Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 8: Arena y Ceniza
Amara apretaba la pequeña caracola contra su pecho, sintiendo sus bordes irregulares como una promesa de libertad. Pero la puerta de la suite se abrió con un estruendo antes de que pudiera ocultarla bajo la almohada. Maximilian no se había ido; había estado esperando al otro lado, alimentando una sospecha que le quemaba las entrañas.
—¿Qué tienes ahí? —su voz era un látigo de baja frecuencia.
—Nada que te importe —respondió Amara, tratando de levantarse, pero él fue más rápido.
Maximilian la tomó por las muñecas con una fuerza que no admitía réplica. Sus manos grandes rodearon sus brazos como grilletes de carne y hueso. Con un movimiento brusco, obligó a Amara a abrir el puño. La caracola blanca cayó sobre la alfombra de seda, luciendo pequeña y frágil frente a la bota de cuero de Maximilian.
Él soltó una carcajada amarga, una que erizó la piel de Amara.
—Una caracola de mar… en mitad de mi desierto de cristal. ¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que no sé que ese muerto de hambre sigue enviándote baratijas?
—¡Es lo único real que me queda! —gritó ella, desafiándolo con los ojos llenos de lágrimas—. Tú tienes el oro, pero él tiene mi corazón.
La furia de Maximilian estalló. Con un movimiento rápido, aplastó la caracola bajo su bota, reduciéndola a un puñado de polvo blanco y ceniza. Amara soltó un grito de dolor, como si él hubiera triturado sus propios huesos.
—Tu corazón me pertenece por contrato, por ley y por sangre —sentenció él, su rostro a milímetros del de ella, destilando una posesividad oscura—. No esperaremos a mañana. Nos vamos ahora mismo.
Sin darle tiempo a empacar, Maximilian la arrastró fuera de la suite. El trayecto hacia el helipuerto fue un torbellino de guardias apartándose y el rugido de las turbinas cortando el aire de Neo-Luxor. Minutos después, volaban sobre la Ciudad del Sol, viendo cómo las luces doradas se desvanecían para dar paso a la inmensidad negra del desierto.
El "Retiro de la Duna" no era una casa, sino una fortaleza de cristal y piedra integrada en la montaña de arena. Al aterrizar, el silencio del desierto los envolvió como una mortaja. El calor residual del día golpeaba el rostro de Amara mientras Maximilian la conducía hacia el interior de la villa, una estructura minimalista rodeada de nada más que dunas infinitas bajo una luna de plata.
—Aquí no hay empleados valientes, ni muelles, ni escapes —dijo Maximilian, soltándola en mitad del salón principal, cuyas paredes eran de puro cristal con vista a la nada—. Aquí solo estamos tú, yo y la verdad que te niegas a aceptar.
Amara se abrazó a sí misma, temblando a pesar del calor. El aislamiento era total. Maximilian se despojó de su túnica, quedando solo en pantalones de lino, revelando su torso tonificado y las cicatrices de un hombre que había peleado por cada gramo de su poder.
—Mírame, Amara —le ordenó, acercándose con una lentitud que la hizo retroceder hasta chocar contra el cristal—. En este desierto, yo soy el único sol que brilla. Y tarde o temprano, aprenderás a buscar mi calor por voluntad propia.
Ella lo miró con un vacío desolador.
—El sol en el desierto no da calor, Maximilian. Solo quema hasta que no queda nada más que huesos.
Maximilian no respondió. Se quedó allí, de pie en la penumbra, observando a su reina rota mientras el viento del desierto empezaba a aullar fuera, recordándoles que en esa soledad absoluta, ya no había máscaras que los protegieran.