Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22
Lorena Vidal leyó el certificado tres veces.
No era una fotocopia trucha, ni un papel comprado para aparentar. Tenía sello, número de registro, firma verificable.
Valenntina Rojas.
Doctora graduada del Royal College.
Lorena levantó la cabeza, pero tardó en encontrar la voz.
-Esto... ¿es tuyo?
Valenntina la miró como si la pregunta sobrara.
-Tiene mi nombre.
-Pero vos...
Quiso decir “vos venís del campo”. Quiso decir “vos no tenés forma”. Quiso decir muchas cosas feas que, por suerte para ella, no le salieron.
Valenntina no explicó nada.
Por su identidad especial, necesitaba títulos válidos para moverse en ciertos círculos. Había estudiado, sí. También tenía una capacidad que no necesitaba justificarse delante de Lorena.
El genio no pedía permiso para existir.
-Tenías razón en algo -dijo Valenntina-. Estoy aburrida.
Lorena recuperó un poco la compostura.
-Entonces...
-Pero no voy a ir a una universidad. Quiero trabajar.
-¿Trabajar?
-En el Grupo Alcorta.
Ahora sí, Lorena sintió que el asunto se le iba de las manos.
-Eso no es tan simple.
-Con este título, pedir un puesto no debería ser ofensivo.
Lorena apretó el certificado con los dedos.
De regreso en su casa, se lo mostró a Bruno.
Bruno Alcorta lo verificó en silencio. Cuando confirmó que era real, la cara se le hundió.
-Dante se fue al exterior y ella pide entrar al grupo justo ahora -dijo-. ¿Te parece casualidad?
-No sé si es idea de ella o de él.
-Dante no hace nada sin motivo.
Bruno caminó de un lado al otro.
Había querido mandar a Valenntina lejos. En cambio, ella le pedía la puerta de entrada.
Al día siguiente, durante el desayuno, Valenntina habló delante de todos con total naturalidad.
-Cuñado Bruno, quiero ir a trabajar al grupo.
Patricia Montalvo levantó apenas la vista. Ricardo Alcorta dejó de mover la cuchara.
Bruno sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
-Valenntina, no es que no quiera ayudarte. Es que ahora mismo no hay un puesto medio o alto que encaje con vos.
-No necesito un puesto alto.
-Tu identidad...
-Vi las búsquedas abiertas. Hay vacantes comunes.
Bruno entendió que no podía negarse de frente.
-En logística falta una especialista administrativa. Es un trabajo tranquilo, sin mucha exposición.
-Bien.
-Pero sería mejor que no digas quién sos. Si todos saben que sos la esposa de Dante, tus compañeros se van a poner incómodos.
-Como quieras.
Bruno quedó conforme.
Logística era, dentro del Grupo Alcorta, el rincón donde terminaban parientes, recomendados, empleados viejos y gente que nadie quería tocar. Un área cómoda para quien tenía respaldo, insoportable para un recién llegado sin nombre.
Si Valenntina entraba como una chica cualquiera, la iban a moler a pequeñas humillaciones hasta que renunciara sola.
Eso era lo que él quería.
Valenntina llegó al edificio a las ocho cuarenta.
El área de logística, que antes ocupaba parte del décimo piso, había sido bajada al segundo. El mensaje era claro: poca importancia, poco presupuesto, poca mirada.
Cuando entró, la oficina estaba vacía.
Diez minutos después apareció el gerente, un hombre de panza blanda y camisa arrugada llamado Luis Navarro.
-¿La nueva? -preguntó, sin levantar demasiado la vista.
-Valenntina Rojas.
-Ah, sí. Elegí un escritorio. Acá no nos matamos trabajando. Cuando haya algo, te aviso.
Valenntina miró la sala y eligió el escritorio junto a la ventana.
A las nueve en punto empezaron a entrar los demás.
Luis Navarro se aclaró la garganta.
-Gente, ella es Valenntina. Desde hoy trabaja con nosotros.
Una mujer de labios rojos, pelo cuidado y perfume caro se frenó de golpe.
-¿Por qué está sentada ahí?
Todos miraron.
La mujer era Liliana Varela. Llevaba poco tiempo en la empresa, pero ya había encontrado la forma de hacerse fuerte: se había pegado al director Zárate, un hombre casado que le doblaba la edad. Desde entonces, hasta el gerente la trataba con cuidado.
-Ese lugar es mío -dijo Lili.
Navarro tosió.
-Valenntina, ¿podés moverte a otro escritorio?
Valenntina no se levantó.
-Usted me dijo que eligiera.
-Sí, pero...
-Y elegí.
Lili se cruzó de brazos.
-Si el gerente te dice que te muevas, te movés. Si no, agarrás tus cosas y te vas.
Valenntina la miró con calma.
-Tenés mucho poder. ¿Sos la dueña?
Algunos bajaron la cabeza para esconder la risa.
Lili se puso colorada.
-No soy la dueña. Pero mi padrino es el director Zárate. Si quiero que alguien se vaya, se va. Incluso Navarro.
La oficina quedó muda.
Valenntina apoyó la espalda en la silla.
-¿La esposa del director sabe que tiene una ahijada tan cariñosa?
Ahora varios casi se atragantaron.
Todos conocían el asunto de Lili y Zárate, pero nadie lo decía en voz alta.
Navarro sintió que se le transpiraba la nuca.
-Bueno, bueno, no empecemos el día así. Valenntina, vos quedate. Dina, pasate al escritorio de la entrada.
Una chica flaca, de anteojos, levantó la cabeza.
-¿Yo?
-Sí, por favor.
El escritorio de la entrada estaba torcido, lleno de papeles viejos y ni siquiera tenía computadora. Dina bajó la vista, juntó sus cosas y obedeció.
Lili recuperó la sonrisa.
Valenntina no dijo nada más.
Ese mismo día, Lili llamó a Recursos Humanos para averiguar de dónde salía la nueva. Pero Bruno había borrado toda señal de respaldo. En el sistema, Valenntina no tenía más que un ingreso común.
Sin apellido útil, sin recomendación visible, sin protección.
Perfecto.
Para el mediodía, Lili ya había cambiado el tono.
-Valenntina, esta noche hacemos una cena de bienvenida. Para que te integres.
Los demás la siguieron enseguida.
-Sí, venite.
-Siempre lo hacemos.
-No podés faltar el primer día.
Navarro agarró su saco.
-Yo justo tengo cosas. Vayan ustedes.
Se fue rápido. Sabía cómo terminaban esas cenas.
Dina, desde el escritorio de la entrada, le hizo una seña discreta a Valenntina: que no aceptara.
Valenntina la vio.
Y aun así dijo:
-Voy.
A la salida, en el estacionamiento, Lili pasó junto a un BMW Z4 y abrió la puerta con el control. Después miró el auto de Valenntina, un modelo nacional usado, limpio pero común.
La expresión de desprecio le duró apenas un segundo. Suficiente.
Dina apareció con la mochila apretada contra el pecho.
-¿Me llevás? -preguntó en voz baja.
-Subí.
Cuando el auto salió del estacionamiento, Dina no aguantó más.
-No tendrías que ir.
-¿Por?
-Porque no es una bienvenida de la empresa. Es privada. Te van a hacer pedir cosas caras, van a brindar, van a decir que te aceptan... y al final se van a ir antes de pagar.
Valenntina giró apenas la cabeza.
-¿Te lo hicieron?
Dina asintió, con vergüenza.
-El mes pasado. Me dejaron la cuenta entera. Se me fue el sueldo de un mes y después comí pan al vapor hasta cobrar de nuevo.
Valenntina volvió la vista al camino.
-Entonces esta noche comé bien.
Dina no entendió.
-¿Qué?
-Que no te vas a quedar con hambre.
Lili ya había elegido el restaurante. Caro, ruidoso, de esos donde la gente paga más por mostrarse que por comer.