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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 5: Pequeños accidentes

Tres semanas después, ya había aprendido a usar la centralita sin transferir llamadas a países equivocados.

También había aprendido el nombre de casi todos los que pasaban por mi mesa: Encarna con su prisa crónica, los señores de traje que nunca sonreían, las secretarias de otros departamentos que me miraban con esa mezcla de curiosidad y desprecio que reservan para las recién llegadas.

Y había aprendido, sobre todo, que el señor Moncada aparecía donde menos lo esperabas.

La primera vez fue en la máquina de café.

Jueves, once de la mañana. Yo esperaba mi turno con el vaso en la mano, mirando el móvil sin mirarlo realmente, cuando una presencia a mi espalda me hizo girarme.

Él estaba ahí. Demasiado cerca.

—Señor Moncada.

—Irene.

No dijo "buenos días". No dijo "¿qué tal?". Solo mi nombre. Como si lo estuviera probando.

—¿Café? —pregunté por decir algo.

—Agua. Siempre agua.

Se movió hacia la máquina al mismo tiempo que yo. Nuestros brazos se rozaron. Un segundo. Nada.

—Disculpe.

—No pasa nada.

Pero sus ojos... esos ojos azul oscuro me miraron como si el roce hubiera sido a propósito. Como si todo fuera a propósito.

Sirvió su agua y se fue sin decir más.

Yo me quedé con el café en la mano, respirando hondo.

—Solo es el jefe —me dije—. Solo es el puto jefe.

La segunda vez fue en el ascensor.

Viernes, casi las nueve de la noche. Yo había salido tarde porque

Encarna me pidió que revisara unos archivos antes de irme. El edificio estaba vacío, las luces de la oficina apagadas, el silencio solo roto por el zumbido de los servidores.

Llamé al ascensor. Las puertas se abrieron.

Y él estaba dentro.

Solo. Apoyado contra la pared del fondo, con la chaqueta desabrochada y el nudo de la corbata ligeramente flojo.

—Irene.

—Señor Moncada.

—Trabajando hasta tarde.

—Sí. Encarna me pidió...

—Baja.

No era una orden. Era una constatación. Bajaba. Conmigo.

Entré. Las puertas se cerraron.

El ascensor se movió en silencio durante tres segundos. Luego se paró.

Un tirón. Luces parpadeantes. Y oscuridad.

—Mierda —dije sin pensar.

—No se preocupe. Son frecuentes los cortes. En un minuto vuelve.

Su voz sonaba tranquila. Demasiado tranquila. Como si estuviera en su salón.

La luz de emergencia se encendió, tenue, amarillenta. Ahora podía verlo: recortado contra la pared, los brazos cruzados, mirándome.

—Siéntese en el suelo —dijo—. Es más cómodo.

—Estoy bien.

—Como quiera.

Pasaron treinta segundos. Un minuto. El ascensor no se movía.

—¿Siempre trabaja hasta tan tarde? —preguntó.

—No. Hoy fue especial.

—¿Y qué hace cuando no trabaja?

—Vivir.

Sonrió. En la penumbra, su sonrisa parecía más humana. O más peligrosa, no lo sabía.

—Vivir es impreciso —dijo—. ¿A qué se dedica cuando vive?

—A nada interesante.

—No se crea.

El ascensor dio un tirón. Las luces volvieron. El número de los pisos empezó a bajar: 25, 24, 23...

—Irene.

—¿Sí?

—Me gusta su nombre.

Las puertas se abrieron en la planta baja. Él no se movió.

—Después de usted.

Salí. Mis piernas temblaban ligeramente. Cuando miré atrás, él seguía dentro, mirándome.

—Hasta mañana —dijo.

Las puertas se cerraron.

Llamé a Laura en el taxi de vuelta a casa.

—Me pasa algo raro con mi jefe.

—¿Te ha hecho algo?

—No. Es... no sé. Me mira mucho.

—¿Cómo te mira?

—Como si... no sé. Como si me conociera.

—¿Y no te conoce?

—No. Bueno, sí, soy su empleada. Pero mira como si supiera algo de mí que yo no sé.

—¿Está bueno?

—Laura.

—Pregunto. Si está bueno y te mira así, igual solo quiere follar.

—No es eso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque... no sé. Porque cuando me mira, no parece que quiera follar. Parece que quiere otra cosa.

—¿El qué?

—Eso no lo sé.

Silencio al otro lado. Luego Laura, con su voz más seria:

—Ten cuidado, Irene. Los tíos ricos son raros. Y los tíos ricos que miran raro son más raros todavía.

—Lo sé.

—Pero si está bueno, me mandas foto.

La tercera vez fue en mi mesa.

Martes, hora de comer. Yo estaba revisando unos papeles con la cabeza baja cuando una sombra cayó sobre mi pantalla.

—¿Siempre come aquí?

Levanté la vista. Él. Otra vez.

—Suelo traer táper.

—Hoy no.

—¿Cómo?

—Hoy no ha traído. He preguntado en recepción.

Me quedé sin respiración. ¿Había preguntado en recepción si yo había traído comida?

—Venga —dijo—. Invito.

—No, no, de verdad, yo...

—No es una orden. Es una invitación. Bajo a comer solo todos los días. Me vendría bien compañía.

Su voz sonaba casi amable. Casi normal. Pero sus ojos... sus ojos

decían otra cosa.

—Un café —dije—. Puedo bajar a tomar un café.

—Acepto.

Comimos en una cafetería cerca de la torre. Bueno, él comió. Yo tomé un café con leche y una tostada que no me cabía en el estómago.

—¿Por qué arte? —preguntó en un momento.

—¿Cómo?

—Su currículum. Bellas Artes. ¿Por qué?

—Porque no sé hacer otra cosa.

—No se menosprecie.

—No me menosprecio. Es la verdad. Desde pequeña dibujaba. Luego estudié. Luego seguí dibujando.

—¿Y ahora?

—¿Ahora?

—¿Sigue dibujando?

Dudé. Siempre dudaba cuando alguien preguntaba.

—A veces.

—Mentira.

—Perdón.

—Mentira —repitió—. Usted dibuja siempre. Se le nota en las manos.

Miré mis manos. Manchas de pintura seca en las uñas, a pesar del quitaesmalte. Un resto de carboncillo entre los dedos.

—Da igual —dije—. No es importante.

—Todo lo que uno hace es importante.

Lo dijo con una convicción que me desarmó.

—¿Y usted? —pregunté—. ¿Por qué colecciona arte?

—Porque busco algo.

—¿El qué?

—A alguien.

Esperé que continuara. No lo hizo.

Esa noche, en el estudio, me senté frente al lienzo vacío.

Blanca saltó a mis rodillas. La acaricié distraídamente, mirando la tela blanca.

—Me pasa algo raro —le dije—. Y no sé qué es.

La gata ronroneó. Ella siempre sabía más que yo.

Empecé a dibujar. Sin pensar. Sin plan.

Cuando levanté la vista, había dibujado unos ojos.

Azul oscuro. Casi grises.

Los ojos de Marcos Moncada.

Los tapé con un trapo y me fui a dormir.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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