En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
—Espera —susurró—. Hay alguien.
Jimena se pegó a la pared, el cuchillo ya en la mano. Iván admiró su rapidez; no había dudado un segundo. Juntos observaron hacia donde él señalaba.
Al inicio pensafon que eran dos, pero tres figuras emergieron de entre las naves industriales. Llevaban trapos amarillos atados a la cintura, la señal de los del polígono. Parecían desorientados, como si no supieran bien dónde estaban. Uno cojeaba, apoyándose en un palo; otro miraba constantemente hacia atrás.
—Son los del polígono —susurró Iván—. ¿Qué hacen aquí? Esto está lejos de su territorio.
—¿Hay algún problema entre nosotros? —preguntó Jimena en voz baja.
—Hay una tregua, pero es frágil. Ulises, su líder, no se fía de Mateo. Dicen que es demasiado autoritario, por su parte, Mateo dice que Ulises es un déspota que se cree rey de las ruinas.
—¿Y tú qué crees? -preguntó- Ya lo has visto.
Iván dudó, era una pregunta peligrosa, pero algo en la forma de Jimena le hacía querer responder con honestidad.
—Creo que los dos tienen razón, los dos están equivocados. Mateo es duro, pero nos ha mantenido vivos. Ulises es orgulloso, pero su gente no pasa hambre. Si se unieran, serían imparables, pero no quieren.
—La gente es así —dijo Jimena, con un tono que Iván no supo interpretar—. Prefiere tener razón a estar a salvo.
Esperaron en silencio hasta que las figuras desaparecieron entre los edificios. Luego, Iván reanudó la marcha, pero ahora con más cautela. Jimena caminaba a su lado con el cuchillo aún visible, aunque no desenvainado.
—¿Crees que vendrán por nosotros? —preguntó ella.
—No lo sé, los Cazadores son el verdadero problema. Ellos no respetan treguas. Atacan a todos por igual. Mateo dice que algún día tendremos que enfrentarnos a ellos o nos aniquilarán uno por uno.
—¿Y tú qué piensas?
—Pienso que Mateo tiene razón, pero también pienso que ya hemos perdido a suficiente gente, no sé si estoy preparado para otra guerra.
Jimena no dijo nada, pero Iván sintió que su silencio era de comprensión, no de juicio. Era raro encontrar a alguien que no esperara de él más de lo que podía dar.
—¿Por qué te envió Mateo a buscarme? —preguntó Jimena de repente—. Él podría haber venido.
—Está ocupado con la defensa. Los Cazadores se mueven más cerca cada día. Y además… —Iván dudó—. Además, creo que quería que te conociera. Que supieras que no solo hay viejos y locos en el mercado. Que hay gente joven, gente que cree en lo que estamos haciendo.
—¿Y tú crees?
Iván se detuvo y la miró. Por un momento, la ciudad muerta a su alrededor pareció desvanecerse.
—Creo que si no creemos en algo, no nos queda nada. Solo sobrevivir. Y eso no es vivir.
Jimena lo miró largamente. Luego, con un gesto que Iván no esperaba, le sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.
—Eres más sabio de lo que pareces, Iván.
—No soy sabio. Solo he tenido mucho tiempo para pensar.
Reanudaron la marcha. Poco a poco, los edificios comenzaron a mostrar signos de vida: ventanas enteras, puertas reforzadas, ropa tendida. Y en el aire, un olor que Jimena no había percibido en años: olor a pan. Alguien, en algún lugar, estaba horneando.
—Ya casi llegamos —dijo Iván, con un tono de alivio—. El mercado está a dos calles. Pero antes tenemos que pasar el control.
Detrás, dos hombres armados con palos y cuchillos observaban su aproximación con atención. Uno de ellos, un hombre corpulento con el rostro marcado por la viruela, la examinó con desconfianza. Era Darío, Iván lo conocía bien. Nunca le había caído bien, pero Mateo confiaba en él, o al menos lo había hecho hasta ahora.
Darío la examinó de arriba abajo. Iván vio cómo sus ojos se posaban en los cuchillos de Jimena, en su postura firme, en su mirada que no bajaba la cabeza. Cruzó la barricada sin mirarlo, Iván la siguió, sintiendo el peso de la mirada de Darío en la nuca.
Y entonces Jimena se detuvo.
Iván la observó mientras ella contemplaba el mercado. Sabía lo que estaba viendo: las chabolas de madera y lona, los huertos en macetas, la plaza central con el pozo, los niños correteando, las gallinas en su corral, la gente que trabajaba y hablaba y vivía. Para alguien que había pasado tres años sola, aquello debía ser abrumador.
Caminaron entre las casas, sintiendo las miradas de los curiosos. Iván conocía a casi todos, los fue nombrando en voz baja para Jimena: “esa es Elena, la que cuida el huerto; ese es Pedro, el herrero; esos son los gemelos, siempre están peleándose”. Jimena asentía, pero Iván notaba que su atención estaba en otra parte, en los niños enfermos que la esperaban.
En el fondo del mercado, junto a la pared del supermercado, habían instalado la enfermería: toldos de lona que protegían del sol, colchonetas en el suelo. Una mujer pelirroja estaba arrodillada junto a los niños, pasándoles un trapo húmedo por la frente. Era Carmen, Iván la conocía bien. Había perdido a su marido en la primera ola y desde entonces se dedicaba a cuidar de los niños del mercado.
Iván se giró. Mateo estaba allí, apoyado en el marco de una puerta, con los brazos cruzados. Llevaba la ropa gastada de siempre, pero había algo en su expresión que Iván no había visto antes. Una mezcla de esperanza y temor, como si Jimena fuera su última carta.
Jimena se giró y lo miró. Iván observó cómo se evaluaban mutuamente, dos personas que habían visto demasiado y que se reconocían en el dolor del otro.
—¿Hiciste lo que tenías pendiente? —dijo él.
—Solo necesitaba despedirme de alguien importante
—Lo sé, después de todo, no ibas a abandonarlos sin previo aviso.
—Son personas que me necesitan, quizá nadie piense en ellos, pero yo sí.
Iván contuvo el aliento. Nadie hablaba así a Mateo, pero él no se inmutó. Dio un paso adelante, acercándose a ella.
—Eres muy sentimental como para comprender lo que conlleva realmente la supervivencia.
Jimena sostuvo su mirada. Iván sintió que el aire se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta.
—No puedo salvar a todos, pero puedo esforzarme por salvar a todos los que pueda, esforzarme por no dejar solos a aquellos que nadie quiere, aquellas personas por las que nadie está dispuesta a arriesgarse.
Mateo la miró, no estaba dispuesto a discutir, Jimena lo tenía claro, pero le molestaba el brillo en los ojos de Mateo al observarla.
—Entonces te dejo en paz para que trabajes —dijo, señalando los niños—. Ya lo dije, pero lo vuelvo a decir por si lo olvidaste, si necesitas algo, dímelo.
Jimena asintió y se giro hacia los niños. Iván se quedó un momento más, observando cómo Carmen le entregaba los trapos, cómo Mateo se quedaba en la puerta, mirándola trabajar. Luego, sintió que no debía estar allí. Había hecho lo que le habían pedido. Ahora solo quedaba esperar.
Salió al exterior y se sentó en un cajón de madera, cerca de la entrada de la enfermería. El cielo seguía gris, pero la lluvia había cesado. Cerró los ojos y dejó que el cansancio lo envolviera.
Dentro, oía la voz de Jimena dando órdenes, la respiración trabajosa de los niños, el silencio de Mateo y por primera vez en muchos días, sintió que quizás, solo quizás, las cosas podían mejorar.