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CAPÍTULO 21-Lo que de dice en silencio.
La habitación estaba en penumbra.
Solo la luz tenue de una lámpara de aceite iluminaba el rostro pálido de Simone.
El médico había sido claro:
no estaba en peligro… pero debía descansar.
Aun así, el silencio que la rodeaba no era tranquilo.
Era pesado.
Casi inquietante.
Como si incluso el aire temiera moverse.
Edward permanecía de pie junto a la cama.
Había rechazado salir.
Había rechazado descansar.
Y, sobre todo… había rechazado fingir que nada de esto le afectaba.
Sus ojos no se apartaban de ella.
Del leve movimiento de su pecho.
De la fragilidad que ahora mostraba.
Tan distinta a la joven elegante, firme y luminosa que había conocido.
Apretó la mandíbula.
—Esto no debió pasar…
Su voz fue apenas un susurro.
Pero en la quietud de la habitación, sonó como una confesión.
Se acercó un poco más.
Lentamente.
Como si temiera romper algo invisible.
—Debí haber estado ahí antes…
Extendió la mano… y se detuvo a mitad del camino.
Dudó.
Por primera vez en mucho tiempo, dudó.
Pero luego, con cuidado, tomó la mano de Simone entre las suyas.
Estaba fría.
Demasiado.
Sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de los de ella.
—Siempre fui entrenado para proteger el imperio… —murmuró—. Para ver amenazas, anticiparme, actuar sin vacilar…
Bajó la mirada.
—Y aun así… no pude protegerte a ti.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez… era más íntimo.
Más cercano.
Edward respiró hondo.
Como si estuviera reuniendo valor para algo que nunca había hecho.
—Es ridículo…
Una leve sonrisa amarga cruzó su rostro.
—He estado en campos de entrenamiento, frente a hombres que querían matarme… y nunca sentí esto.
Sus dedos se cerraron un poco más sobre la mano de Simone.
—Pero verte así…
Negó suavemente con la cabeza.
—Esto sí me asusta.
Sus palabras ya no eran las de un príncipe.
Eran las de un hombre.
Uno completamente expuesto.
—No sé cuándo empezó…
Su voz se volvió más baja.
Más honesta.
—Tal vez fue cuando no apartaste la mirada en aquella cena… cuando todos fingían no ver.
Un recuerdo fugaz cruzó su mente.
—O cuando sonreíste, incluso sabiendo cómo te trataba al principio cuando nos conocimos.
Alzó la vista hacia ella.
—O tal vez… simplemente pasó.
Silencio.
Un latido.
Otro.
—Pero me gustas, Simone.
Esta vez no hubo interrupciones.
No hubo testigos.
No hubo necesidad de orgullo ni de máscaras.
Solo verdad.
—No como un capricho.
—No como una curiosidad.
Negó suavemente.
—Me importas.
Sus ojos se suavizaron.
—Más de lo que debería permitirme.
Su pulgar rozó ligeramente los nudillos de ella.
—Y eso… es lo que más me preocupa.
Un leve suspiro escapó de sus labios.
—Porque este mundo…
Miró hacia la ventana, donde la oscuridad
comenzaba a dominar.
—No es amable con lo que uno quiere proteger.
Volvió a mirarla.
Y esta vez… no apartó la vista.
—Pero aun así…
Se inclinó un poco más cerca.
—No voy a ignorarlo.
Sus palabras fueron firmes.
Decididas.
—Cuando despiertes…
Una pequeña pausa.
—No voy a fingir que esto no existe.
El silencio que siguió fue distinto.
Más cálido.
Más humano.
Edward, lentamente, llevó la mano de Simone hacia su frente… apoyándola allí con cuidado.
Un gesto simple.
Pero cargado de significado.
—Así que despierta…
Susurró.
—Porque aún tengo muchas cosas que decirte.
Y por un instante…
El mundo exterior desapareció.
No hubo imperio.
No hubo templo.
No hubo peligro.
Solo una habitación en penumbra…
Y un sentimiento que, por primera vez, se
atrevía a existir.
Desde el marco de la puerta…
Alguien observaba.
Sacha.
No había hecho ruido al llegar.
Ni al quedarse.
Sus ojos se posaron en la escena.
En la forma en que Edward sostenía la mano de Simone.
En la manera en que hablaba…
Como si nada más importara.
Sacha no sonrió.
Pero tampoco se tensó.
Simplemente observó.
Procesó.
Comprendió.
—Interesante…
Murmuró en voz muy baja.
No había burla en su tono.
Tampoco indiferencia.
Solo una leve… curiosidad.
Sus ojos bajaron hacia Simone.
Y por un segundo…
Algo en su expresión cambió.
Más suave.
Más humano.
—Despierta pronto…
Susurró, apenas audible.
Luego, sin hacer ruido…
Se retiró.
Pero esta vez…
No volvió a mirar atrás.
Y en algún lugar, lejos de esa habitación.
El dia seguía avanzando.
Y con ella…
El peligro.
Muy lejos del ducado…
El templo no dormía.
Las antorchas no temblaban.
No había murmullos innecesarios.
Solo orden.
Solo propósito.
En la sala más profunda, donde la piedra absorbía incluso el eco de las palabras, cinco figuras permanecían de pie alrededor de una mesa de mármol negro.
Nadie alzaba la voz.
No era necesario.
—Confirmado.
La voz del hombre al frente fue baja. Precisa.
Fría.
—La niña no solo posee afinidad… —hizo una breve pausa—. La domina.
Uno de los presentes deslizó un pergamino sobre la mesa.
—El espía lo verificó visualmente.
Otro añadió, sin emoción:
—Materialización.
—Manipulación.
—Control a voluntad.
Silencio.
Pesado.
Calculado.
—Entonces no hay error —dijo finalmente el primero—. No es un caso menor.
Levantó la mirada.
Sus ojos no mostraban duda.
—Es una anomalía.
Otra figura, envuelta en una túnica más oscura que las demás, habló por primera vez:
—¿Nivel de amenaza?
La respuesta no tardó.
—Alto.
Una pausa.
—Potencialmente catastrófico.
No hubo reacción visible.
Solo aceptación.
—Entonces no podemos proceder como con los demás.
El hombre giró levemente la mesa, revelando un mapa del ducado.
—Un ataque directo falló.
—Fueron eliminados.
Sus dedos tocaron cinco puntos marcados.
—Eso nos da información.
—No es solo la niña.
Otro intervino:
—Hay protección.
—Interferencia.
—Posiblemente… otro factor.
Silencio.
Pensamiento.
Estrategia.
—El emperador.
La palabra cayó como una pieza más del tablero.
No como sorpresa.
Como variable.
—Ha estado demasiado cerca del asunto.
—Y no ha respondido como se esperaba.
El primero asintió levemente.
—Entonces asumimos lo peor.
—Sabe.
Una pausa más larga.
—O sospecha.
El ambiente no cambió.
Pero la tensión… se volvió más afilada.
—Eso complica la operación —dijo uno.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—La redefine.
Deslizó otro documento.
—No vamos a capturarla…
Sus dedos se detuvieron sobre el nombre de
Sacha.
—Vamos a forzarla.
Todos guardaron silencio.
—Si es lo que dicen…
—Responderá ante amenaza directa.
—Emocional.
Controlada.
Precisa.
—¿La hermana?
Una leve inclinación de cabeza.
—El punto débil.
Otro habló:
—Pero ya fue herida.
—Eso aumenta el riesgo de reacción descontrolada.
—Exacto.
Por primera vez… una ligera curva apareció en los labios del líder.
No era una sonrisa.
Era cálculo.
—Eso es lo que queremos.
El silencio se volvió más denso.
—La obligaremos a usar todo.
—A exponerse.
—A perder el control.
Su voz descendió apenas un tono.
—Y cuando lo haga…
Sus dedos cerraron el pergamino.
—La tomamos.
—¿Y el emperador?
Otra pausa.
Más larga.
Más peligrosa.
—Si interviene…
Sus ojos se endurecieron apenas.
—Confirmaremos su posición.
Nadie preguntó qué significaba eso.
Todos lo entendieron.
—Movilicen a los observadores.
—Nada de ataques directos.
—Nada de errores.
—Quiero vigilancia constante.
—Rutas.
Horarios.
Patrones.
Debilidades.
—Y esta vez…
Sus ojos recorrieron a cada uno.
—No fallamos.
El sonido de las túnicas al moverse fue lo
único que rompió el silencio.
Uno a uno, desaparecieron en la penumbra.
Pero el líder no se movió.
Se quedó mirando el mapa.
El nombre.
La ubicación.
Y finalmente…
Apagó una de las velas.
La sala se volvió aún más oscura.
—Veamos… qué tan especial eres.
Susurró.
Y en el ducado…
Sin saberlo…
La red ya comenzaba a cerrarse.
Sobre Sacha.
Sobre Simone.
Sobre todos.
La próxima vez…
No sería un intento.
Sería una captura.