Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
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La atmósfera del comedor se congeló.
Todas las voces previas —las burlas, las acusaciones, el llanto lastimero— se desvanecieron al instante cuando Zoe se puso de pie, clavando una mirada afilada en cada miembro de la familia, que ahora la observaba en silencio.
Alzó una ceja con calma gélida y habló con tono plano pero contundente:
—Lo repito una vez más. ¿Terminaron de hablar?
Nadie respondió.
Zoe continuó, la mirada puesta en Alicia, que aún interpretaba su papel de víctima con ojos llorosos.
—¿Yo lastimé a Alicia?
Su voz se volvió más fría.
—¿Yo le tiré la sopa? ¿Yo le grité? ¿Yo la molesté?
Todos los ojos se desviaron hacia Alicia.
La chica, pese a lucir como la agraviada, negó despacio con los labios temblorosos.
Zoe afiló más la mirada.
—Contéstame. ¿Yo te hice algo de eso?
—No… no… —susurró Alicia.
Zoe entrecerró los ojos, puntualizando cada palabra.
—Entonces ¿por qué lloras? Como si yo te hubiera herido, como si yo te hubiera bañado en sopa. Cuando fuiste tú la que fue torpe.
Alicia no pudo responder. No esperaba que Zoe reaccionara así. Normalmente, la otra Zoe habría explotado y la habría empujado.
Zoe levantó la mano izquierda, todavía enrojecida y algo ampollada por la sopa caliente.
—La que debería estar enojada soy yo. —Se señaló a sí misma—. A mí me cayó la sopa hirviendo. Mi mano es la que tiene ampollas. No la tuya.
Recorrió de nuevo a toda la familia con la mirada.
—¿Entonces por qué soy yo la que tiene que disculparse?
Silencio.
Ninguno fue capaz de contestar.
Zoe paseó la vista alrededor de la mesa, uno por uno. Gaspar agachó la cabeza; los gemelos se miraron con incomodidad; Álvaro solo la observó callado, sin expresión; y Cristina se veía incómoda pero no dijo nada.
—Si me callo… está mal.
—Si busco atención… está mal.
Zoe soltó una risa corta y amarga.
—¿Entonces qué quieren de mí, exactamente?
El silencio se hizo más profundo. Ni el tintineo de una cuchara se oía.
Zoe bajó la mirada hacia Alicia, que seguía fingiendo tristeza, y la observó con ojos afilados, neutros, cargados de presión.
—Si quieres hacer drama… —Zoe avanzó un paso hacia ella, obligando a Alicia a enderezarse—. No lo hagas conmigo.
—Porque estoy harta.
—Harta de gente que se hace la víctima.
—Harta de una familia que siempre está ciega y elige a dedo quién tiene la culpa.
Zoe los miró a todos una vez más, y luego habló con firmeza:
—A partir de hoy, no soy la Zoe que conocían.
—Y no me voy a doblegar más.
Sin esperar respuesta, Zoe tomó su lonchera de la mesa y salió del comedor con paso sereno, pese a que la palma de la mano aún le ardía.
Zoe se recargó en el asiento trasero del taxi que avanzaba despacio por las calles de la ciudad esa mañana. Una mano presionaba la vendita en la zona que todavía le quemaba por la sopa. Sus ojos miraban vacíos por la ventanilla.
A su lado, la lonchera con comida saludable descansaba dentro de su mochila. La había hecho para ella misma y nadie más.
—Ya no necesito nada de la familia Montero —murmuró, casi hablando consigo misma—. Ni chofer privado, ni auto de lujo, ni chofer chismoso.
Miró el tráfico que empezaba a espesarse.
—Familia absurda —suspiró—. Con razón la Zoe original siempre hacía desastres. Tratándola así…
Pero justo cuando iba a acomodarse mejor, el taxi frenó de golpe, empujándola hacia adelante.
—¿Eh? —Zoe frunció el ceño.
—¿Qué pasó, señor? —preguntó desde atrás, sorprendida.
El taxista, un hombre de mediana edad con gorra vieja y manos recias, la miró brevemente por el retrovisor.
—Disculpe, señorita. Parece que hubo un accidente adelante. Está todo parado.
Zoe se irguió y asomó la vista por el parabrisas. A lo lejos, cláxones sonaban sin parar. Varias personas estaban de pie en medio de la calle, nerviosas, amontonadas al borde de la banqueta.
Zoe revisó el reloj en su muñeca.
Aún tenía tiempo antes de que sonara la campana. Pero la curiosidad fue más fuerte que su pereza.
—Señor, me bajo aquí.
El taxista volteó rápido.
—¿Segura, señorita? Todavía falta bastante.
—No hay problema. —Zoe ya estaba abriendo la puerta y bajando antes de que el hombre pudiera detenerla.
El aire de la mañana la recibió, cálido y húmedo. El escándalo de la multitud se oía cada vez más claro. Zoe avanzó con calma, deslizándose entre los curiosos y los vehículos detenidos.
Algunos cuchicheaban:
—Dicen que chocó una moto con un carro.
—Hay un herido, pero no llega la ambulancia…
Zoe siguió caminando hasta que llegó al borde de la banqueta. Ahí, una moto yacía volcada, y un joven con uniforme escolar estaba sentado, recargado contra un poste de luz. El rostro pálido, la mano izquierda sangrando.
Le goteaba sangre de la sien y respiraba con dificultad. Por suerte, no era tan grave.
La gente solo se agolpaba alrededor; algunos grababan con el celular, pero nadie se acercaba de verdad.
Zoe arrugó el entrecejo.
—¿En serio? ¿Solo van a mirar?
Sin pensarlo dos veces, avanzó.
—Con permiso. ¿Qué, solo van a grabar? —espetó con brusquedad, abriéndose paso entre el gentío.
Zoe se agachó frente al joven. Le examinó las heridas del brazo y de la sien.
—Oye… ¿me escuchas?
El chico abrió los ojos despacio. La vista borrosa, pero alcanzó a distinguir la silueta de una chica con el mismo uniforme y una mirada fría pero resuelta.
—¿Quién eres? —murmuró débilmente.
Zoe no respondió. Solo abrió su mochila y sacó un botiquín de primeros auxilios que siempre cargaba, por costumbre.
—No soy nadie. Pero si nadie ayuda, pues ayudo yo.
Comenzó a limpiarle la herida y a vendarle el brazo ensangrentado con rapidez y destreza.
El alboroto alrededor del accidente empezó a calmarse. Algunos regresaron a sus autos, la multitud se dispersó al ver que el herido podía estar de pie y hablar.
Zoe terminó de vendarle el brazo, suspiró, se levantó y se sacudió las rodillas.
—La herida no es grave. —Voz plana, casi sin empatía—. Ven, te llevo al hospital.
El joven alzó la cara; pese a la palidez, sus ojos tenían un brillo penetrante. Era guapo, mandíbula marcada y el fleco algo revuelto por el accidente.
—No hace falta ir al hospital —dijo despacio—. Prefiero ir al colegio.
Zoe lo miró como si acabara de escuchar la cosa más estúpida de la mañana.
—¿Estás seguro?
El joven asintió.
—Seguro.
Zoe chasqueó la lengua.
—Bueno. —Giró sobre sus talones y se acercó a la moto, que seguía tirada al borde de la calle. Con agilidad, la levantó y la puso derecha.
—Ven, yo manejo tu moto.
El chico abrió los ojos de par en par.
—Espera… ¿qué?
—¿Vas a manejar mi moto?
Zoe lo miró impasible.
—¿Y?
—No me quiero morir hoy —respondió él, medio en pánico—. Ya estoy herido, no me agregues un trauma psicológico.
Zoe arqueó una ceja. Luego soltó un resoplido corto, como conteniendo una risa. Pero no por gracia, más bien por lo absurdo del drama que le parecía innecesario.
—Nadie se va a morir, idiota. —Lo miró con frialdad, ajustándose el casco—. Solo te llevo al colegio. No al más allá.
El joven la observó más largo esta vez, como evaluando algo en ella. Esa mirada no era superficial: estaba cargada de curiosidad.
—¿No te da miedo que te multen?
Zoe esbozó una sonrisa mínima. Gélida.
—Me da más miedo llegar tarde a clase.
El chico chasqueó la lengua, luego hizo una mueca de dolor al intentar pararse solo.
—Cuidado, no te muevas tanto. —Zoe le sostuvo el brazo—. Solo súbete y agárrate fuerte.
—¿Segura de que puedes manejar una moto tan grande?
—Preguntas demasiado —replicó Zoe cortante— para alguien a quien le estoy salvando el pellejo.
Finalmente, con algo de recelo, el joven se sentó atrás, y Zoe montó adelante. Con un movimiento firme, encendió el motor y aceleró suavemente.