Rin sabía que su matrimonio era una mentira, pero esa mentira dolía menos que la verdad.
Había caído en sus propias ilusiones, convenciéndose de que él también la amaba. Por eso había querido besarlo, por eso había aceptado cada gesto suyo: las sonrisas en público, los bailes en las fiestas, la forma en que siempre era atento y cortés. Había confundido cortesía con amor.
Se había enamorado de un hombre que solo la veía como conveniencia. Lo supo la noche en que escuchó aquella llamada con Wil, su abogado y mejor amigo:
—El matrimonio me conviene. Me divorciaré de Rin cuando encuentre a la señora adecuada.
Las palabras la golpearon como un cuchillo. Desde entonces, cada aniversario, cada cena con vino y risas, era un recordatorio cruel. Y aun así, había disfrutado cada segundo aferrándose
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la última jugada
Calvin se mantuvo alejado de Rin después de la fiesta de compromiso de Wil. Había comprendido que no podía confiar en sí mismo cuando estaba cerca de ella.
Aquella noche no debió haber sucedido, lo sabía, pero escucharla decir que ya no era suya lo había desarmado. Descubrió que divorciarse de ella resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado.
En dos ocasiones, durante esa misma semana, se encontró conduciendo hacia la casa, solo para obligarse a dar la vuelta antes de llegar. Una vez incluso llamó a Wil para salir a beber, necesitando con urgencia distraerse de sus propios pensamientos. Seis semanas podían ser una eternidad.
Lo que más lo atormentaba era el recuerdo de la escalera. Ella estaba molesta, tanto que ni siquiera pudo mirarlo. Recordaba cuando, de vez en cuando, Rin se quedaba observándolo en la cama, pensando que él dormía. A veces fingía ignorarlo, otras le decía con suavidad que descansara. Esa mirada había desaparecido; en su lugar quedaba el rechazo, la frialdad con que lo apartó aquella noche.
—Te dije que no lo hicieras así —le recriminó Wil, cuando Calvin le confesó lo ocurrido.
—Tenía que ser así —murmuró, observando el whisky en su vaso—. Necesito ir a la casa, pero no confío en mí mismo para hacerlo solo. Probablemente intentaría seducirla y llevarla a nuestra cama.
Wil se encogió de hombros.
—¿Y si ella está dispuesta?
—Ese es el problema —suspiró Calvin—. Probablemente lo estaría. Pero luego tendría que enfrentar esa mirada que me dio en la escalera, la forma en que me rechazó.
Hizo girar el vaso en su mano y bajó la voz:
—No estoy orgulloso, Wil. En tu fiesta de compromiso... tuve a mi esposa contra la pared de la escalera de emergencia. Dos veces.
El whisky ardió en su garganta cuando lo terminó de un trago. Golpeó el vaso contra la barra, pidiendo otro. El bar era exclusivo, siempre silencioso, perfecto para alguien que buscaba ocultarse de sí mismo. Luz tenue, música clásica de fondo y camareros atentos a un solo gesto.
Wil negó con la cabeza.
—Me preguntaba dónde te habías metido esa noche.
—Ella bajó por las escaleras. Yo tomé el ascensor y me quedé en el coche hasta que salió del edificio. Tardó más de una hora en hacerlo, y llevaba tacones. Creo que bajó veinte pisos caminando.
—Eso es una locura —murmuró Wil.
Intentó cambiar de tema:
—Anabell adoró el regalo, aunque ya sabes que tu nombre no estaba en la tarjeta.
—Lo sé —Calvin asintió con amargura—. Seguro lo escribió el mismo día.
—Te dije que estaba enfadada, pero no me escuchaste.
Calvin respiró hondo, dejando el vaso sobre la barra.
—Necesito ir a la casa. No puedo hacerlo solo, así que adivina quién viene conmigo.
—¿Tu abogado? —Wil sonrió de lado
—Quiero que la distraigas mientras recojo algunas cosas de la oficina y un par de trajes. Después me iré y no la molestaré hasta que tenga que llevarla al aeropuerto.
—¿De verdad no confías en ti mismo?
—No esperaba sentirme así —confesó en voz baja—. Esto es muy diferente.
🎀
A la mañana siguiente, vestido de manera impecable aunque sin excesos, cruzó el umbral de la casa en los acantilados. Rin estaba en el recibidor, arreglando flores en un gran jarrón. Lo miró apenas, con una calma distante, y luego fijó la vista en los lirios que acomodaba.
—Solo vengo a recoger algunos documentos de la oficina y unos trajes —explicó.
—De acuerdo —respondió ella, encogiéndose de hombros sin mirarlo otra vez.
Ese gesto lo golpeó más fuerte que cualquier palabra. Rin siempre había sonreído al verlo. Hoy, no.
Mientras subía a la habitación, escuchó a Wil intentar entablar conversación:
—A Anabell le encantó el regalo que le hiciste.
—Me alegro —respondió Rin, sin mucho interés.
—Me preguntaba cómo conoces a Marilyn Riddley. Nadie parece saber quién es, Anabell me dijo que usa un seudónimo.
—Fuimos a la universidad juntas. Por eso tengo todos sus libros —contestó Rin con naturalidad.
Calvin se detuvo un instante. ¿Todos sus libros? Nunca lo había sabido. Era otra parte de ella que desconocía.
En el tocador comprobó la verdad: allí estaban los ejemplares de Marilyn Riddley, y allí también, en el botiquín, encontró lo que buscaba.
El frasco de anticonceptivos. Lo tomó en la mano, sonrió apenas. Había dejado de usarlos el mismo día en que firmaron los papeles. Para él, aquello era una señal.
La devolvería a su lado. Ella lloraría, lo golpearía quizá, pero luego volvería a amarlo. Lo sabía. Lo amaba demasiado para no hacerlo. Y juntos tendrían ese hijo. Volverían de Italia felices, con un futuro asegurado. Solo debía resistir seis semanas.
Dejó el frasco donde ella solía guardarlo, recogió sus trajes y las carpetas, y bajó las escaleras. Rin ya no estaba, pero el jarrón lucía lleno de calas y orquídeas.
—Salió a caminar —explicó Wil, al ver su expresión—. Iba hacia el acantilado.
Calvin asintió. Sabía que ese era uno de sus lugares favoritos, donde ella había llevado un banco para sentarse y contemplar el mar. La brisa, decía, era lo que más la hacía sentir en paz.
Él la siguió con la mirada hasta verla a lo lejos, caminando despacio hacia el acantilado, como si nada más importara.