince minutos.

El sujeto 03 miró a su sucesora, y una sutil sonrisa de reconocimiento técnico cruzó sus labios con la delgada cicatriz.

—La saturación estática provocará el colapso por sobrecarga de los transformadores geotérmicos del búnker, número cuatro —advirtió el prototipo gris—. Una vez que el transmisor emita el pulso de sesenta kilovatios, las paredes de hormigón se convertirán en una trampa de inducción magnética. Tenemos un tiempo de salida de tres minutos antes de que el aire de los conductos se vuelva irrespirable debido al ozono.

—Tres minutos son más que suficientes para un detective de homicidios y dos camaleonas de laboratorio, número tres —respondió Liam, con una sonrisa cínica y atractiva que iluminó su rostro herido—. Marcus, prepara los discos duros modulares con los archivos de las víctimas de la metrópoli. No vamos a dejar que esos militares limpien los libros contables de Julian. Nos llevamos el fuego con nosotros.

 

A las 5:20 a.m., el centro de mando de la Estación del Silencio era un escenario de actividad frenética y tensión molecular. Marcus ya había asegurado las unidades de almacenamiento cuántico en su mochila de montaña, mientras Liam verificaba el nivel de combustible de la segunda furgoneta utilitaria en el muelle de carga del túnel de drenaje inferior.

Elena y el sujeto 03 permanecían frente a la consola de la torre exterior, unidas por la misma secuencia de movimientos mecánicos mientras conectaban los puentes de alta tensión que desviarían la energía del generador geotérmico hacia las antenas parabólicas de la superficie.

—La secuencia de saturación está lista, número cuatro —anunció el sujeto 03, con sus dedos fijos en la palanca de bronce del circuito auxiliar—. En cuanto accione este conmutador, la firma biométrica de ambas se proyectará en la ionosfera como una anomalía térmica de trescientos grados. Para los rastreadores de la frontera, parecerá que el Proyecto Perséfone entero está ardiendo en el centro de la torre de acero.

Elena colocó su mano sobre la de su réplica, y el contacto de sus palmas enguantadas en kevlar negro selló la alianza de las sombras en medio del invierno de *Blackwood*.

—Hazlo, número tres —ordenó Elena con suavidad—. Es hora de silenciar el eco para siempre.

El sujeto 03 tiró de la palanca de bronce con un movimiento firme y seco.

Con un crujido ensordecedor que hizo temblar los cimientos de granito del búnker, las líneas de alta tensión de la estación cobraron vida con un resplandor azulado de inducción magnética. Las bombillas industriales del techo parpadearon violentamente antes de estallar una a una en una sucesión de chispas amarillas, dejando la sala sumida en la penumbra eléctrica de las pantallas de emergencia.

A través de los conductos de ventilación forzada, el olor a ozono y a plástico quemado comenzó a filtrarse con una densidad gélida, confirmando que los transformadores del subsuelo habían iniciado su proceso de destrucción térmica controlada.

—¡El pulso está en el aire! —gritó Marcus desde la puerta del pasillo técnico, con la mochila al hombro y los ojos protegidos por sus gafas de montura fina—. Los sensores de los helicópteros de la frontera acaban de perder la triangulación del sector sur. Sus pantallas térmicas están saturadas de estática blanca. ¡Tenemos tres minutos antes de que el circuito de inducción bloquee las compuertas neumáticas del túnel!

Liam apareció por el pasillo del dispensario, sosteniendo una linterna halógena de mano que cortaba la penumbra del búnker con un haz de luz blanca y sólida. Tomó a Elena por el brazo izquierdo con una fuerza protectora y miró al sujeto 03 con una determinación que no admitía retrasos burocráticos.

—¡Al túnel, muévanse! —ordenó el detective, su voz ronca imponiéndose al silbido del ozono—. El hielo de la superficie ya está empezando a derretirse por la sobrecarga de la torre. Si no cruzamos la línea de la falla geológica en los próximos ciento veinte segundos, nos quedaremos encerrados en esta cripta de hormigón para siempre.

El grupo se lanzó a la carrera por el pasillo central del nivel tres, abriéndose paso a través de la penumbra y las nubes de humo blanco que salían de los armarios de distribución técnica. Elena y el sujeto 03 se movían en paralelo, coordinando sus pasos con esa agilidad elástica que reflejaba la perfección de su herencia compartida, mientras Liam cubría la retaguardia con su arma en la mano y Marcus marcaba el ritmo de la marcha con la linterna halógena.

Cruzaron la pesada escotilla neumática del túnel de drenaje pluvial justo cuando el último de los transformadores geotérmicos estallaba en el fondo del búnker con un estruendo sordo que selló el acceso inferior con una cortina de rocas y lodo hirviendo. El volante de hierro de la compuerta se bloqueó de manera automática debido a la deformación térmica, aislando de forma definitiva la Estación del Silencio del mundo exterior.

 

A las 6:30 a.m., la segunda furgoneta utilitaria emergía de la boca de la antigua cantera de piedra del sector sur, adentrándose en las carreteras secundarias del condado vecino bajo una nevada fina y constante que comenzaba a limpiar el paisaje rural con un manto de pureza invernal.

Liam Cross conducía con las manos fijas en el plástico desgastado del volante, manteniendo el motor en una marcha suave que evitaba cualquier vibración sospechosa en el asfalto agrietado. Sus ojos verdes, cansados por la tensión de la madrugada pero cargados con esa serenidad inquebrantable del sabueso que ha salvado a su manada, miraban por el espejo retrovisor el horizonte del norte, donde la silueta de la torre de comunicaciones de *Blackwood* ya no emitía señales de vida en el cielo gris.

Elena permanecía en el asiento del copiloto, con su mano derecha descansando en el regazo de Liam y sus dedos entrelazados con los del detective en una presión lenta y deliberada. El frío crónico de sus misiones en la metrópoli costera había desaparecido por completo, reemplazado por el calor humano de una realidad que ya no necesitaba el mimetismo para proteger su derecho a la existencia.

En los asientos traseros, Marcus dormía apoyado en la mochila que custodiaba los discos duros de las víctimas, con su respiración asmática estabilizada por el aire limpio del sur. A su lado, el sujeto 03 observaba los pinos que pasaban tras la ventanilla con una mirada gris que, por primera vez en tres años, no buscaba la línea de tiro de un francotirador ni el reflejo de una cámara de tráfico. Su rostro con la delgada cicatriz mostraba una quietud profunda, casi mineral, la paz de una persona que ha cruzado el factor de conversión para descubrir que las sombras de la montaña también pueden albergar la vida.

—La inteligencia militar tardará tres semanas en limpiar los restos de hormigón de la estación, Liam —dijo Elena, su voz siendo un susurro dulce que se fundía con el sonido de la calefacción del coche—. Para el ministerio de defensa, el sujeto 03 y el sujeto 04 murieron esta madrugada en la explosión de los transformadores geotérmicos. El Proyecto Perséfone ha sido archivado bajo la categoría de pérdida total de activos en el sector norte.

Liam desvió la mirada por un segundo hacia ella, y una sonrisa hermosa, cínica y atractiva se dibujó en sus labios heridos, el gesto de un hombre que sabía que las reglas del mapa estatal habían sido reescritas por el amor de dos espectros de laboratorio.

—Entonces que descansen en paz los sujetos de la frontera, camaleona —respondió Liam, depositando un beso suave en los dedos de ella antes de acelerar la furgoneta hacia el horizonte del sur—. A partir de esta mañana, el departamento de policía de esta geografía solo reconoce a Elena Vance. La mujer que tiene su propio rostro y su propio nombre en las grietas del mapa.

La furgoneta gris avanzó con una solidez implacable por la autopista del estado vecino, perdiéndose en la claridad del día invernal mientras el pasado de Julian Vance se convertía en una línea de ceniza en las cumbres de *Blackwood*. La cacería de las corporaciones había terminado, pero en el centro de la geografía civil, el cazador de la ley y las dos mujeres que habían aprendido a ser humanas continuaban su marcha eterna, demostrando que el peor de los deseos de un laboratorio siempre se estrella contra la verdad de los hombres que saben cómo cuidar de sus sombras en la tormenta.

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Cliente anónimo
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