El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Santiago
La muerte de Gregorio Reyes había cambiado todo.
Los planes, los tiempos, las prioridades.
Sofía y yo nos casaríamos el sábado.
No habría invitados, ni música, ni flores extravagantes. Solo estarían nuestras madres, mi tío, Luciano y Karen. Nadie más.
Era una boda silenciosa.
Una boda necesaria.
Luciano tenía demasiado sobre los hombros desde la muerte de su padre. Ahora no solo debía mantener la estabilidad de su familia, también tenía que fortalecer la alianza con los Manrique y terminar de enseñarle a Karen cómo manejar la estructura de los Reyes y seguía aprendiendo de los Manrique.
Porque aunque ella era la única hija de Eugenio Manrique…
Ahora era la líder de la familia Reyes - Manrique junto a Luciano.
El mundo en el que vivíamos no daba tiempo para el duelo.
Así que ahí estábamos.
Sofía y yo sentados dentro de mi camioneta, estacionados en el parqueadero de la notaría.
Ambos mirábamos al frente.
Ninguno se movía.
Suspiramos al mismo tiempo.
Giré la cabeza hacia ella.
—¿Lista?
Sofía me miró con una sonrisa cansada.
—No.
Asentí.
—Yo tampoco.
Ella soltó una pequeña risa.
—Qué honesto.
Luego levantó una ceja.
—Además, siempre podemos tener un amante.
Sonreí.
—Eso es lo bueno del matrimonio moderno.
Sofía rió más fuerte.
—¿Tú crees que el notario nos va a pedir que nos besemos?
Hice una mueca.
—Ojalá que no.
Ella hizo un gesto de disgusto.
—Ay no… qué asco.
Me miró con dramatismo.
—Sería como besar a Luciano.
No pude evitar reír.
—A mí me pasa lo mismo.
—¿Qué cosa?
—Te miro a ti y veo a Luciano.
Sofía me golpeó el brazo.
—¡Oye!
—¿Qué?
—¡Yo soy más bonita que Luciano!
La miré de arriba abajo con fingida seriedad.
—Eso todavía está en discusión.
—¡Santiago!
Reí mientras abría la puerta de la camioneta.
—Vamos, esposa.
—Todavía no.
—En cinco minutos sí.
Entramos a la notaría.
Varias personas nos miraron cuando pasamos.
Era normal.
Las últimas semanas nuestros nombres habían aparecido demasiado en conversaciones privadas.
Muchos seguramente pensaban que veníamos a hablar sobre la sucesión de los Reyes.
Pero no era así.
Nos dirigimos al despacho del notario.
Nuestras madres ya estaban sentadas.
Luciano y Karen estaban juntos en una esquina conversando en voz baja.
Mi tío revisaba unos documentos sobre la mesa.
El notario nos invitó a sentarnos.
La ceremonia fue pequeña.
Demasiado pequeña.
Escuché las palabras legales casi sin prestar atención.
El ambiente era extraño.
Incómodo.
Era consciente de Sofía sentada a mi lado, de su mano cerca de la mía sobre la mesa, de las miradas discretas de nuestras madres.
El notario terminó de leer los documentos.
—Si están de acuerdo, pueden firmar.
Tomé la pluma primero.
Firmé.
Luego Sofía firmó después de mí.
Y así de simple…
Sofía Reyes se convirtió en Sofía Ferrer.
Algo que jamás habría imaginado cuando éramos adolescentes peleando por tonterías.
Miré el documento un segundo.
Extraño.
Muy extraño.
El notario no pidió beso.
Lo cual agradecí profundamente.
Firmamos los últimos papeles y la ceremonia terminó.
Salimos de la notaría.
La calle estaba prácticamente cerrada por nuestros esquemas de seguridad.
Las camionetas negras formaban una pequeña barrera alrededor de la entrada.
Luciano caminaba junto a nosotros.
—¿Cuándo se mudan a esa enorme casa? —preguntó.
—No lo sé —respondí—. La señorita no se decide ni por las cosas más básicas.
Sofía me miró indignada.
—¿Disculpa?
—Todavía estamos discutiendo los colores de las paredes.
—¡Porque tú quieres un estilo ultra clásico aburrido!
Luciano levantó una ceja.
—¿Por qué pregunté?
Se giró inmediatamente para hablar con su madre y con Karen, dejándonos discutir.
Y nosotros… seguimos.
Discutimos en la camioneta.
Discutimos durante el camino.
Discutimos hasta llegar al restaurante.
Cuando entramos, Luciano negó con la cabeza.
—Solo la comida los calla.
Nos sentamos.
La conversación empezó a dividirse en pequeños grupos.
Mi tío estaba hablando con Sofía.
—El arte italiano del siglo XVIII es fascinante —decía.
Sofía lo escuchaba con interés.
—En Florencia hay colecciones privadas impresionantes.
Ambos hablaban con entusiasmo.
Mi tío realmente sabía mucho de arte.
Y Sofía también.
Me alegraba ver que se llevaban bien.
Pero…
El comentario que mi tío había hecho semanas atrás seguía en mi cabeza como un tatuaje recién hecho.
Incómodo.
Mi madre se inclinó hacia mí.
—Es bueno que se lleven bien.
La miré.
—Pero si tu tío sigue comportándose así…
Hizo una pausa.
—Ese amante del que tanto hablan ustedes podría terminar siendo él.
No respondí.
Pero el comentario me incomodó más de lo que esperaba.
Me levanté de la mesa y me acerqué a Luciano, que estaba sentado aparte revisando su teléfono.
—¿Karen tiene algún amante?
Luciano levantó la mirada.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Me senté frente a él.
—¿Y tú?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Tampoco.
Lo miré con curiosidad.
—¿Me estás diciendo que van a intentar tener un matrimonio normal?
Luciano se quedó pensativo unos segundos.
Luego suspiró.
—No sé qué tan normal pueda ser.
Guardó el teléfono.
—Pero tenemos que acostumbrarnos el uno al otro.
Se encogió de hombros con naturalidad.