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Justicia Y Amor.

Justicia Y Amor.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Malentendidos
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabriela

Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.

NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La persecución.

Las luces del pequeño restaurante Trattoria Matteo iluminaban la acera húmeda mientras los últimos clientes terminaban sus cenas. El murmullo de conversaciones y el sonido de los cubiertos chocando contra los platos comenzaban a apagarse poco a poco.

Dentro, Yaya Rossi limpiaba una de las últimas mesas.

Sus movimientos eran automáticos, pero su mente estaba en otro lugar.

Ella solo pensaba en su madre y en su hermano, en la conversación con Daniel Carter y en la abogada Isabella Moretti.

En la posibilidad… de que Valentino pudiera salir de Blackstone Prison.

Por primera vez en mucho tiempo, sentía esperanza.

Pero también miedo.

Porque ahora sabía algo importante:

Alguien había mentido, y sin duda se trataba de alguien poderoso.

—Ya es suficiente por hoy —dijo la voz grave de Matteo desde la cocina.

Yaya levantó la mirada.

—¿Seguro? Aún puedo—

—No —interrumpió el anciano con firmeza—. Es tarde.

Yaya asintió.

—Está bien.

Se quitó el delantal y lo dejó sobre la barra.

Matteo la observó con atención.

—¿Tienes cómo regresar a casa?

Yaya dudó un segundo.

—Puedo tomar el autobús.

El anciano negó lentamente.

—No.

—Te llevaré.

Yaya frunció el ceño.

—No es necesario, de verdad—

Matteo se acercó.

Su expresión ya no era la de un simple anciano amable.

Era seria.

Determinada.

—Sí lo es.

Yaya sintió un pequeño escalofrío.

—Está bien…

Matteo apagó las luces del restaurante.

Ambos salieron por la puerta principal.

La calle estaba casi vacía.

El aire era frío.

Demasiado silencioso.

Yaya abrazó sus brazos instintivamente.

—Hace frío…

—Sube al coche —dijo Matteo señalando un viejo automóvil estacionado cerca.

Yaya caminó hacia el vehículo.

Pero algo dentro de ella se tensó.

Esa sensación…

La misma que se siente cuando alguien te observa.

Giró ligeramente la cabeza.

Y entonces vio a un automóvil negro al otro lado de la calle, el motor estaba apagado, el auto no se movía, pero dentro de veían personas de muy mala cara.

—Matteo… —susurró.

El anciano ya lo había visto horas antes.

—No prestes atención a ese auto y camina pronto.

La voz de Matteo era baja.

—Sube al coche.

Yaya no dudó esta vez.

Abrió la puerta rápidamente y entró.

Matteo hizo lo mismo del lado del conductor.

Encendió el motor.

Pero antes de avanzar…

el automóvil negro también encendió sus luces.

—Nos siguen —dijo Yaya, con la voz temblorosa.

Matteo miró por el retrovisor.

—Sí.

El coche negro comenzó a moverse lentamente detrás de ellos.

La calle era estrecha.

Silenciosa.

Perfecta para que nadie notara nada.

—¿Qué hacemos? —preguntó Yaya.

Matteo no respondió de inmediato.

Sus manos sujetaban el volante con firmeza.

—Agárrate.

Yaya no entendió.

Hasta que Matteo aceleró de golpe.

El coche salió disparado por la calle.

—¡Matteo!

El automóvil negro reaccionó de inmediato.

Aceleró también.

La persecución había comenzado.

Las luces de los autos cortaban la oscuridad mientras giraban en una esquina.

—¡Nos siguen! —gritó Yaya.

—Lo sé.

Matteo giró bruscamente el volante.

El coche tomó una calle más estrecha.

—¿Qué está pasando? —preguntó Yaya, aterrada.

El anciano no respondió.

Su rostro había cambiado por completo.

Ya no era el dueño tranquilo de un restaurante.

Sus ojos eran fríos.

Calculadores.

Precisos.

Como los de alguien que había estado en situaciones así antes.

El coche negro se acercaba.

Cada vez más.

—¡Nos están alcanzando!

Matteo apretó el volante.

—No si puedo evitarlo.

Giró nuevamente.

Entraron en una calle casi desierta.

Sin salida.

—¡Matteo! —gritó Yaya.

Pero el anciano no frenó.

Avanzó hasta el final…

Y en el último segundo giró hacia un pequeño callejón lateral casi invisible.

El coche negro pasó de largo.

Por unos segundos.

Pero luego frenó.

Y retrocedió.

—Nos encontraron —susurró Yaya.

El corazón le latía con fuerza.

Matteo apagó las luces del coche.

El callejón quedó completamente oscuro.

—No hagas ruido —dijo en voz baja.

El coche negro entró lentamente en la calle.

Buscando.

Acechando.

Como un depredador.

Yaya contuvo la respiración.

El sonido del motor enemigo se acercaba.

Cada segundo parecía eterno.

—Matteo… tengo miedo…

El anciano habló con calma.

—Lo sé.

—Pero escúchame bien.

Giró la cabeza hacia ella.

—Pase lo que pase… no salgas del coche.

Yaya lo miró confundida.

—¿Qué vas a hacer?

Matteo no respondió.

Solo abrió lentamente la puerta.

Y salió.

—¡Matteo, no!

Pero ya era tarde.

El anciano caminó hacia la entrada del callejón.

El coche negro se detuvo frente a él.

Dos hombres bajaron.

Los mismos.

Los del restaurante.

—Vaya… —dijo uno con una sonrisa fría—. El abuelo tiene valor.

Matteo los miró en silencio.

—La chica no tiene nada que ver con esto.

El otro hombre soltó una risa.

—Claro que sí.

—Es la hermana.

El primero dio un paso adelante.

—Y la familia… siempre paga.

Yaya observaba todo desde el coche.

Paralizada.

—Déjenla ir —dijo Matteo.

Los hombres intercambiaron miradas.

—¿Y por qué deberíamos hacerlo?

Entonces…

algo cambió.

Matteo se enderezó lentamente.

Su postura ya no era la de un anciano cansado.

Era firme.

Segura.

Peligrosa.

—Porque no saben con quién están tratando.

El silencio cayó.

Los hombres se miraron confundidos.

—¿Ah no? —dijo uno.

Matteo dio un paso adelante.

Y su voz cambió completamente.

Fría.

Autoritaria.

—Díganle a quien los envió… que Matteo Romano no se arrodilla ante nadie.

Los hombres dudaron.

Por primera vez.

—¿Quién demonios eres? —preguntó uno.

Matteo sonrió levemente.

—Alguien que ustedes deberían haber olvidado.

El ambiente se volvió tenso.

Muy tenso.

Uno de los hombres llevó la mano lentamente hacia su chaqueta.

Pero antes de que pudiera reaccionar…

Matteo se movió.

Rápido.

Demasiado rápido para su edad.

Un golpe.

Seco.

Preciso.

El hombre cayó al suelo.

El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Matteo lo sujetó y lo empujó contra el coche.

—Escúchame bien —susurró cerca de su oído—.

El hombre estaba paralizado.

—Si vuelven a acercarse a esa chica…

Matteo apretó más fuerte.

—No habrá advertencias la próxima vez.

Lo soltó.

El hombre cayó al suelo junto a su compañero.

Ambos retrocedieron rápidamente.

Asustados.

Desorientados.

Subieron al coche negro.

Y desaparecieron en la oscuridad.

El silencio volvió.

Matteo respiró profundamente.

Luego caminó de regreso al coche.

Yaya lo miraba con los ojos abiertos.

Sin poder creer lo que había visto.

—¿Qué… fue eso? —susurró.

Matteo se sentó al volante.

Encendió el motor.

—Problemas viejos.

Yaya lo miró fijamente.

—Tú no eres solo un anciano que tiene un restaurante… ¿verdad?

Matteo no respondió de inmediato.

Solo miró al frente.

—Todos tenemos un pasado, Yaya.

El coche comenzó a moverse lentamente.

—Algunos… simplemente no pueden escapar de él.

Yaya apretó las manos.

Ahora entendía algo importante.

Esto era mucho más grande de lo que pensaba.

Mucho más peligroso.

Mientras tanto en otro lugar de la ciudad alguien acababa de recibir una noticia que no le iba a gustar.

—Fallaron.

El hombre en la oscuridad apretó los puños.

—Entonces ya no es solo una investigación.

Su voz se volvió fría.

—Ahora es una guerra.

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