Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 22
La puerta de la cabaña se cerró con un golpe seco, dejando fuera el frío del bosque y los ecos de la guerra. Dentro, solo quedaba la penumbra iluminada por el resplandor de las brasas en la chimenea y la respiración agitada de dos personas que habían rozado la muerte.
Viktor no esperó a que Elena dijera una palabra. La acorraló contra la robusta mesa de madera del comedor, su cuerpo de casi dos metros bloqueando cualquier escape. Sus manos, todavía manchadas con la pólvora y el rastro de la batalla, se hundieron en el pelo castaño de Elena con una urgencia salvaje.
— Me has vuelto loco, pequeña —gruñó él, su voz vibrando en lo más profundo del pecho de ella—. Llevo semanas conteniéndome, queriendo marcarte como mía frente a todo el mundo.
Elena no retrocedió. La adrenalina de haber disparado a Sergei y el alivio de ver a su padre a salvo se habían transformado en un hambre voraz. Sus manos subieron por el torso de Viktor, delineando los músculos tensos de sus hombros y deteniéndose en las cicatrices que contaban la historia de su brutalidad.
— Entonces deja de hablar —desafió ella, tirando de él hacia abajo.
Viktor la levantó con una facilidad insultante, sentándola en el borde de la mesa. Sus piernas se enroscaron instintivamente alrededor de la cintura de él, atrayéndolo hacia el calor de su centro. El contraste era abrumador: la delicadeza de la piel blanca de Elena contra la inmensidad oscura y marcada de Viktor.
Él bajó la cabeza, capturando sus labios en un beso que sabía a hierro y a deseo contenido. No hubo dulzura; fue una colisión de lenguas y dientes, una lucha por el dominio que Elena devolvía con una pasión que sorprendió al propio Viktor. Sus manos grandes bajaron por la espalda de ella, apretándola contra su hombro, mientras sus labios descendían hacia su cuello, dejando marcas que reclamarían su territorio para siempre.
— Eres mía, Elena —susurró él contra su piel, su aliento caliente provocándole espasmos de placer—. Cada gemido, cada suspiro... todo me pertenece.
Viktor comenzó a deshacerse de los jirones de su camisa, revelando su pecho ancho y poderoso. Elena, con dedos temblorosos pero decididos, buscó la hebilla del cinturón de él. El sonido del metal al caer al suelo fue el disparo de salida. Viktor la despojó de la chaqueta de cuero y de lo que quedaba de sus ropas con una posesividad que no admitía demoras.
El frío de la habitación desapareció bajo el fuego de sus cuerpos. Cuando Viktor finalmente la poseyó, Elena soltó un grito que él ahogó con un beso profundo. La diferencia de tamaño hacía que cada movimiento de él la consumiera por completo, llenándola de una forma que nunca imaginó posible. Viktor se movía con una cadencia potente, sus ojos de acero fijos en los de ella, obligándola a mirarlo, a reconocer que en ese momento, no había mafia, ni padres, ni secretos... solo ellos dos.
— Mírame —le exigió él, su voz quebrada por el clímax inminente—. Dime que eres mía.
— Soy tuya... —gimió ella, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de él—, pero tú eres mi prisionero, Viktor.
En el estallido final, se fundieron en un solo ser. Viktor la abrazó con una fuerza casi dolorosa, hundiendo su rostro en su cuello, respirando su aroma a vainilla y sudor, como si temiera que ella pudiera desvanecerse si aflojaba el agarre.
(...)
Horas más tarde, con la luz de la luna bañando sus cuerpos entrelazados sobre las pieles de la cama, el silencio fue roto por el sonido de una tableta electrónica que Thomas había dejado sobre la cómoda antes de retirarse.
Elena, aún envuelta en el brazo protector de un Viktor dormido, estiró la mano para tomarla. Sus dedos navegaron por los archivos encriptados que su padre le había susurrado antes de irse a dormir. Al introducir su fecha de nacimiento y un código secreto, la pantalla se iluminó con una serie de cuentas en el extranjero y títulos de propiedad.
No era solo dinero. Eran acciones mayoritarias en la principal naviera que movía el 70% del tráfico del Adriático, y una red de inteligencia que hacía que la de los Volkov pareciera un juego de niños. Todo estaba a nombre de Elena Thomas.
Elena sintió un escalofrío. Ella no era solo una archivista o la hija de un contable. Su padre la había convertido en la verdadera dueña del tablero de ajedrez donde Viktor era el rey más poderoso.
Viktor abrió los ojos, despertando con ese instinto de alerta permanente. Al ver la expresión de Elena y los números en la pantalla, se incorporó, su sombra envolviéndola de nuevo.
— ¿Qué es eso? —preguntó, su voz recuperando la sospecha posesiva.
Elena lo miró con una sonrisa que él no reconoció. Ya no era la ratoncita asustada.
— Es el final de tus órdenes, Viktor. Resulta que la "propiedad" que tanto reclamabas... ahora es la que tiene la llave de todo tu imperio.
(...)
La cabaña estaba sumida en un silencio tenso, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea. Viktor observaba la pantalla de la tableta con una mirada que oscilaba entre la incredulidad y una furia contenida. Ver esos números -la fortuna que su familia había intentado robar durante décadas- bajo el control total de la mujer que dormía en sus brazos, encendió en él un instinto de dominación que luchaba con su creciente fascinación por ella.
Él se levantó de la cama, su cuerpo desnudo y masivo proyectando una sombra imponente contra la pared. Se puso los pantalones con movimientos bruscos y se giró hacia Elena, que permanecía sentada entre las sábanas de seda, con la tableta aún en sus manos.
- ¿Y qué piensas hacer con eso, pequeña? -preguntó Viktor, su voz bajando a un registro peligroso mientras se acercaba a la cama-. ¿Crees que tener unos números en una pantalla te hace inmune a este mundo?
Elena levantó la vista. No lo miró con arrogancia, sino con una calma que a Viktor le resultaba más inquietante que cualquier grito. Sus ojos café tenían un brillo nuevo: el de quien finalmente comprende su valor.
- No busco ser inmune, Viktor. Busco justicia para mi padre -respondió ella con voz firme-. Estos fondos no son solo dinero; son la prueba de cada traición de Sergei. Y ahora, yo decido quién tiene acceso a las rutas del Adriático.
Viktor se inclinó sobre ella, atrapándola entre sus brazos contra el cabezal de la cama. Su cercanía era asfixiante, cargada de una posesividad que reclamaba no solo su cuerpo, sino su voluntad.
- Escúchame bien -siseó él, su rostro a milímetros del de ella-. Puedes tener todo el oro del mundo, pero sigues estando bajo mi protección. No voy a permitir que uses ese poder para exponerte. Hay hombres ahí fuera que quemarían ciudades enteras por lo que tienes en esa cuenta. Hombres que no dudarán en usarte de formas que ni siquiera puedes imaginar.
- Lo sé -dijo ella, estirando una mano para delinear la mandíbula tensa de él-. Pero ya no soy la testigo asustada que encontraste en aquel callejón. Ahora soy tu socia... o tu peor pesadilla si intentas volver a encerrarme.
Viktor le atrapó la muñeca con una fuerza que no llegaba a doler, pero que marcaba su dominio. La besó con una mezcla de hambre y castigo, un beso que le recordaba a Elena que, sin importar cuánto dinero tuviera, sus cuerpos seguían hablando el mismo lenguaje salvaje.
- No eres mi socia -gruñó él contra sus labios-. Eres mi mujer. Y mientras yo respire, nadie, ni siquiera tú misma con tus nuevas ambiciones, te pondrá en peligro.
Poco después, Sofia y Thomas entraron en la sala principal. La atmósfera cambió drásticamente. Sofia miró a Elena con un respeto forzado, sabiendo que la chica ahora tenía la sartén por el mango.
- Los remanentes de los Lombardi se han aliado con lo que queda de la facción de Sergei -informó Sofia, desplegando un mapa táctico sobre la mesa-. Creen que Viktor está débil por sus heridas y que tú, Elena, eres el eslabón débil para llegar al tesoro de los Volkov.
Viktor soltó una carcajada oscura, limpiando su fusil con una calma que ponía los pelos de punta.
- Que vengan. Necesito algo en lo que descargar esta rabia.
- No vendrán por ti, Viktor -intervino Thomas, su voz temblorosa pero clara-. Vendrán por el puerto. Si Elena corta el suministro de fondos, ellos mueren de hambre. Van a intentar secuestrarla de nuevo.
Viktor golpeó la mesa con el puño, haciendo que los mapas saltaran. Su mirada se clavó en Elena, que estaba revisando unos informes de seguridad.
- ¡ No saldrás de esta cabaña! -rugió Viktor, sus celos estallando ante la idea de que ella tomara decisiones que la pusieran en el punto de mira.
- No soy un secreto que puedas guardar, Viktor -dijo ella, levantándose con elegancia. No gritó, pero su carácter se impuso en la habitación-. Si queremos que esto termine, tengo que presentarme en la reunión de la Comisión. Tengo que demostrar que el apellido Thomas no es sinónimo de víctima, sino de poder.
Viktor caminó hacia ella, ignorando a su madre y a Thomas. La tomó por la cintura, levantándola ligeramente para que sus ojos quedaran al mismo nivel.
- Si pones un pie fuera de aquí sin mi escolta, juro que encadenaré tu vida a la mía de una forma que no podrás ignorar. No me importa tu dinero, Elena. Me importas tú. Y mi paciencia con tu "carácter" se está agotando.
Elena rodeó el cuello de él con sus brazos, manteniendo el desafío.
- Entonces acompáñame. Sé mi escudo, Viktor, pero deja de intentar ser mi carcelero. Porque si me pierdes ahora, no habrá fortuna que pueda comprar mi regreso.
Viktor apretó el agarre, su posesividad luchando contra la lógica. Sabía que ella tenía razón, pero la idea de compartirla con el mundo, de que otros hombres vieran su brillo y su poder, lo consumía por dentro.