Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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La caída anunciada
El trayecto de regreso a la empresa fue silencioso.
Sonia miraba por la ventana del auto, con la mente lejos, organizando cada paso que daría al día siguiente. Ya no había tiempo para errores.
A su lado, Rogelio conducía.
—Te veo preciosa…
Sonia no respondió.
Ni siquiera lo miró.
Solo se limitó a seguir observando la ciudad pasar frente a sus ojos.
Ese silencio…
Cuando llegaron a la empresa, Sonia bajó sin esperar a Rogelio. Caminó firme, fue directo hacia el interior del edificio, como si ya no existiera nada más alrededor.
Rogelio la observó alejarse.
Sintió algo incómodo por esa situación.
Como si estuviera perdiendo el control.
Mientras tanto…
Desde el segundo piso…
Alguien los había visto.
Paula.
Sus ojos estaban llenos de rabia.
Sus manos apretaban con fuerza la baranda.
—Maldita…
Ver a Sonia le resultaba insoportable.
Se dio la vuelta con brusquedad y caminó hacia su oficina.
Dentro…
Rogelio ya la esperaba.
—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó él con tono relajado.
Paula cerró la puerta con fuerza.
—Ya pagué.
Rogelio la miró.
—¿Qué?
—El dinero.
Se acercó a él con una sonrisa fría.
—A esos delincuentes.
Rogelio frunció el ceño.
—¿Estás segura de lo que hiciste?
Paula soltó una risa.
—Claro que sí.
Se cruzó de brazos.
—Ahora viene el golpe final.
Sus ojos brillaron con malicia.
—Rogelio… ahora te toca a ti.
El ambiente se volvió pesado.
—Pon en marcha el plan.
Rogelio dudó un segundo.
—Paula…
—Mañana —lo interrumpió— esta empresa estará destruida.
Se acercó más.
—Y la ruina de mi querida primita será total.
Rogelio tragó saliva.
—Esto ya se salió de control…
Paula lo miró con desprecio.
—No.
Negó lentamente.
—Esto apenas comienza.
Su sonrisa se volvió más oscura.
—Cuando Sonia vaya a la cárcel…
Sus ojos se endurecieron.
—Me encargaré de mis tíos.
Rogelio abrió los ojos.
—¿Qué?
Paula se inclinó un poco hacia él.
—Y luego…
Susurró:
—Le enviaré fotos de la muerte de sus papitos queridos.
Rogelio retrocedió un paso.
—Estás loca.
Paula soltó una carcajada.
—Y después…
Se llevó una mano al pecho.
—Cuando la vea llorar lágrimas de sangre…
Su voz bajó.
—Morirá.
Pausa.
—Porque vivirá un infierno en la cárcel.
Rogelio ya no sonreía.
Pero tampoco se fue.
Porque ahora…
Él también estaba demasiado metido.
En otra parte de la empresa…
Sonia estaba sentada frente a su escritorio.
Pero no estaba trabajando.
Su mirada estaba perdida.
Sus dedos descansaban sobre la mesa.
Pensativa.
Recordando.
—Esta vez…
Susurró para sí misma.
—No voy a morir.
Sus ojos se llenaron de nostalgia.
—No otra vez.
Cerró los ojos un instante.
Y luego respiró profundo.
—Quiero vivir.
—Quiero envejecer…
—Quiero hacerlo diferente.
Abrió los ojos.
Y volvió a la realidad.
Encendió la pantalla.
Y continuó trabajando.
Porque el tiempo se estaba acabando.
Minutos después…
—Señorita de la Vega.
Sonia levantó la mirada.
Era el secretario Márquez.
—Adelante.
Él entró con una carpeta en mano.
—Le leo su agenda para mañana.
Sonia asintió.
—Diga.
—A primera hora hay una reunión con los socios.
Sonia se tensó levemente.
—Continúe.
—Es un asunto importante relacionado con la empresa.
Sonia ya sabía.
—Eso es todo.
El secretario cerró la carpeta.
—¿Algo más?
Sonia negó.
—No.
—Entonces me retiro.
Se dio la vuelta.
Pero en el instante en que Sonia bajó la mirada…
El secretario sonrió.
Una sonrisa mal intencionada.
Y salió.
Sin hacer ruido.
La jornada terminó.
El edificio comenzó a vaciarse poco a poco.
Sonia recogió sus cosas con calma.
Pero por dentro…
Todo estaba en movimiento.
—Mañana…
Susurró.
—Será un día largo.
Muy largo.
Salió del edificio y salió en su auto.
Destino:
El hotel.
El lugar donde se encontraría con Santiago.
Cuando llegó…
Su corazón latió más rápido.
No por nervios.
Sino por expectativa.
Entró.
Subió.
Y cuando la puerta se abrió…
Ahí estaba él.
Santiago.
Impecable.
Seguro.
Y con esa mirada que parecía leerla sin esfuerzo.
Sonia no dijo nada.
Se acercó directamente.
Y lo besó.
Un beso intenso.
Santiago respondió con la misma fuerza.
Sus manos la sostuvieron, como si no quisiera soltarla.
Cuando se separaron…
Santiago la observó con atención.
—Mi pequeña traviesa…
Le acarició el rostro.
—¿Por qué esa carita?
Sus ojos se suavizaron.
—Tus ojitos no tiene ese brillo de alegría.
Sonia bajó un poco la mirada.
—Solo estoy cansada.
Pausa.
—Mañana…
Respiró hondo.
—Mañana se va a destapar todo.
Santiago la miró serio.
—¿Te preocupa?
Sonia asintió.
—Tengo miedo…
Levantó la mirada.
—Que mi padre se entere de la crisis.
Hubo un silencio.
Santiago la acercó a él.
—Tranquila.
—Yo te voy a apoyar.
Sonia cerró los ojos un instante.
—Sí…
Susurró.
—Te voy a necesitar.
Lo miró con sinceridad.
—Sabes…
Se permitió una pequeña sonrisa.
—Te conozco hace poco.
Pausa.
—Pero siento tranquilidad contigo.
—Seguridad.
Santiago no respondió de inmediato.
Solo la observó.
Sonia se separó un poco.
—Mira esto.
Sacó una USB de su bolso.
—Aquí hay una grabación.
Santiago la tomó.
—¿De qué?
—Escúchala.
Conectó el dispositivo.
El audio comenzó a reproducirse.
Y conforme avanzaba…
El rostro de Santiago cambió.
Seriedad.
Sorpresa.
Y luego…
Molestia.
—Esto…
Sonia asintió.
—Sí.
—El nivel de maldad…
Sonia bajó la mirada.
—No entiendo por qué odia tanto a mi familia.
Luego abrió otra carpeta.
—Y mira esto.
Archivos.
Transferencias.
Números.
—El desfalco.
Santiago observó todo en silencio.
—Esto es grave.
Sonia apretó los labios.
—La empresa está en la quiebra.
Pausa.
—Destruyeron el trabajo de mi padre.
Santiago la miró.
—No completamente.
Sonia levantó la vista.
—¿Qué propones?
Santiago cerró la laptop.
—Mañana vas a ir a la junta Santiago
—Sí.
—Y vas a llevar a la policía.
Sonia lo miró fijamente.
—¿Segura?
—Completamente.
Santiago continuó:
—Mañana esos responsables van a ser detenidos.
—Y ahí entro yo.
Sonia respiró profundo.
—Los socios no estarán felices.
—No.
—Pero con tu apoyo…
Lo miró con intensidad.
—Aceptarán.
Santiago asintió.
—Sí.
Se acercó a ella.
—Confía en mí.
Sonia lo hizo.
Sin dudar.
Santiago la besó suavemente.
—Tranquila…
—Mañana estaré ahí.
Sonia apoyó la frente en su pecho.
—Gracias.
El silencio se volvió tranquilo.
Distinto más íntimo y sentimental.
Santiago la miró.
—Esta noche…
—Solo vamos a descansar.
Sonia asintió.
—Sí.
—Lo necesito.
Se acomodaron.
Sin más palabras.
Sin más tensión.
Sonia sintió paz.
Cerró los ojos.
Y se quedó dormida.
Santiago la observó unos segundos más.
Como si quisiera memorizar ese momento.
Porque sabía algo.
Mañana…
Todo iba a cambiar para Sonia.
Y no habría vuelta atrás.