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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

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Capítulo 15: El Vals de los Muertos

El aire en la ciudad se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta que no traería agua, sino fuego. La mansión de los De la Vega, erguida sobre la colina como un panteón de mármol blanco, resplandecía bajo la iluminación de gala. Era la noche de la Beneficencia Anual, el evento donde la élite lavaba sus pecados con cheques de seis cifras mientras brindaban con champán que costaba más que la vida de los niños que una vez habitaron el orfanato Blackwood.

​Marta, bajo su disfraz de Ana Reyes, observaba el despliegue desde el asiento del copiloto del coche de Niclaus. Sus manos, antes suaves y cuidadas por manicuristas de lujo, ahora estaban ásperas, marcadas por el trabajo físico y la pólvora.

​—Tres mil invitados, Niclaus —susurró ella, su voz vibrando con una mezcla de náusea y anticipación—. Tres mil testigos para tu gran final. ¿Estás seguro de que quieres que Elena vea esto? No sobrevivirá al choque.

​Niclaus, que vestía un esmoquin que parecía una armadura de seda negra, ajustó su corbata con una precisión maníaca. Sus ojos, antes perdidos en el delirio, ahora estaban enfocados con una claridad aterradora.

​—Elena murió en el sótano, Marta. Lo que vive en esa casa es Isabel, un parásito alimentado por los recuerdos robados de nuestra hermana. Hoy, le devolveremos su nombre. Y si el precio es que su mundo de cristal estalle, que así sea. Yo nací en las llamas; ella solo tiene que aprender a caminar a través de ellas.

​I. La Infiltración del Caos

​Marta entró por la puerta de servicio, mostrando su pase de archivista. Nadie sospechaba de la mujer de gafas gruesas y ropa modesta que cargaba carpetas de "documentación histórica". Mientras tanto, Niclaus entraba por la puerta principal. No necesitaba invitación; su presencia era magnética, y el nombre falso que portaba, Nicholas Vane, abría las puertas de la alta sociedad como una llave maestra forjada en el infierno.

​El gran salón de baile era una marea de joyas y perfumes. En el centro, Isabel de la Vega lucía un vestido de seda blanca, moviéndose con la elegancia de una reina que ignora que su trono está construido sobre una fosa común. El Magistrado, su "padre", permanecía a su lado, con la mano posesiva en su hombro.

​Marta se posicionó en la galería superior, desde donde podía ver todo el tablero. Activó el transmisor en su oído.

​—Estoy en posición, Niclaus. He colocado los dispositivos en los proyectores. Cuando des la señal, la verdad dejará de ser un susurro.

​—Copia —respondió la voz de Niclaus, fría y distante—. Estoy acercándome al objetivo. Isabel se ve... radiante. Casi me hace dudar de si merece despertar. Pero luego miro al Magistrado y recuerdo el voltaje de las descargas eléctricas en la cinta.

​II. El Encuentro de los Hermanos

​Niclaus se abrió paso entre la multitud. Cuando llegó frente a Isabel, el tiempo pareció ralentizarse. El Magistrado frunció el ceño, detectando una amenaza que no podía nombrar, pero Isabel... Isabel se quedó paralizada. El vaso de cristal en su mano tembló ligeramente.

​—Sr. Vane, qué sorpresa —dijo el Magistrado, extendiendo una mano fría—. No recuerdo haberlo visto en la lista de confirmados.

​—Las mejores cosas de la vida son las que no se esperan, Magistrado —respondió Niclaus, ignorando la mano del hombre y fijando su vista en Isabel—. Sra. De la Vega, ¿me concedería este vals? Siento que nos conocemos de otra vida.

​Isabel palideció. La voz de Niclaus activó algo en la base de su cerebro, un eco de una canción de cuna distorsionada por el humo. A pesar de la mirada de advertencia de su padre, ella asintió, hipnotizada.

​—Solo una pieza —susurró ella.

​Mientras bailaban, Niclaus se inclinó hacia su oído. —El blanco te sienta bien, Elena. Pero el rojo te sentaba mejor. ¿Recuerdas el color de la sangre en el suelo del orfanato? ¿Recuerdas el sabor de la avena fría que compartíamos bajo la escalera?

​Isabel tropezó. —No sé de qué me habla... Nicholas, por favor, me está asustando.

​—No me llames Nicholas. Llámame por el nombre que gritabas cuando el techo cayó. Llámame Niclaus.

​En ese momento, Marta activó la secuencia.

​III. El Teatro de la Verdad

​Las luces del gran salón se apagaron de golpe. Un murmullo de sorpresa recorrió a los tres mil invitados. De repente, las enormes paredes blancas de la mansión se convirtieron en pantallas de cine. Los proyectores de alta potencia que Marta había ocultado empezaron a reproducir las cintas VHS del archivo privado del Magistrado.

​La imagen de la Elena de diez años, llorando en la habitación blanca mientras recibía descargas eléctricas, inundó el salón. La voz del Magistrado, joven y cruel, resonó por los altavoces de alta fidelidad: "No te llamas Elena. Te llamas Isabel. Niclaus no existe. Marta no existe".

​El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de las respiraciones agitadas. Los invitados miraban la pantalla y luego al Magistrado, quien permanecía lívido, como una estatua de sal.

​—¡Apaguen eso! —gritó el Magistrado, pero Marta ya había bloqueado el sistema.

​Niclaus soltó a Isabel, quien cayó de rodillas en medio de la pista de baile, cubriéndose los oídos. Las imágenes cambiaron. Ahora se veían los registros financieros: los pagos del Magistrado al "Maestro", los experimentos psicológicos financiados con dinero de la beneficencia. La máscara de la familia De la Vega se desintegraba frente a toda la ciudad.

​IV. La Intervención de Aranda

​En medio del caos, el Detective Aranda irrumpió en el salón con una docena de agentes. Había regresado de Suiza con la evidencia definitiva: el acta de adopción ilegal y los registros de los experimentos.

​—¡Magistrado De la Vega, queda usted arrestado por secuestro, tortura y fraude masivo! —gritó Aranda.

​Pero el Magistrado no miraba a la policía. Miraba a Niclaus. Con un movimiento rápido, sacó un arma pequeña de su chaqueta.

​—Tú —rugió el anciano—. Deberías haber muerto en aquel sótano. Fuiste un error de cálculo desde el principio.

​Antes de que Aranda pudiera disparar, Marta saltó desde la galería superior sobre uno de los candelabros decorativos, lanzándose hacia el Magistrado con una furia suicida. El disparo salió desviado, impactando en un enorme espejo de pared que estalló en mil pedazos.

​Marta y el Magistrado rodaron por el suelo. Ella, con la fuerza de veinte años de resentimiento, le arrebató el arma y lo encañonó en la frente.

​—Mírate —dijo Marta, su peluca cayendo y revelando su verdadero rostro—. Soy la "variable de control", ¿recuerdas? Soy la que sobrevivió para verte caer.

​V. El Despertar de Elena

​Isabel —o Elena— levantó la vista. Al ver a Marta y a Niclaus juntos, el muro de contención en su mente finalmente cedió. Los recuerdos regresaron como una inundación: el olor a pino, el calor del fuego, la mano de Niclaus apretando la suya, y la espalda de Marta alejándose hacia la salida.

​—Niclaus... Marta... —su voz ya no era la de la sofisticada Isabel. Era la voz de la niña del orfanato.

​Niclaus se acercó a ella y le tendió la mano. Pero esta vez, no era una mano amenazante. Era la mano del hermano que nunca dejó de buscarla.

​—Vámonos, Elena —dijo él—. Este lugar está lleno de cenizas.

​Pero Elena no tomó su mano. Se puso de pie, mirando a sus dos hermanos con una expresión de una tristeza infinita.

​—Me dejaron —susurró ella—. Tú me dejaste en el fuego, Marta. Y tú, Niclaus... tú me convertiste en tu obsesión para no sentir tu propio dolor. Me buscaron no para salvarme, sino para poseerme.

​Elena miró a su alrededor, al desastre que era su vida, a la policía, a los invitados horrorizados. Tomó el arma que Marta había dejado caer tras reducir al Magistrado.

​—Elena, no... —gritó Marta, intentando acercarse.

​—Ya no soy Elena. Y nunca fui Isabel —dijo ella, con una calma aterradora—. Soy el producto de vuestra guerra. Y la guerra termina aquí.

​Elena apuntó el arma, pero no hacia sus hermanos, ni hacia el Magistrado. Apuntó hacia los proyectores, disparando a las máquinas que seguían mostrando su agonía infantil. Luego, miró al Detective Aranda.

​—Lléveselos a todos —dijo ella, entregando el arma—. A él por lo que me hizo. A ellos por lo que pretenden seguir haciéndome. Yo nunca me fui, porque nunca me dejaron ser.

​VI. El Final de la Noche

​La policía se llevó al Magistrado entre abucheos. Niclaus y Marta fueron esposados también. No por el incendio, sino por la red de espionaje y sabotaje que habían construido. Mientras los sacaban de la mansión, Marta miró hacia atrás.

​Elena permanecía en el centro del salón vacío, rodeada de cristales rotos y el eco del vals. Estaba sola, pero por primera vez en su vida, su mente le pertenecía.

​Aranda se acercó a Marta antes de subirla al coche patrulla. —¿Vale la pena? —preguntó el detective—. Destruyeron todo para encontrarla, y ahora ella los odia tanto como al hombre que la vendió.

​Marta miró a Niclaus, quien sonreía en la penumbra del coche. Una sonrisa de paz, de un hombre que finalmente ha terminado su tarea.

​—Sí —respondió Marta—. Porque ahora ella sabe quién es. Y el odio es mejor que el olvido. El odio es una prueba de que existimos.

​El coche se alejó, dejando atrás la colina iluminada. La mansión De la Vega, al igual que la mansión Blackwood, ya no era un hogar. Era una ruina más en el mapa de una infancia que finalmente, después de veinte años, había dejado de arder.

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