Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 21
Al día siguiente, el Salón de los Estándares se llenó de nobles de varias casas. El rey, delicado de salud, descansaba en la recámara cercana, protegido por un equipo médico de confianza que nadie sabía si tenía o no un verdadero poder sanador. Zafiro entró en la sala junto a Ethan, el mar que parecía silbarnos y la promesa de un futuro que apenas lograban sostener sin romperse.
La luz de las lámparas caía suave sobre la escena, y el murmullo de la multitud dejó de ser una brasa para convertirse en un ruido de fondo. Zafiro habló con la autoridad de una mujer que ya había aprendido a sostener el peso de una casa y la esperanza de un reino entero sobre sus hombros.
—Honorable Consejo —dijo con voz clara, dejando que cada sílaba dejara una marca en las mentes de los presentes—. Hoy no vengo a pedir favores para una casa. Vengo a exigir verdad, porque la verdad es lo único que puede salvar a este reino de la cobija de las sombras que pretende envolverlo. Tenemos pruebas de una conspiración que involucra a Zoé Tyrell y a un consejero menor, Cristián de la casa Seaworth. Hay una carta, hay una firma, hay un vínculo con pasadizos secretos que conducen a piezas que no deben moverse sin la autoridad de la corona. Si alguien quiere sostener que esta es una intriga sin fundamento, que lo demuestre con hechos y no con palabras.
Zoé se levantó de su asiento, con su cabello recogido en una trenza que parecía haber sido tejida por las manos más expertas de la corte. Sus ojos, de un verde intenso, miraron a Zafiro con una mezcla de desafío y cautela.
—Señora Zafiro, no hay necesidad de alzar la voz para demostrar su verdad. El reino ya sabe que es una principiante que ha sido puesta en un lugar que no sabe sostener. Yo solo vine para recordarle qué es lo que está en juego. Si la corona cede ante la presión de quien se cree dueño de la lección, entonces estaremos ante un destino que nadie quiere repetir.
Ethan dio un paso adelante, su cuerpo imponente, su voz una roca sólida que no se movía ante nadie.
—Zoé, si quieres discutir con el consejo, discútalo en la sala adecuada. Pero si vienes a provocar una escaramuza para desestabilizar a Zafiro, te advierto que no te quedarás sin respuesta. Este no es un juego en el que puedas esconderte tras una máscara de fragilidad.
Zoé sonrió con esa mirada venenosa que parecía decir sin decir: "todavía no entiendes en qué mundo estás". Apreté la mandíbula, pero Zafiro se mantuvo firme.
La sesión continuó con el testimonio de los aprendices de Elías, que describieron el pasadizo secreto y la firma azul en la carta. Un mapa que mostraba las rutas subterráneas fue desplegado sobre la mesa, y la sala entera miró con asombro la red que parecía sostener el palacio desde las sombras.
En el clímax de la sesión, Liam tomó la palabra. Su voz, siempre potente, tenía un matiz que demostró cuánta rabia contenía y cuánta paciencia había aprendido a canalizar.
—Si hay un traidor entre nosotros, no será Zoe Tyrell ni Cristián Seaworth quien lo señalará primero. Seré yo, con la ayuda de mi hermana y de aquellos que han jurado proteger a este reino. Daremos la bienvenida a la verdad, por dura que sea. Pero que nadie olvide: cualquier intento de dañar a Zafiro o a la corona caerá sobre quien lo haya planeado como una marca de traición.
La atmósfera en la sala cambió. Un silencio pesado se instaló, y el murmullo de la multitud se convirtió en un murmullo de aprobación que parecía nacer desde las entrañas del palacio.
Cuando la sesión terminó, la presencia de Zoé Tyrell dejó a muchos con la impresión de haber visto una tormenta pasar sin tocar directamente. Pero Zafiro sabía que las tormentas no suelen presentarse en su forma más críptica; llegan envueltas en palabras, promesas y dobles intenciones. Zoé se retiró con la dignidad de una dama bien entrenada, dejando una sonrisa cortante a la vista de Zafiro.
Esa noche, de vuelta en sus aposentos, Zafiro encontró a Ethan esperando junto a la puerta, como un guardián que no se aparta ni un instante de su postura de vigía.
—¿Qué te han contado? —preguntó ella, acercándose con la certeza de quien sabe que no hay marcha atrás.
—Que la gente está viendo a la corona como un faro que no debe apagarse, pero que las sombras siguen moviéndose entre las paredes—respondió Ethan, tomando su mano—. Zoé dejó claro que no cederán sin una pelea. Cristián podría ser más peligroso de lo que creíamos; su lealtad parece flexible como la propia niebla que sube desde el río.
Zafiro apretó la mano de Ethan con ternura y furia a la vez.
—Entonces debemos darles una razón para no quebrarse, para no abandonar el barco en medio de la tormenta. No basta con mostrar pruebas; debemos convertir esas pruebas en acciones que demuestren que la corona está bajo un mando que puede proteger a los que la rodean.
Ethan acercó su frente a la de ella, cerrando los ojos un instante para domar el frenesí que se agitaba dentro de él.
—¿Qué tienes en mente?
—Una red de seguridad para el reino —explicó ella, con una claridad que sorprendió a su propia voz—. Un plan para sellar cada pasaje secreto que pueda usarse para mover piezas sin autorización. Un juramento público de alianza entre Lancaster, Lawrence y Tyrell, y un compromiso secreto con las otras casas que comparten el borde norte. Y, sobre todo, una reunión de emergencia del consejo para discutir la sucesión en caso de la muerte del Rey. Pero esta vez, con pruebas claras de quién maneja cada cuerda.
El rostro de Ethan se iluminó con una sonrisa que parecía un rayo de luna.
—Si vas a mover estas piezas, quiero ser el que te cubra la espalda, Zafiro. No quiero que nadie te vea como una simple pieza de ajedrez. Quiero que te vea como una mujer que puede gobernar este reino con o sin mi ayuda.
Ella inclinó la cabeza, aceptando el elogio con una dosis de humildad que no era habitual en la Zafiro que conocían. Pero ahora era diferente; sabía que la grandeza no se trataba de ostentación, sino de sacrificar cosas para que el reino respirara con libertad.
—No te voy a dejar morir por este tablero —dijo—, pero sí voy a jugar con las reglas de la casa Lancaster. Si alguien quiere apostar contra nosotros, que traiga la prueba. Y si no la trae, que se retire del juego.
La respiración de ambos se encontró en ese silencio compartido, cargado de promesas y de la promesa de un mañana incierto. Zafiro sabía que Zoé, Cristián y tal vez otros, no eran rivales simples; eran piezas escalonadas en un tablero de poder que apenas estaba comenzando a revelar su forma.