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Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Entre la vida y la sombra

El mundo se volvió un eco distorsionado.

Gritos.

Zapatos corriendo.

Órdenes gritadas por radios.

Un pitido constante.

Todo a la vez.

Todo lejos.

Liam apenas escuchaba.

Lo único que podía sentir era el peso de Mía en sus brazos.

Su cuerpo pequeño.

Tembloroso.

Su sangre caliente empapándole la camisa.

—¡Abróchenle presión! ¡Vía abierta! —gritó uno de los paramédicos.

—¡Ella no respira bien! ¡Rápido! —gritó otro.

Las voces parecían llegar desde debajo del agua.

Liam no los miraba.

Solo la miraba a ella.

El rostro de Mía estaba pálido, demasiado pálido.

Sus labios entreabiertos.

Su respiración entrecortada como si cada inhalación fuera una guerra.

—Mía… —susurró él, sujetándole el rostro con las manos teñidas de rojo—.

No te duermas.

Mírame.

Por favor, mírame.

Los ojos de Mía se abrieron apenas un milímetro.

Ella lo vio.

Solo a él.

Con el corazón roto en sus ojos.

—Liam… —susurró, muy débil.

Él acercó su frente a la de ella.

—Estoy aquí.

No te me vayas.

No puedo perderte.

No ahora… no nunca…

Mía intentó sonreír.

Un gesto frágil, doloroso.

—No… te… voy a… dejar… —susurró.

Pero sus párpados cayeron.

Su mano se deslizó de la suya.

—¡NO! —rugió Liam, como si lo estuvieran arrancando por dentro—.

¡MÍA!

¡MI—A!

Los paramédicos lo apartaron con fuerza.

—¡Señor Vander! ¡Retroceda! ¡Tenemos que trabajar!

Él forcejeó.

—¡SUÉLTENME! ¡YO NO—!

Un guardia lo sujetó por detrás.

Liam gritó.

Luchó.

Se quebró.

—¡ES MIYA!

¡ES MÍA!

¡DÉJENME—!

Pero al fin, lo contuvieron.

Solo pudo ver cómo los paramédicos levantaban a Mía a la camilla, presionando su herida, conectando cables, poniendo una mascarilla de oxígeno.

—Presión bajando.

—Satura 80.

—¡Rápido, al quirófano!

Liam sintió sus piernas fallar.

Cayó de rodillas.

Sus manos temblaban.

Su voz no quería salir.

Pero finalmente, en un susurro ronco, dijo:

—Perdóname…

Por favor…

Quédate…

Mientras tanto, en el extremo del pasillo, el señor Vander observaba todo desde la sombra.

Sus ojos fríos.

Su rostro impasible.

Sus manos detrás de la espalda.

—Hijo… —murmuró, casi con ternura falsa—.

Siempre fuiste débil cuando se trata del amor.

Alguien apareció a su lado.

No fue Calder.

No fue Alexander.

Fue un hombre más delgado, traje oscuro, rostro afilado.

—Señor —susurró—, el hospital cerró las puertas. Hay cámaras bloqueadas. Pero la junta ya sabe que usted está aquí. ¿Qué hacemos?

El señor Vander respondió sin mirar.

—Dejemos que sufra.

Hoy aprendió que tocar lo que no le pertenece… tiene consecuencias.

El otro hombre lo observó.

—¿Y si ella vive?

El señor Vander sonrió apenas.

—Entonces habrá una segunda bala.

Y se marchó por la puerta trasera sin ser visto.

En el quirófano, Mía estaba conectada a máquinas que pitaban sin ritmo.

La herida era profunda.

La bala había rozado un órgano.

La hemorragia era grave.

Los doctores se movían rápido.

—Más luz.

—Necesito compresas.

—Presión cayendo.

—¡Rápido, rápido!

Pero Mía no estaba ahí.

No realmente.

En la oscuridad detrás de sus párpados, algo se movía.

Un eco.

Una voz.

Una silueta.

Un recuerdo.

No de la noche del vidrio.

Ese veneno ya lo conocía.

Este era diferente.

—Mía…

Una voz suave, cálida, herida.

Liam.

Pero no el Liam adulto, fuerte, roto.

Un Liam adolescente.

Mucho más joven.

Caminando hacia ella en un muelle, extendiendo una mano.

—¿Estás bien?

Ella no podía ver su rostro con claridad.

La imagen era borrosa.

Distorsionada por el tiempo.

—¿Quién… eres? —preguntó ella en su mente.

La silueta sonrió.

—Alguien que conociste antes…

…alguien que olvidaste.

Mía sintió el corazón acelerarse.

—¿De qué hablas?

Pero la imagen se desvaneció.

Y entonces, otra aparición tomó su lugar:

La casa de la familia Vander.

Ella frente a la puerta.

Él detrás de ella, tocando su hombro.

Susurros.

Su nombre dicho de otra forma.

Un “Mía” más íntimo.

Más viejo.

Más… familiar.

La voz en el sueño susurró:

“No era la primera vez que se encontraban.”

Y la imagen se apagó.

Afuera del quirófano, Liam caminaba en círculos.

Tenía las manos cubiertas de sangre seca.

La sangre de ella.

—Señor Vander —dijo Sophie, intentando calmarlo—, si no se sienta se va a desmayar.

—No me importa —respondió él, con la mirada perdida.

Sophie tragó saliva.

—No es tu culpa.

Liam levantó la mirada.

Había odio en sus ojos.

Y dolor.

Y algo que Sophie nunca había visto en él:

Promesa.

—Lo es —susurró Liam—.

Si yo no hubiera…

si ella no estuviera conmigo…

si yo no la hubiera llevado a ese mundo…

—Ella eligió quedarse —dijo Sophie.

—Porque me ama.

Sophie se quedó congelada.

Liam no se dio cuenta.

—Y yo también la amo —susurró él—.

La amo más de lo que sabía que se podía.

Y por eso la puse en la mira de mi padre.

Por eso ella está ahí adentro.

Se cubrió la cara con las manos.

—Si ella muere…

yo también muero, Sophie.

Sophie abrió los ojos con horror.

—Liam… no digas eso…

—Es verdad —susurró él.

No gritó.

No tembló.

Lo dijo con la calma de alguien que ya lo decidió.

—No sé quién era yo antes.

No sé quién seré mañana.

Pero sé una cosa:

Se puso de pie.

Firme.

Con la sombra de su padre todavía en la piel.

—Si mi padre intenta terminar lo que empezó…

o si Alexander se acerca a ella de nuevo…

Su voz se volvió hielo.

—Los voy a destruir a los dos.

La puerta del quirófano se abrió.

Una doctora salió.

Con sangre en la bata.

Y la expresión que más temía.

Liam sintió cómo el alma se le salía del cuerpo.

—¿Mía…? —jadeó—.

¿Está viva?

La doctora respiró hondo.

Lo miró.

Y dijo:

—Ella… preguntó por ti antes de perder la conciencia.

Pero… la situación es crítica.

Inhaló.

—Estamos perdiéndola.*

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
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