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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La fiesta de halloween

El espejo frente a mí devolvía el reflejo de una mujer que apenas reconocía.

No era la capitana.

No era la hija.

No era la soldado.

Era… otra cosa.

Una versión más peligrosa. Más libre. Más honesta.

El corsé de terciopelo negro abrazaba mi cintura con una firmeza casi incómoda, obligándome a mantener la postura recta. Los bordes de encaje rojo oscuro parecían dibujar líneas estratégicas sobre mi piel, insinuando más de lo que ocultaban. La falda corta se abría en un costado, dejando ver mis piernas cubiertas por medias de encaje que rozaban suavemente cada paso que daba.

La capa se deslizaba detrás de mí como una sombra viva.

El rubí en mi cuello brillaba.

Rojo.

Intenso.

Peligroso.

Como si supiera exactamente lo que representaba.

Me incliné un poco más hacia el espejo, terminando de delinear mis labios color vino. Lentamente. Con precisión.

Control.

Siempre control.

—Si Dereck te ve así, se desangra antes de medianoche —comentó Emma desde el baño.

Su tono fue ligero.

Pero mi mano se detuvo apenas.

Un segundo.

Solo uno.

—No vine para que me vea Dereck —respondí, retomando el movimiento con calma—. Vine porque necesito una noche sin pensar en él… ni en misiones… ni en heridas.

Emma salió del baño.

Y maldita sea.

Su traje de Catwoman era una declaración de guerra.

Ajustado, brillante, marcando cada curva con descaro.

Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos con una sonrisa ladeada.

—Entonces estás en el lugar equivocado, cariño —dijo divertida—. Esa ropa grita todo menos “tranquilidad”.

La miré de arriba abajo.

—Mírate tú primero.

Giró sobre sí misma con orgullo.

—¿Qué puedo decir? —se encogió de hombros—. Vine preparada para el caos.

—Eres una felina lista para cazar.

—Exactamente —guiñó un ojo—. Y tú… —me señaló lentamente— eres la cazadora que no perdona.

No pude evitar reír.

Y esa risa…

Se sintió extraña.

Ligera.

Libre.

Hacía demasiado tiempo que no salía así.

—Está bien —tomé la capa y me la acomodé—. Pero si alguien muere esta noche, no es mi culpa.

—Mentira —dijo Emma tomando las llaves—. Siempre es tu culpa.

La ciudad estaba viva.

Las luces naranjas, rojas y violetas pintaban las calles como si fueran parte de un espectáculo. Gente disfrazada caminaba entre risas, humo artificial y música que se filtraba desde cada esquina.

Desde el asiento del copiloto, apoyé la cabeza contra la ventana.

Observando.

Respirando.

Intentando… no pensar.

—Necesitábamos esto —dije al fin.

Emma no apartó la vista del camino.

—Sí —respondió—. Una noche para recordar que también estamos vivas… y no solo sobreviviendo.

No respondí.

Pero asentí.

Porque tenía razón.

Demasiada.

El club era un caos perfectamente organizado.

Luces rojas y azules cortaban la oscuridad, el suelo vibraba con la música y el aire estaba cargado de perfume, alcohol y deseo.

Cruzamos la entrada.

Y fue como entrar a otro mundo.

Cuerpos moviéndose.

Risas.

Miradas.

Manos que se rozaban.

Todo demasiado intenso.

—¿Buscamos mesa? —preguntó Emma.

No alcancé a responder.

—¿Y estas dos bellezas oscuras quién las dejó escapar?

Rodé los ojos antes de girarme.

—James…

El pirata sonrió como si hubiera encontrado un tesoro.

—Las dos más peligrosas de la noche —añadió Marco, apareciendo detrás.

—Eso ya lo sabías —respondí, dándole un abrazo corto.

—Siempre lo supe —replicó él.

—Vengan —dijo James—. Tenemos mesa VIP.

Emma me miró de reojo.

—Esto ya se está poniendo interesante.

—No empieces.

—Yo no soy el problema.

—Nunca lo eres, ¿verdad?

—Jamás.

Caminamos entre la multitud.

Y entonces…

Lo vi.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Dereck.

Ángel caído.

Sin camisa.

Las alas negras extendiéndose detrás de él como si fueran reales.

El pantalón de cuero marcando cada línea de su cuerpo.

Las cadenas.

La sombra oscura en sus ojos.

Y esa maldita mirada verde…

Fija en mí.

Siempre en mí.

El ruido desapareció.

Todo desapareció.

Solo quedamos nosotros.

Otra vez.

Sonrió.

Esa sonrisa arrogante.

Conocida.

Peligrosa.

Y mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera detenerlo.

—Capitana —dijo con voz grave.

—Coronel —respondí.

Mismo juego.

Misma distancia.

Misma mentira.

—No sabía que las vampiresas salían de caza en Halloween.

Di un paso más cerca.

Sin romper la mirada.

—Solo las que tienen hambre de sangre fresca.

Sus ojos brillaron.

Oscuros.

Interesados.

—Entonces debería tener cuidado.

—Deberías.

James se metió entre nosotros, riendo.

—Bueno, guarden las mordidas para más tarde.

Emma se sentó a mi lado.

—Esto se va a salir de control.

—Cállate —murmuré.

Pero ya era tarde.

Porque podía sentirlo.

Su mirada.

Recorriéndome.

Lenta.

Detallada.

Como si recordara cada centímetro de mi cuerpo.

Tomé una copa.

Bebí.

Necesitaba algo.

Cualquier cosa.

Que me distrajera.

Pero entonces…

Ella apareció.

Tamy.

Vestida de bruja.

Ajustada.

Segura.

Demasiado cómoda.

Se acercó a él sin dudar.

Su mano deslizándose por su hombro desnudo.

—¿Te ves listo para pecar esta noche, ángel caído?

Apreté el tallo de la copa.

Fuerte.

Demasiado fuerte.

—Tranquila —susurró Emma—. Respira.

—Estoy respirando.

—No parece.

—Estoy bien.

Mentira.

Maldita mentira.

Dereck no apartó la mirada de mí.

Ni siquiera cuando Tamy estaba tocándolo.

Y eso…

Eso fue peor.

Porque no sabía qué significaba.

Su expresión cambió apenas.

Algo más oscuro.

Más intenso.

Silencio.

Tensión.

Electricidad.

Emma soltó un suspiro exagerado.

—Dios… ustedes dos son insoportables.

James levantó su vaso.

—Por sobrevivir al infierno… y venir directo al otro.

—Salud —dijimos todos.

Chocamos copas.

La música subió.

La noche avanzó.

Pero nada cambió realmente.

Porque incluso entre las risas, el alcohol y el caos…

Yo podía sentirlo.

Su mirada.

Sus pasos acercándose cuando bailaba.

Su presencia detrás de mí sin tocarme.

Ese juego peligroso de proximidad.

Hasta que finalmente…

Su mano rozó la mía.

Apenas.

Como un accidente.

Pero no lo fue.

Lo miré.

Y él ya me estaba mirando.

—¿Bailas? —preguntó.

—No.

—Mientes.

—No contigo.

Sonrió.

Más cerca ahora.

Demasiado cerca.

—Entonces dime con quién.

Mi respiración se volvió irregular.

—Con nadie.

—Perfecto.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano tomó la mía.

Firme.

Caliente.

Y me jaló suavemente hacia la pista.

—Dereck…

—Solo una canción.

—No—

—Una.

Lo miré.

Ese maldito hombre.

Siempre encontrando la forma.

Suspiré.

—Solo una.

—Eso dijiste la última vez.

—Y fue un error.

—El mejor que cometiste.

No respondí.

Porque ya estábamos bailando.

Demasiado cerca.

Su mano en mi cintura.

La mía en su hombro.

Nuestros cuerpos moviéndose al ritmo de la música.

Lento.

Peligroso.

Como antes.

Siempre como antes.

—Sigues huyendo —murmuró cerca de mi oído.

—Y tú sigues persiguiendo.

—Algunas cosas valen la pena.

—No esta.

—Mientes.

Cerré los ojos un segundo.

Error.

Porque su voz…

Su cercanía…

Su olor…

Todo me arrastraba de vuelta.

—Esto no cambia nada —susurré.

—Nunca dije que lo hiciera.

—Entonces suéltame.

No lo hizo.

Al contrario.

Me acercó más.

—No quiero.

Abrí los ojos.

Lo miré.

Y ahí estaba.

Todo lo que intenté olvidar.

Todo lo que nunca se fue.

Y por un segundo…

Solo un segundo…

No fui la capitana.

No fui la soldado.

Fui Natalie.

La que aún lo recordaba.

La que aún…

lo sentía.

Y eso…

Era lo más peligroso de toda la noche.

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