Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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El compromiso
El compromiso
La salida de la imponente mansión Volkov se ejecutó con la precisión y el hermetismo de una operación militar. Bajo un cielo plomizo que amenazaba llovizna, una caravana de diez vehículos blindados con vidrios polarizados emergió de los garajes subterráneos, formando una serpiente de acero y cristal opaco. Cada coche, idéntico en apariencia para disuadir cualquier intento de seguimiento, transportaba a los miembros de la familia Volkov en un orden estratégico que solo los jefes de seguridad conocían. Dimitri viajaba en el tercer vehículo, flanqueado por dos guardaespaldas de mirada impasible, mientras sus padres y su abuelo ocupaban el quinto auto, el núcleo protegido por el resto de la formación. Durante el trayecto de cuarenta minutos hacia el distrito exclusivo donde se alzaba la mansión Lombardi, los carros cambiaron de ruta tres veces, siguiendo un protocolo diseñado para detectar y despistar cualquier posible amenaza.
Al llegar a la imponente verja de hierro forjado con el emblema de la familia Lombardi, un lobo rampante sobre un escudo partido, los centinelas revisaron cada identificación mediante un sistema biométrico antes de permitir el acceso. La calzada de adoquines, flanqueada por cipreses centenarios, conducía a una fuente de mármol blanco que arrojaba chorros de agua iluminados tenuemente. Allí, esperando en la escalinata principal, se encontraba el patriarca Jean Carlo Lombardi, vestido con un traje gris perla, su esposa Olga de vestido burdeos, y sus tres hijos: Alexander, Laura y Lorena. La familia Lombardi saludó con una inclinación de cabeza respetuosa, y Jean Carlo extendió ambos brazos en señal de bienvenida, aunque sus ojos, oscuros como el azabache, ya evaluaban cada detalle de los recién llegados.
El saludo en el gran vestíbulo , adornado con frescos renacentistas y una araña de cristal de Murano que parecía llover luces, fue protocolario pero cordial. Jean Carlo Lombardi estrechó la mano del abuelo Volkov con una familiaridad que desmentía décadas de alianzas y acuerdos tácitos, mientras las mujeres intercambiaban besos en el aire que no rozaban las mejillas. "Bienvenidos a nuestra casa", declaró el patriarca con una voz que resonaba en el mármol, y guió a los invitados hacia el comedor principal, una sala de paredes tapizadas en terciopelo granate donde una mesa larga de caoba lucía vajilla de porcelana de Limoges y cubiertos de oro de 18 quilates.
La cena, preparada por un chef de tres estrellas Michelin traído expresamente de París, constaba de siete servicios: desde una sopa de trufa blanca hasta un cordero lechal asado con hierbas provenzales. Jean Carlo, sentado a la cabecera, irradiaba una felicidad casi contagiosa; reía con estruendo, brindaba sin cesar y relataba anécdotas de sus años mozos en los negocios familiares, mientras sus dedos tamborileaban el borde de su copa de cristal. Sin embargo, su esposa, Ana Sofía, permanecía rígida como una estatua, con la mandíbula tensa y la mirada fija en un punto más allá de los comensales. Sus hijos, Alexander y Lorena, apenas intercambiaban palabras y cortaban su comida con movimientos mecánicos, como autómatas. Incluso Laura la alegria de la casa, tenia los ojos bajos sobre su plato.
Pero había una constante que atravesaba el silencio incómodo de los Lombardi: todas las miradas, sin excepción, convergían Dimitrina y otra vez hacia Lorena. La joven, sentada junto a él , parecía ajena a la atención, aunque sus manos temblaban ligeramente cada vez que levantaba la copa de agua. Era el centro invisible de aquella cena, el motivo tácito de la reunión, y todos lo sabían.
Fue al final del quinto servicio, cuando los camareros retiraban los platos del salmonete confitado, cuando el abuelo de Dimitri, el viejo Nikolai Volkov, se puso en pie con dificultad apoyándose en su bastón de ébano con empuñadura de plata. El rumor de cubiertos y conversaciones cesó de inmediato. "Jean Carlo", dijo con una voz que conservaba el eco de la estepa rusa, "hemos compartido sangre en los negocios, lealtad en las tormentas y secretos que llevaríamos a la tumba. Ahora es momento de sellar nuestro pacto con lazos más profundos". Sacó de su chaqueta un estuche de terciopelo granate y lo abrió ante el patriarca Lombardi. Dentro, un anillo de compromiso con una esmeralda tallada en forma de gota, del tamaño de una nuez pequeña, capturó inmediatamente toda la luz de la araña y la devolvió en destellos verdes que bailaron sobre las paredes. "En nombre de mi nieto Dimitri, pido la mano de su nieta Lorena". Un silencio de hielo llenó la estancia.
Lorena palideció visiblemente; sus labios se separaron como si quisieran protestar, pero ninguna palabra salió de ellos. Olga apretó tanto su servilleta que sus nudillos se volvieron blancos. Jean Carlo, sin embargo, sonrió amplio y asintió. Antes de que Lorena pudiera reaccionar, el abuelo Nikolai tomó su mano izquierda, la joven intentó retirarla instintivamente, pero unos dedos firmes pero respetuosos la sujetaron y deslizó el anillo en su dedo anular. La piedra, enorme, pesaba como un guijarro de río. Inmediatamente, los familiares de Dimitri se levantaron uno tras otro: su madre le entregó un collar de perlas negras del Mar del Sur; su tío, unos pendientes de diamantes engastados en platino; una prima le puso una pulsera de zafiros; incluso el abuelo añadió una tiara de esmeraldas más pequeñas. Lorena, con el rostro desencajado, solo atinó a mirar el anillo que ahora la definía.
Acto seguido, los jóvenes fueron despedidos al salón contiguo mientras los mayores se replegaron en el despacho de Jean Carlo para discutir "los detalles prácticos". Se mencionaron dos fiestas restantes: la de compromiso y la boda. Las madres, Olga y la señora Volkov, recibieron la orden de supervisar a una reconocida empresaria de eventos, la famosa Celeste D'Angelo, conocida por organizar celebraciones de la realeza europea y magnates del Golfo.
En el salón contiguo, una habitación más pequeña pero igualmente opulenta con sillones de terciopelo azul noche y una chimenea de mármol encendida, Laura la hermana mayor de Lorena insto a Dimitri y este conectó su teléfono a los altavoces y dejó sonar una suave melodía de piano y cello. Los jóvenes formaron pequeños grupos: Alexander Lombardi y su hermana I Laura intentaron entablar conversación con los primos Volkov sobre temas banales, el último auto deportivo, la temporada de esquí en los Alpes, las acciones tecnológicas, mientras la prima de Dimitri Ana Sofia se entretenía con un juego en su tableta. Dimitri se mantuvo al margen, observando. Solo Lorena no encajaba en ningún círculo. Permaneció junto a la ventana, acariciando inconscientemente el anillo de esmeralda que ahora brillaba en su dedo, respondiendo a cualquier pregunta con un "sí", "no" o "quizás" tan apagado que parecía venir de muy lejos.
Cuando Ana Sofia le preguntó si le gustaban las joyas, Lorena murmuró un "supongo" que dejó un silencio incómodo. Entonces Dimitri se separó de la pared, se acercó a ella y, sin mediar palabra, la tomó del brazo. No fue un agarre violento, pero sí firme, posesivo, con los dedos envolviendo justo por encima del codo en un gesto que decía "eres mía". La condujo a través de una puerta francesa hacia el jardín nocturno, donde el aroma de los jazmines empapaba el aire fresco. Bajo la tenue luz de unas linternas de hierro, él la giró para enfrentarla. "No te faltará nada", dijo con su voz grave y pausada. "Comida, ropa, una casa grande, seguridad. Yo haré tu vida fácil y placentera". No mencionó el amor. No habló de sentimientos, ni de la forma en que su corazón se aceleraba cada vez que ella entraba en una habitación, ni de cómo pasaba noches en vela imaginando su futuro hijo.
Era un hombre de hechos, no de palabras huecas. Pero Lorena, embarazada, vulnerable, con las hormonas desbocadas y el miedo atenazándole el pecho, necesitaba escuchar esas palabras. Sus ojos se humedecieron, sus hombros se encorvaron. Dimitri vio el terror reflejado en sus pupilas dilatadas, ese pánico de quien se siente comprado sin ser amado. Entonces, sin pensarlo dos veces, la rodeó con sus brazos, un abrazo cálido, protector, que la envolvió por completo y la besó. Fue un beso profundo, pausado al principio, luego más exigente, con una pasión contenida durante meses que ahora se derramaba como un río desbordado.
.... Sus labios hablaron de promesas que las palabras jamás podrían articular: "Te cuidaré, te defenderé, te desearé siempre". Cuando se separaron, Lorena tenía las mejillas arreboladas y el pulso acelerado. El beso, finalmente, había dicho más que mil palabras...