hace 500 años "Kathall" sufrió tras la última guerra santa donde muchos murieron. En especial, Re'Xhuz el titan de la muerte quien fue derrotado por la primobestia "Fenixsera" pero algo de su esencia quedo vagando en el mundo. Esencia que se introduce en el cuerpo de una humana, siendo esta su cuna mientras se prepara para volver y así iniciar otra guerra santa.
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Capítulo 21: El Canto de la Baladista y el Sello de la Discordia
El aire sobre el Bosque Verdigris se ha vuelto pesado, saturado por una melodía que no se escucha con los oídos, sino con el alma. Mientras la tierra reclama sus deudas, el cielo empieza a fragmentarse por la insubordinación.
La Balada del Sueño Negro
En los límites del bosque, justo cuando Nerwel iba a ejecutar su sentencia, el aire comenzó a vibrar con unos cánticos ancestrales, una polifonía de voces que parecían venir del principio de los tiempos. El efecto fue instantáneo: Nerwel, con la flecha aún en la cuerda, sintió que sus párpados pesaban como el plomo. Sus tropas cayeron al suelo como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos. Incluso Clio, debilitado por las visiones previas, se desplomó al lado de Liria.
Calanthe, atrapada en los anillos de luz, apretó los dientes con odio. Ella conocía esa frecuencia. De una nube de humo negro que surgió de la nada, emergió Valtira, la Baladista, otra de las siete hermanas de Zalem. Su sola presencia irradiaba una melancolía letal.
Zildy, la única que permanecía consciente gracias a su linaje lunar, golpeó el suelo con su báculo, creando un domo de energía plateada que repelía las notas oscuras de la Baladista.
—Tu música no tiene poder bajo la luz de la Madre Luna, mujer de Zalem —desafió Zildy.
—Tu luna es solo un reflejo de una luz que yo vi nacer y morir, niña —respondió Valtira, alzando sus manos para tejer una nueva estrofa de combate.
El Rescate de la Roca
En las profundidades infectadas, Sanir saboreaba la agonía de Agatha. La deidad de barro y raíces se alzaba sobre la Tejedora, burlándose de su fragilidad, cuando un grito de guerra que hizo temblar las raíces mismas del bosque desgarró el silencio.
Un hacha de batalla, imbuida con la fuerza tectónica de las montañas, cruzó el aire y se incrustó en el pecho de la Bestia de Raíces, partiéndola en dos en una explosión de astillas y savia podrida. Sanir, sorprendida por la irrupción de una voluntad tan violenta, retrocedió con un siseo de rabia y se desvaneció entre el lodo, temiendo el poder del Rey de Arkon.
Baltazar irrumpió en el claro, barriendo los restos de la bestia de un manotazo. Al ver a Agatha desangrada y pálida, cayó de rodillas a su lado.
—¡No, Agatha! ¡Resiste! —rugió el gigante, usando sus manos curtidas para intentar contener la vida que se le escapaba a la mujer que amaba.
El Sello de Rupherius y el Regreso a Belandria
En alta mar, el Rey Cornelius despertó con una sensación de quemazón en la base del cráneo. Al tocarse el cuello, sus dedos palparon una marca rugosa: el Sello de Corinthius. Estarossa no lo había liberado por piedad, sino que había encarcelado la esencia de Rupherius dentro del cuerpo del rey, convirtiéndolo en una prisión viviente. El sello mantenía a la entidad dormida, pero Cornelius podía sentir el frío del vacío latiendo bajo su piel.
Mientras tanto, en la capital de Belandria, el ambiente era de luto. Marcuz llegó a las puertas del palacio, herido y con el estandarte de la Rosa de Hierro hecho jirones. Fue recibido por su cuñada, Fedriza, y sus sobrinos. El silencio de la reina fue roto por el llanto cuando Marcuz relató la caída de Alejandría y la desaparición de Lucius. La noticia de que Cornelius aún no regresaba aumentó la desesperación en la corte.
La Rebelión de Judasel
En las alturas del Monte Elysium, la paz era solo una fachada. Judasel, el Sagrado, no podía aceptar que Estarossa hubiera permitido que la esencia de Rupherius caminara libre por Cendolia. Para él, el equilibrio se mantenía con la erradicación, no con la contención.
Sin pedir permiso y desafiando el mandato directo del Gran Serifir, Judasel desplegó sus seis alas doradas y se lanzó al vacío, descendiendo hacia el mundo mortal. No iba como un diplomático, sino como un verdugo, decidido a encontrar a Cornelius y a la niña Liria para terminar lo que Estarossa se negó a hacer.