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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: El Paso del Cazador

El primer rayo de sol atravesó las copas de los árboles como una lanza dorada. Kaeil parpadeó, sorprendido de haber dormido. No recordaba haberse quedado dormido, sólo el peso del arma en su regazo y la imagen de la luna moviéndose lentamente por el cielo.

Ahora el arma seguía en su regazo, y junto a él, Jessica estaba despierta, mirándolo con esos ojos verdes que parecían verlo todo.

—Dormiste —dijo ella en voz baja.

—No debí.

—Necesitabas. Te relevé hace tres horas.

—¿Tres horas? ¿Y no me despertaste?

—Necesitabas dormir. Yo no podía.

Kaeil iba a protestar, pero ella puso un dedo sobre sus labios.

—No digas nada. Estoy bien. Descansé en la cueva.

A su alrededor, el campamento comenzaba a desperezarse. Tomás ya estaba en pie, preparando algo en un pequeño fuego oculto entre las rocas. Mateo ayudaba a Elena a arreglar la mochila, mientras Daniel, incansable, perseguía una mariposa con las manos.

—¿Algo durante la noche? —preguntó Kaeil.

—Nada. Silencio total. Pero eso no significa que no estén cerca.

—¿Cuánto falta para la frontera?

—Si Tomás tiene razón, un día de marcha. Tal vez dos, dependiendo de lo rápido que podamos ir.

Kaeil miró su hombro vendado, el gesto de dolor que Jessica disimulaba mal.

—Podríamos dejarte aquí. Esconderte. Y luego volver...

—No —lo cortó ella con firmeza—. Vamos juntos o no vamos.

—Jessica...

—He dicho que no. No pienso esconderme mientras los demás arriesgan. Ya tuve suficiente de eso en Siria.

Kaeil conoció ese tono. Era inútil discutir.

Desayunaron rápido: unas galletas duras, fruta seca, agua de un arroyo cercano. Tomás repartió las provisiones con mano experta, calculando raciones para dos días más.

—Hay que moverse —dijo—. Los mercenarios habrán reanudado la búsqueda al amanecer. Si tenemos suerte, estarán peinando la zona equivocada. Si no...

—¿Qué posibilidades hay de que nos encuentren? —preguntó Elena, con Daniel en brazos.

Tomás la miró con sinceridad.

—Cincuenta por ciento. Estos bosques son grandes, pero ellos tienen medios que nosotros no. Perros, drones, quizás. Si usan perros, lo tendremos difícil.

—¿Y cómo despistamos a los perros? —preguntó Kaeil.

—Cruzando agua. Hay un río a media hora de aquí. Si logramos llegar y caminar por él un trecho, perderán el rastro.

—Entonces, ¿a qué esperamos?

Recogieron el campamento en silencio y reanudaron la marcha. Tomás iba primero, leyendo el bosque como otros leen un libro. Jessica y Kaeil detrás, ella apoyada en él, él sintiendo cada paso que daba ella como si fueran propios. Mateo y Elena cerraban la marcha, turnándose para llevar a Daniel.

El bosque era hermoso y cruel. Los robles centenarios alzaban sus copas hacia el cielo, filtrando la luz en haces dorados. Los helechos mecían sus frondas con la brisa, y ardillas curiosas los observaban desde las ramas. Pero cada sonido, cada crujido, podía significar peligro.

—Para —dijo Tomás de repente, alzando una mano.

Todos se detuvieron. El viejo aguzó el oído, moviendo la cabeza como un perro de caza.

—¿Qué pasa? —susurró Jessica.

—Helicóptero. Muy lejos todavía. Pero viene hacia aquí.

El sonido se hizo audible segundos después: el thump-thump-thump característico de las aspas cortando el aire.

—¿Nos habrán visto? —preguntó Mateo.

—No creo. Aún están lejos. Pero si siguen esta dirección, nos localizarán en menos de una hora.

—¿Qué hacemos?

—Correr. Hacia el río. Deprisa pero sin hacer ruido. Vamos.

Apretaron el paso, el helicóptero cada vez más cerca. Jessica apretaba los dientes con cada zancada, la herida protestando, pero no se quejó. Kaeil la sostenía, dándole fuerza, sintiendo cómo temblaba.

El río apareció de repente, un torrente de agua cristalina que bajaba ruidoso por la montaña.

—Al agua —ordenó Tomás—. Caminad río arriba. Que el agua os cubra las piernas. Yo cierro la marcha y borro las huellas.

Entraron en el agua. Estaba helada, cortando la respiración. Daniel gimió, pero Elena lo calló con un beso y un susurro. Caminaron contra corriente, el agua helada calando sus ropas, entumeciendo sus pies.

El helicóptero pasó sobre ellos, tan bajo que pudieron ver el color gris verdoso de su carrocería. Pero no se detuvo. Siguió su curso, alejándose hacia el sur.

—Unos minutos más —dijo Tomás cuando el ruido se perdió—. Luego salimos.

Salieron del agua tiritando, empapados hasta los huesos. Tomás encontró un claro soleado donde pudieron secarse un rato, aprovechando para descansar.

—Eso los despistará —dijo—. Los perros perderán el rastro en el agua. Y el helicóptero busca en otra dirección. Tenemos unas horas de ventaja.

—¿Suficientes para llegar a la frontera? —preguntó Mateo.

—Si seguimos a este paso, llegaremos al anochecer.

Jessica estaba sentada en una roca, pálida, con los dientes castañeteando. Kaeil se arrodilló a su lado y le frotó los brazos para hacerla entrar en calor.

—Tonto —murmuró ella—. Estás igual de mojado que yo.

—Pero no estoy herido.

—No necesito que me cuiden.

—Lo sé. Pero te cuido igual.

Ella sonrió débilmente y apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Llegaremos? —preguntó en voz baja.

—Sí. Llegaremos.

—¿Y luego?

—Luego, Canadá. Nuevos nombres, nuevas vidas. Una casa pequeña con jardín. Y un perro.

—¿Y si no podemos? ¿Si nos encuentran?

—No nos encontrarán. Porque estaremos juntos.

Jessica levantó la cabeza y lo miró. En sus ojos, Kaeil vio algo que nunca había visto: lágrimas.

—¿Por qué lloras?

—Porque tengo miedo. Por primera vez en mi vida, tengo miedo de verdad.

—¿Miedo a qué?

—A perderte. A que esto se termine. A que después de todo, no haya final feliz.

Kaeil la abrazó con cuidado, sintiendo cómo temblaba contra su pecho.

—Pase lo que pase —susurró—, yo estaré contigo. Siempre.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Se besaron allí, junto al río, con el sol secando sus ropas y el rumor del agua de fondo. Un beso que era más que un beso: era una promesa, un juramento, un desafío al destino.

Tomás los observó desde lejos y sonrió. Luego volvió a su tarea de preparar las mochilas, dejando que los jóvenes tuvieran su momento.

—Vamos —dijo al cabo de un rato—. Aún queda camino.

Reanudaron la marcha. El bosque se volvía más espeso, más salvaje. Tomás los guiaba con seguridad, sorteando barrancos, cruzando arroyos, evitando los senderos marcados.

—Por aquí no vienen los cazadores —explicó—. Ni los guardabosques. Solo los que saben.

—¿Y cómo sabes tú? —preguntó Mateo.

—Porque he vivido aquí diez años. Y porque antes de eso, fui muchas cosas. Una de ellas, guía de montaña.

—¿En serio?

—En los Balcanes, durante la guerra. Sacaba gente de zonas de conflicto. Refugiados, periodistas, heridos. Aprendí que los caminos fáciles son los que matan.

Kaeil lo miró con renovado respeto. Aquel hombre guardaba más secretos de los que aparentaba.

Al atardecer, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y púrpura, Tomás se detuvo en lo alto de una colina.

—Ahí —dijo, señalando al norte—. Esa línea de luces. Es la frontera.

Todos miraron en silencio. Más allá de los árboles, más allá de los valles, un tenue resplandor marcaba el límite entre dos mundos.

—¿Podemos cruzarla de noche? —preguntó Elena.

—Sí. Conozco un paso. No está vigilado. Pero hay que esperar a que oscurezca del todo. Y rezar para que no haya patrullas.

Se sentaron a esperar, ocultos entre las rocas. El cansancio se notaba en todos, pero también la esperanza. La frontera estaba cerca. La libertad también.

Daniel se había dormido en brazos de su madre, agotado por la larga jornada. Mateo lo miraba con una ternura infinita.

—Nacerá en Canadá —dijo en voz baja—. Mi hijo. Nacerá en un país donde no tenga que huir.

—¿Tu hijo? —preguntó Kaeil, sorprendido.

Elena sonrió, una mano en su vientre.

—Estoy embarazada. De cuatro meses. No lo sabíamos hasta hace poco.

Jessica se incorporó, el dolor olvidado por un instante.

—¿Embarazada? ¿Y has hecho todo esto? ¿Huir, esconderte, pasar frío?

—No tenía otra opción. Pero ahora... ahora cruzaremos la frontera y mi hijo nacerá libre.

Se abrazaron todos, una mezcla de alegría y emoción. Incluso Tomás, el viejo lobo solitario, tuvo que secarse una lágrima disimuladamente.

La noche cayó por fin, oscura y sin luna. Tomás dio la señal y comenzaron el descenso hacia la frontera.

Caminaron en silencio absoluto, cada paso medido, cada respiración contenida. La frontera se acercaba, una línea de alambre de espino que brillaba tenuemente bajo las estrellas.

—Ahí —susurró Tomás—. Hay un hueco. Lo usaban los contrabandistas. Ahora está abandonado.

Uno a uno, pasaron por el hueco, ayudándose mutuamente. Jessica fue la última, Kaeil sosteniéndola, sintiendo cómo el esfuerzo la agotaba.

Cuando por fin estuvieron al otro lado, Tomás sonrió.

—Bienvenidos a Canadá —dijo en voz baja.

Todos se abrazaron, riendo y llorando al mismo tiempo. Habían cruzado. Estaban a salvo.

En ese momento, un haz de luz los envolvió.

—¡Alto! ¡Nadie se mueva!

Vehículos, luces, hombres uniformados. La policía montada canadiense.

Jessica instintivamente buscó su pistola, pero Kaeil le sujetó la mano.

—Espera —dijo—. Ahora somos refugiados. No criminales.

Un oficial se acercó, la mano en el arma.

—¿Quiénes son? ¿Qué hacen aquí?

Tomás dio un paso adelante.

—Soy Tomás Hernández, ciudadano canadiense. Estos son mis amigos. Necesitan asilo político.

El oficial los miró, evaluando. Luego, con un gesto, ordenó a sus hombres que bajaran las armas.

—Tendrán que venir con nosotros. Habrá que hacer papeles, declaraciones...

—Lo haremos —dijo Jessica, con voz firme—. Pero antes, necesitamos un médico. Estoy herida.

El oficial vio su hombro vendado y asintió.

—Suban a los vehículos. Nosotros nos encargaremos.

Mientras los subían a las camionetas, Kaeil apretó la mano de Jessica.

—Lo logramos —susurró.

—Sí. Lo logramos.

—¿Y ahora?

—Ahora, esa casa con jardín. Y el perro.

Él sonrió y la besó suavemente.

Detrás, en la oscuridad, el bosque y la frontera quedaban atrás. Delante, un futuro incierto pero lleno de esperanza.

Y juntos, pensó Kaeil, podían con cualquier cosa.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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