El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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El día de las rosas negras.
Belgrado perdona deudas. No perdona traiciones. Y Madrid acaba de firmar la suya con sangre.
Madrid. Chalet de Las Rozas.
Siete días después de la boda en Belgrado.
Carmen Duarte, 62 años, no dormía bien desde que su hija se casó con un serbio.
No por Dragan.
Por Marco.
Por las llamadas a las 3 AM.
Por el vodka en el buzón.
Por el “devuélvemela” pintado en la verja hace tres noches.
Lucía, 29 años, hermana pequeña, abogada penalista como Elena, había volado desde Valencia.
“Mamá no se queda sola con ese loco suelto”. Durmió en el cuarto de invitados. Con la puerta abierta. Con el spray pimienta bajo la almohada.
Marco Kovač no tocó el timbre.
Llevaba tres días bebiendo sin comer. El _Blic_ con la foto de la boda seguía en el asiento del coche.
Elena Vuković. Cada letra era un tiro.
Perdió El Dorado.
Perdió Madrid.
Perdió a La abogada.
Y el alcohol le susurró lo que siempre susurra a los cobardes: "si no es mía, no es de nadie".
Entró por la cocina. Cristal roto. Descalzo para no hacer ruido. Olía a Chanel Nº5 y a derrota.
Carmen lo oyó. Bajó con la bata y el crucifijo de oro que Elena le regaló al ganar su primer caso.
-Marco, hijo, vete a casa-, dijo. Todavía hijo. Porque lo quiso siete años como al yerno que nunca fue. -Estás enfermo. Te ayudo-.
Marco lloró. Borracho. Roto.
-Me la quitó, Carmen. El serbio me quitó a mi mujer-.
-Elena nunca fue tuya-, contestó ella. Voz baja. Firme. De madre. -Fue tuya la mentira. Ella eligió la verdad-.
Eso lo quebró.
Lo que pasó después no tuvo testigos. Solo vecinos que oyeron gritos a las 02:27. Y silencio a las 02:31.
Lucía salió al pasillo. Descalza. Con el móvil en la mano marcando 112. No llegó a pulsar.
02:40 AM. Marco salió por la puerta principal. Caminando. Sin correr. Con las manos vacías y el alma negra. Dejó la verja abierta. Dejó dos rosas negras en el felpudo. Las que Elena recibía Del Serbio.
En el coche, vomitó. Luego marcó.
-Stefan-, dijo, con voz de muerto.
-Ya no tengo nada que perder. ¿Tú sí?-
Chalet.Serbia.
El teléfono quema. Número de Madrid. Policía Nacional. Comisario Rivas. El que detuvo a Elena hace ocho meses por obstrucción. El que luego le pidió perdón.
Dragan contesta dormido. Elena se despierta por su silencio.
No grita. No maldice. No respira.
Solo dice: “Ko?”. ¿Quién?
Escucha.
Cuelga.
Elena ya sabe. Lo ve en los nudillos blancos. En la mecha gris que parece nieve. En los 35 años que se le caen encima de golpe.
¿Mamá?, pregunta. No dice Lucía. No puede.
Dragan la mira. Y por primera vez desde que lo conoce, La dama ve miedo en el serbio. Miedo a darle la noticia. Miedo a romperla.
-Las dos, lepa-, dice. Y es la primera vez que lepa suena a funeral.
Marco. Esta noche... esta borracho. Dijo que... No termina. No hace falta.
Elena no llora. No aún. Se levanta. Descalza. Camisa blanca de él. La de su esposo. Va a la ventana. Mira al Danubio. El mismo que las vio casarse hace siete días.
“Llévame a Madrid”, dice. Sin voz. Sin lágrimas. Peor: sin vida. “Ahora”.
Dragan asiente. Marca. Jet privado. 06:30. Pista militar de Batajnica. Sin aduana. Sin espera.
No la abraza. Sabe que si la toca, se rompe. Y si se rompe, él mata a una ciudad entera antes del desayuno.
Madrid. Juzgado de lo Penal Nº17. 11:35 AM. Cinco horas después.
Un caso de suma importancia para un cliente amigo. Después de salir irá a ver a su madre y hermana, por fin podrá llorarle.
Elena tenía vista. Caso Petrović. Fraude fiscal. Su primer día como Elena Vuković en los registros. No canceló. “Mamá me parió para pelear”, le dijo a Dragan en el avión. “No me entierro hasta enterrarlas a ellas”.
Dragan está en la fila de atrás. Traje negro. Pelo corto. Sin dormir. Cuatro hombres fuera. Cuatro dentro. Belgrado entero se movió a Madrid en seis horas.
Elena litiga. Voz rota, pero firme. Gana. El juez ni lo duda. La abogada herida castiga más fuerte.
*11:58 AM. Sale de la sala.*
Pasillo. Funcionarios. Prensa. Nadie sabe aún lo de Carmen y Lucía. El secreto dura poco en Madrid.
Un hombre se acerca. Traje gris. Acreditación falsa. Carpeta en mano. “Señora Vuković, soy del bufete Janković & Asociados. Stefan me envía. Tema de su cliente Petrović. Es urgente”.
Elena frunce el ceño. Dragan ya está de pie. Ya lo vio. Ya huele a Bucarest.
Tarde.
El “abogado” abre la carpeta. No hay papeles. Hay spray. Directo a los ojos de Elena. Ella grita. No de dolor. De rabia.
Dos más salen del baño. La agarran. Uno le tapa la boca. El otro le clava una aguja en el cuello. Sedante. Rápido. Limpio. Profesional.
12:00. Dragan llega.
Solo ve la coleta de Elena desapareciendo por la salida de emergencia. Ve a uno de sus hombres en el suelo. Cuello roto. Ve a Stefan en la puerta, mirándolo. Sonriendo. Levantando el móvil.
En la pantalla: Elena, inconsciente, en un maletero.
Stefan se lleva dos dedos a la ceja. Saludo militar. Tu turno, Vuković.
Y se va.
12:01. El juzgado se congela.
Dragan no grita. No corre. Se agacha junto a su hombre muerto. Le cierra los ojos. “Izvini, brate”.
Perdón, hermano.
Se levanta. Saca el teléfono. Una llamada.
“Milomir”, dice. Su jefe de seguridad desde Bor. “Activa a todos. Belgrado, Bucarest, Madrid. Quiero a Stefan Janković vivo. A Marco Kovač vivo. Los quiero mirándome cuando les arranque la vida con las manos”.
Cuelga. Mira al juez que sale de la sala pálido.
“Señoría”, dice Dragan. Voz de hielo. De mina. De 2017. “Hoy no hay ley. Hoy hay sangre. Y la voy a cobrar yo”.
Sale.
Aparcamiento de Plaza Castilla.
Llueve en Madrid. Como el día que enterró a Dušan.
Dragan se quita la chaqueta. Se remanga la camisa blanca. La de Elena. Ahora con sangre de su hombre.
Milomir le tiende una pistola. Stechkin. Rusa. Vieja. De las que no fallan.
Dragan la mira. La tira al suelo.
“Con las manos”, dice.
-Me juré no disparar por odio. No juré no matar-.
Se sube al coche.
Mientras. Algún sótano entre Madrid y Toledo.
Elena despierta atada en una silla, siente las cuerdas. Boca seca. Cabeza rota.
Stefan está delante. Traje gris. Sin cicatriz hoy. Tapada con maquillaje. Quiere estar guapo para ella.
“Bienvenida a casa, lepotice”, dice.
“Tu serbio mató a mi hermano en Bor en 2016. Yo mato a su mujer en 2026. Poesía, ¿no?”
Elena escupe sangre. Le da en el zapato.
-Mátala, Stefan-, se oye por un altavoz. Voz borracha. Rota. Marco.
-Mátala y mándale el vídeo. Quiero verle la cara cuando entienda que sin mí, ella no existe-.
Elena cierra los ojos. Ve a su madre. Ve a Lucía. Ve a Dragan en El Escorial prometiendo verdades.
Y sonríe. Sangre en los dientes.
“Te equivocas, Marco”, susurra.
-Sin mí, Dragan no existe. Y un Vuković sin nada que perder es lo último que veréis-.
Dirección Toledo.
Dragan conduce. Solo. Sin escolta. Sin plan. Sin miedo.
El teléfono suena. Vídeo. Elena. Atada. Stefan detrás. Pistola en su sien.
Texto de Marco:
“Te la devuelvo en trozos, serbio. Como tú me devolviste mi vida”.
Dragan mira la pantalla. Mira la carretera. Mira su mano.
No tiembla.
Acelera.
Moja žena, está en una jaula.
Moja žena, perdió a su madre y a su hermana por su apellido.
Moja žena, va a ver cómo Belgrado arde por ella.
Porque Dragan Vuković, acaba de entender la segunda verdad que le dio El Escorial:
El amor no se protege con leyes.
Se protege con tumbas.
Y hoy va a cavar dos.
Con sus propias manos.
_Živeli, Stefan.
Živeli, Marco.
Nos vemos en el infierno.