Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capítulo 8
Toda la familia están reunida. La atmósfera era no sutil. Altagracia toma su té con elegancia aristocrática, mientras Beatriz revisa unos papeles en una esquina y Henrique se mantiene de pie cerca de Elena, disimulando su complicidad de la familia. Alejandro sostiene la mano de Rubí con fuerza posesiva.
Las grandes puertas se abren con violencia que dan miedo. El detective Marcano entra escoltado por dos policías. Su rostro denota cansancio, rabia y una profunda náusea. No saluda a nadie. Camina directo al centro del salón.
—Se acabó el misterio del investigador privado que andaba contratando la familia —dice Marcano, clavando su mirada en Rubí—. Encontré a Cristina.
—¿Y dónde está esa mocosa insolente? —pregunta Elena, cruzándose de brazos—. Vino aquí a levantar calumnias contra mi hijo y contra mí. Espero que la haya echado del pueblo.
—Está en la morgue, señora Elena —suelta Marcano sin anestesia y sin aliento.
Un silencio sepulcral, paralizante, cae sobre la habitación. Elena da un paso atrás, palideciendo. Rubi se lleva una mano a la boca, perdiendo la compostura.
—¿Qué dices? —pregunta Alejandro, apretando los dientes—. ¿Qué le pasó?
—La encontraron en la tina de su departamento —continúa Marcano, avanzando hacia ellos con pasos lentos y pesados—. La ejecutaron con un sadismo que no había visto en toda mi carrera. Le cosieron los labios con hilo negro para que no hablara... y le clavaron clavos de hierro en las palmas de las manos y en los pies. Como a Cristo.
El ambiente se volvió más cálido. Elena suelta un grito audaz y se desploma en el sofá; Henrique intenta sostenerla pero se detiene como si entendiera la maldición de la familia. Beatriz suelta los documentos contables, que se esparcen por el suelo.
Altagracia se pone de pie, apoyándose con fuerza en su bastón de oro, mirando fijamente a Marcano.
—Eso no es un asesinato, detective... —dice Altagracia, con la voz temblando por la indignación—. Eso es un mensaje condudente. Y claro.
—Es un aviso —corrige Marcano, girándose bruscamente hacia Rubí—. Cristina prometió hundirte, Rubí. Y veinticuatro horas después, aparece cosida y crucificada. ¿Me vas a decir otra vez que estabas rezando?
Rubí ni siquiera parpadea, pero una lágrima solitaria corre por su mejilla. Su rostro refleja un vacío absoluto, el momento de saber que la muerte la persigue como una sombra.
—Yo no quería esto, Marcano... —susurra Rubí, con una voz humana, rota por el dolor—. Quienquiera que esté haciendo esto, no me está protegiendo... me está maldiciendo.
Valeria está sentada en el suelo, deshojando margaritas con las manos. Samuel, el escolta, se acerca despacio, manteniendo una distancia prudente para no asustarla. Trae consigo un pequeño pañuelo limpio.
—Sé lo que dijeron allá adentro —dice Samuel con suavidad, agachándose a su lado—. Debe ser horrible escuchar tantas cosas de muertes.
Valeria lo mira. Sus ojos perturbados encuentran la mirada limpia y protectora del joven. Por primera vez, su respiración se ralentiza.
—Ella la cosió porque Cristina gritaba mucho —susurra Valeria, con un hilo de voz—. Pero el hombre... ese hombre martillaba los clavos. Yo escuché los golpes en mi cabeza, Samuel. ¡Pam! ¡Pam! Como cuando armaban los ataúdes en el sótano.
Samuel, conmovido y atrapado por el profundo romance y la compasión que empieza a sentir por ella, le toma la mano con delicadeza, cubriendo sus heridas con el pañuelo y su rostro.
—Yo te voy a cuidar, Valeria. Te lo prometo. Mientras yo esté aquí, nadie va a entrar a tu cuarto con ningún velo.
Valeria se apoya sutilmente en el hombro de Samuel, buscando un refugio en medio de su trauma psicológico aterrador.
Alejandro camina de un lado a otro como un león enjaulado. Rubí entra en silencio, vistiendo un camisón de seda negro. Alejandro se abalanza sobre ella, acorralándola contra la puerta con un beso pesado, desesperado, cargado del temor y la adrenalina de la muerte de Cristina.
—Nos tenemos que casar mañana mismo —le ruge Alejandro en los labios, desgarrándole el camisón con urgencia—. La policía te va a arrestar, Rubí. Marcano está armando el expediente. Si eres mi esposa, no pueden obligarme a declarar en tu contra entiendes.
—¿Me estás protegiendo a mí, Alejandro... o te estás protegiendo a ti? —responde Rubí, entregándose al momento violento, clavándole las uñas en los hombros mientras se entrelazan en la penumbra del despacho—. Sabes que Cristina buscaba las cuentas que tú manejabas.
—¡Me importa un coño el dinero! —grita Alejandro, poseyéndola con una pasión brutal que mezcla el miedo a la muerte con el deseo más puro—. Te amo, Rubí. Te amo tanto que me da asco lo que soy capaz de hacer por ti. Si tengo que confesar que yo maté a esos infelices para que tú quedes libre, lo haré.
Rubí lo abraza con fuerza, llorando en su cuello, atrapada en esa traición romántica donde el amor y la sospecha son la misma cosa.
Valeria camina a oscuras hacia la habitación de Samuel, pero se detiene al ver una silueta al fondo del corredor. Es la Mujer del Velo Negro, parada junto a la ventana, observando la tormenta. A su lado, el hombre del luto sostiene un largo cordón de seda negra, el mismo tipo de hilo con el que cosieron a Cristina.
Valeria se tapa la boca para no gritar. Intenta retroceder, pero tropieza con un jarrón que cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos.
Cuando levanta la mirada, las dos figuras ya no están en la ventana. En su lugar, sobre la alfombra húmeda por la frialdad que entra de la rendija, hay un clavo de hierro oxidado y una nota escrita con sangre:
"El próximo altar será para los idiotas."
Valeria cae de rodillas, temblando de terror, dándose cuenta de que el asesino sabe su secreto con Samuel y que el tiempo se les ha agotado a todos.
El silencio en el tocador de Rubí es pertunante. Con la respiración aún aguja tras el violento encuentro con Alejandro, ella se sienta frente al espejo ovalado de plata. Toma un cepillo de marfil y comienza a desenredar su largo cabello. La única iluminación proviene de un par de velas que parpadean con la brisa helada de la tormenta de la noche estrellada.
El sutil roce de un encaje espeso arrastrándose por la alfombra hace que Rubí detenga el cepillo en el aire. Sus ojos se clavan en el reflejo del espejo sin parpadear.
Detrás de ella, emergiendo de las sombras de las pesadas cortinas, aparece la Mujer del Velo Negro. No hay armas en sus manos, ni movimientos violentos. Su andar es pausado, casi flotante, como una visita de cortesía entre viejas conocidas.
Rubí se congela. El disimulando el tensión psicológico le oprime el pecho, pero su orgullo y dignidad le impiden gritar. Sostiene la mirada a través del espejo, viendo la imponente silueta de luto que tantas muertes ha sembrado.
—Viniste... —susurra Rubí, con la voz temblando sutilmente—. Viniste a terminar el trabajo. Viniste por mí.
La Mujer del Velo Negro se acerca un paso más, quedando justo detrás de la silla de Rubí. Con una lentitud tortuosa, la figura estira su mano enguantada en encaje negro, toma el cepillo de marfil de los dedos paralizados de Rubí y, con una delicadeza espeluznante, comienza a peinarle el cabello. El contraste entre la suavidad del gesto y el terror de sus crímenes es asfixiante y macabro.
—¿Por qué los matas? —pregunta Rubí, con lágrimas de pura impotencia acumulándose en sus ojos, mirando fijamente el velo que oculta el rostro de la asesina—. Santiago no tenía la culpa... Él me amaba de verdad. ¿Por qué me dejas sola?
La mujer del luto detiene el cepillo. Se inclina hacia el oído de Rubí. A través del espeso encaje, se escucha una respiración suave, femenina, que destila una calma perturbadora.
—No estás sola, Rubí... —susurra la Mujer del Velo con una voz pausada que eriza la piel—. Te estamos limpiando el camino. Las deudas del pasado se pagan con los hombres de tu presente. Él volvió... y tú vas a ser su reina, aunque tengas que reinar sobre cenizas y noche oscura.
En ese instante, una mano masculina, grande y paciente , aparece desde la penumbra del dosel de la cama. El cómplice misterioso, la pareja de la novia negra, se coloca al lado de la mujer. Con un gesto profundamente romántico y protector, rodea los hombros de la asesina con su brazo. Él deja sobre el tocador, justo al lado del joyero de Rubí, un antiguo relicario de plata abierto. Dentro del relicario hay una pintura en miniatura de la propia Rubí cuando era apenas una adolescente, manchada con una gota de sangre seca y escalofriante.
Rubí mira el objeto con el corazón latiéndole en la garganta. Ese relicario pertenecía a su primer esposo, el hombre cuya muerte originó toda la maldición.
—¿Quiénes son ustedes? —suplica Rubí, girándose bruscamente para encararlos de frente—. ¡Muéstrenme la cara!
Pero al darse la vuelta, la habitación está vacía. La puerta del balcón está cerrada con seguro por dentro. Las velas se apagan de golpe, dejando el cuarto en una oscuridad absoluta y en un silencio. Solo queda el aroma a sándalo y a cera quemada flotando en el aire, y el relicario de plata brillando bajo el relámpago que ilumina la ventana, dejando la intriga en su punto más alto: el asesino no odia a Rubí... la idolatra de una forma enfermiza y criminal.