Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 8 Gimnasios de piedra, optimismo tóxico y el arte de no morir quemado
Si pensaba que Kaia era estricta, Bastian era una pesadilla envuelta en papel celofán dorado y con un altavoz en la garganta. No eran ni las cinco de la mañana cuando el sol todavía no se asomaba y yo ya sentía que el tipo estaba gritando dentro de mi cráneo.
—¡EL AMANECER ES EL DESPERTAR DE LA JUSTICIA, ALEJANDRO! —bramó Bastian, tirando la puerta de mi habitación de una patada—. ¡SIENTE EL CALOR EN TUS PULMONES! ¡CADA GRITO DE DOLOR ES UNA CANCIÓN DE VICTORIA PARA TU ESPÍRITU!
—No mames, Bastian... —balbuceé, tratando de cubrirme con las pieles—. Ni Dios se ha levantado a esta hora. Dame diez minutos, mi espíritu todavía está en la CDMX buscando sus chanclas.
—¡LA PEREZA ES LA SOMBRA QUE BUSCA APAGAR TU LLAMA! —Bastian me levantó de la cama con una sola mano, como si yo fuera una bolsa de papas—. ¡VAMOS AL CLARO! ¡HOY TUS MÚSCULOS CONOCERÁN EL SIGNIFICADO DE LA TRASCENDENCIA!
Media hora después, estaba en el mismo claro de entrenamiento, pero esta vez con una roca del tamaño de un motor de microbús amarrada a la espalda con lianas. Bastian corría a mi lado, impecable, sin sudar una gota y manteniendo esa sonrisa que me daban ganas de borrarle con un ladrillazo.
—¡DALE RITMO AL CORAZÓN! —gritaba mientras yo subía la pendiente—. ¡IMAGINA QUE ESE POZOLE QUE TANTO ANHELAS ESTÁ EN LA CIMA! ¡CADA PASO TE ACERCA AL SABOR DEL HOGAR!
—¡Huele... a... puro... esfuerzo... y... sobaco! —jadeé, sintiendo que mis piernas se iban a doblar en cualquier momento.
Ringo, fiel a su estilo de minitirano, iba sentado encima de mi roca, usando mi cabeza como descansabrazos.
—¡Muévete, flan de cajeta! —chilló el mono, dándome un coscorrón—. Hasta un perezoso con reumatismo subiría más rápido. Estás avergonzando al león de tu brazo, piel suave.
—¡Cállate... Ringo! —gruñí—. ¡Bájate... pesas... como... una... vaca!
—¡PESO LO QUE PESA EL HONOR! —respondió el mono, soltando una carcajada y dándome una pequeña patada en la nuca para "motivarme".
Trixie, el hada borracha, volaba en círculos sobre nosotros, derramando un poco de su néctar fermentado sobre mi cabeza por accidente.
—¡Cuidado, que se nos desmaya el gigante! —chilló Trixie con su voz de pito—. ¡Si te mueres, yo me quedo con el espejo negro que brilla!
—¡NADIE SE MUERE BAJO MI GUARDIA! —rugió Bastian, dándome otra palmada en la espalda que casi me incrusta en el suelo—. ¡LA MUERTE ES SOLO PARA LOS QUE NO TIENEN PASIÓN! ¡SIGUE ADELANTE!
Tras cuatro horas de tortura física que harían llorar a un marine, Bastian me dio permiso de ir con el Sabio, no sin antes recordarme que "el sudor es la tinta con la que se escriben las leyendas". Iba arrastrando los pies hacia la cúpula cuando me topé con Briana cerca de la fuente de las ninfas.
Se veía preciosa con su vestido blanco y su cabello de plata brillando bajo la luz del mediodía. Al verme, sus ojos violetas se abrieron con una mezcla de lástima y diversión.
—Parece que Bastian ha intentado convertirte en polvo, Alejandro —dijo, acercándose con un pequeño frasco que olía a lavanda y algo metálico.
—Me siento como si me hubiera pasado encima un tráiler en el Periférico, Briana —suspiré, dejándome caer en un banco—. Ese tipo tiene demasiada energía. Creo que desayuna dinamita.
—Es un buen hombre, aunque un poco... ruidoso —ella sonrió y, con una delicadeza que me hizo olvidar el dolor por un segundo, me puso un poco de ungüento en el hombro—. Esto ayudará con los hematomas. Y ten cuidado con Lira y las demás aprendices; todavía hablan de tu "técnica de agarre de pan".
—Chale, ya nunca voy a vivir eso, ¿verdad? —reí con amargura—. Gracias por la medicina, Briana. Eres un ángel... bueno, una elfa, pero ya me entiendes.
Ella se sonrojó levemente y asintió antes de seguir su camino. Ringo, desde mi hombro, soltó un bufido.
—Esa hembra te tiene lástima, flan. Pero al menos ya no quiere castrarte. Es un progreso.
El entrenamiento con el Sabio fue más denso. La tortuga no me hizo cargar piedras, pero me hizo cargar con la realidad.
—El Rey Sombra no es solo un monstruo, Alejandro —explicó el Sabio mientras yo intentaba mantener la esfera de fuego azul flotando entre mis manos—. Es el olvido. Él borra los nombres, borra los rostros, borra el porqué de las cosas. Si él gana, este mundo no morirá, simplemente dejará de existir en la memoria de la creación.
—O sea que es como un borrado de disco duro masivo —dije, concentrándome en la flama—. Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué un chilango que vendía seguros y no sabía ni prender el boiler?
—Porque tú vienes de un mundo que se aferra a la memoria. Ustedes graban todo, escriben todo, fotografían todo. Eres el contrapunto perfecto. —El Sabio ajustó sus lentes—. Ahora, expande la llama. No la veas como fuego, vela como una extensión de tu voluntad de no ser olvidado.
Me concentré. Pensé en el mensaje de mi jefa. Pensé en el pozole. Pensé en Kaia y en su risa cuando el mono me golpeaba. La esfera azul creció, empezó a vibrar y, de repente, soltó un latido de calor que iluminó toda la cúpula.
—¡Eso es! —exclamó la tortuga—. Estás "subiendo" archivos al sistema, muchacho.
Al anochecer, regresé a la taberna. Kaia todavía no volvía de su misión, y el lugar se sentía extrañamente vacío sin su mirada juzgadora. Me senté en el rincón de siempre y saqué mi celular.
La pantalla se iluminó. Ya no solo estaba el mensaje de mi mamá. Había una notificación nueva. El Sabio me había advertido que el "vínculo" era un premio por mi progreso.
De: Jefa (Mamá)
"Hijo, no me contestas pero vi que 'leíste' el mensaje. Ya sé que andas de vago, pero mándame aunque sea un puntito para saber que no te han secuestrado. Tu papá dice que seguro te fuiste a la playa sin avisar. Te quiero, flaco. No te olvides de nosotros."
Me quedé mirando la pantalla. Intenté escribir, pero el teclado estaba bloqueado por el sello del Sabio. Solo podía leer. Me sentí como un náufrago viendo un barco pasar a lo lejos. Pero entonces, recordé lo que dijo la tortuga: el libro se escribe con acciones.
Saqué el libro de la mochila. La Leyenda del Corazón Valiente.
Lo abrí. Las primeras páginas ya no estaban en blanco. Había dibujos detallados de mi llegada, de Ringo peleando con el canguro, de la risa de Kaia y del entrenamiento con Bastian. La caligrafía era elegante, antigua, y describía mis miedos con una precisión que me daba escalofríos.
—No te olvides de nosotros... —susurré, repitiendo las palabras de mi mamá.
Cerré el libro con fuerza. La melancolía se convirtió en una mecha encendida.
—No lo haré, jefa —dije para mí mismo—. Voy a llenar este pinche libro de gloria y voy a regresar por ese pozole, aunque tenga que quemar a todo el ejército de sombras yo solo.
—¡ESA ES LA INTENSIDAD QUE NECESITAMOS! —gritó Bastian entrando a la taberna, todavía con la armadura puesta y una jarra de hidromiel en la mano—. ¡EL AMOR DE UNA MADRE ES EL SOL QUE NUNCA SE PONE! ¡MAÑANA ENTRENAREMOS EL DOBLE, ALEJANDRO!
—¡Ay, no mames! —exclamé, escondiendo la cabeza entre los brazos mientras Ringo se reía de mi desgracia.
Pero en el fondo, por primera vez, no quería estar en ningún otro lugar. El chilango estaba empezando a rugir.