TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 22
Después de otra cita con Cien Lu…
bajé del carruaje con varias bolsas en las manos.
Demasiadas.
Ni siquiera recordaba haber pedido tantas cosas.
Pero él…
simplemente las había comprado.
Todo lo que había mirado.
Todo lo que había deseado… incluso sin decirlo.
Mi corazón latía con fuerza mientras caminaba hacia mi habitación.
No podía dejar de pensar en él.
Ya no podía negarlo.
Tenemos una química increíble.
Incluso…
supera a la que tengo con mis otros esposos.
Con él me siento…
diferente.
Como si…
fuera mi otra mitad.
Ese pensamiento me hizo detenerme un segundo.
Demasiado intenso.
Demasiado… peligroso.
Al entrar a mi recamara, dejé las bolsas sobre la mesa.
Activé un sello en la habitación…
y liberé a los niños.
Naevira y Fenrael aparecieron en su forma humana casi al instante.
Sus ojos brillaron por un segundo…
esperanzados.
—¿Papá Cassian ya volvió?
Pero al no ver a Cassian…
sus expresiones se apagaron.
Hice un pequeño puchero, cruzándome de brazos.
—¿Acaso mamá no es suficiente para ustedes? —reclamé, en tono fingidamente dolido.
Ambos levantaron la vista de inmediato.
Y, sin dudarlo—
corrieron hacia mí.
—¡Mamá es la mejor!
—¡Mamá es suficiente!
Sonreí.
Y los abracé con fuerza.
El calor de sus pequeños cuerpos…
me ancló por un momento a la realidad.
Comencé a repartir los juguetes y bocadillos.
Pronto, los dos estaban entretenidos.
Jugando.
Riendo.
Ajeno a todo lo demás.
A todo lo que yo… estaba empezando a sentir.
Cuando se calmaron, volví a las bolsas.
La ropa ya había sido enviada directamente al ducado.
Así que lo que quedaba…
eran exquisitas joyas.
Maquillaje.
Perfumes originales.
Todo… excesivamente caro.
Demasiado.
Pero entonces…
algo llamó mi atención.
Una pequeña caja.
Negra.
Alargada.
—No recuerdo haber comprado esto…
La tomé entre mis manos.
Era ligera.
Pero…
extrañamente…
se sentía importante.
La abrí con cuidado.
Y dentro…
descansaba una horquilla.
A simple vista…
era sencilla.
Nada ostentosa.
Nada comparada con las otras joyas.
Pero aun así…
no pude apartar la mirada.
La tomé con delicadeza.
La madera oscura estaba finamente trabajada.
Curvada con elegancia natural.
Pero eran las flores de cerezo…
las que atrapaban la vista.
Demasiado perfectas.
Demasiado vivas.
En el centro…
un rubí rojo brillaba con intensidad.
Como un pequeño corazón latiendo.
Y del conjunto…
colgaban finas cadenas doradas.
Se movían suavemente…
como si respiraran.
Como si…
tuvieran vida propia.
No era solo hermosa.
Había algo en ella.
Algo que…
me llamaba.
Me atraía.
Me elegía.
Me encanta…
Es el mejor regalo que he recibido…
pensé, con una sonrisa que no pude contener.
Caminé hasta el espejo.
Recogí mi cabello en una coleta…
y coloqué la horquilla.
Encajó perfectamente.
Como si hubiera sido hecha…
solo para mí.
Me observé unos segundos más.
Era simple.
Discreta.
Y aun así…
me fascinaba.
Siempre me habían gustado las cosas menos ostentosas.
Pero esto…
esto era distinto.
Esa noche…
solo hubo un pensamiento en mi mente.
Me la pondré mañana…
para él.
Mis mejillas se calentaron de inmediato.
Avergonzada.
Nerviosa.
Y…
emocionada.
Sin darme cuenta…
ya estaba esperando volver a verlo.
......................
Pero había algo…
algo que Aelina no sabía.
Algo que jamás habría podido imaginar.
Porque esa horquilla…
no era, en absoluto, un accesorio sencillo.
La madera oscura que la formaba…
no provenía de ningún árbol común.
Era una rama del corazón mismo del Árbol del Mundo.
Un fragmento de su esencia.
Algo que otorgaba una protección absoluta.
Extrema.
Capaz de resistir incluso ataques de entidades divinas.
Las flores de cerezo…
no eran adornos.
Estaban vivas.
Eran flores de un cerezo divino… ya extinto.
Y cada pétalo…
respiraba energía.
Fluía.
Inagotable.
Al portarla…
la energía espiritual de Aelina jamás se agotaría.
Se regeneraría… una y otra vez.
Sin fin.
Las delicadas cadenas doradas…
tampoco eran lo que parecían.
No eran oro.
Eran fragmentos de posibilidad.
Hilos capaces de alterar el flujo del tiempo.
Pequeñas grietas en la realidad…
esperando ser utilizadas.
Y el rubí rojo…
ese pequeño corazón brillante en el centro de la flor…
no era desconocido.
Era el mismo que alguna vez descansó en su antiguo colgante.
Pero ahora…
ya no estaba limitado.
Ya no dependía de la muerte.
Para hacerla reencarnar.
Esta vez…
podía evitar su muerte directamente.
Negarla.
Borrarla… antes de que ocurriera.
Sin reencarnación.
Sin advertencia.
Sin precio visible.
Esa horquilla…
no era un regalo.
Era una anomalía.
Un poder que no debía existir en manos de nadie.
Cada uno de sus componentes…
era suficiente para alterar el destino de un mundo.
Y juntos…
la convertían en algo aún más aterrador.
Algo capaz de igualar o superar…
a un Dios antiguo.
Y Aelina…
sin saberlo…
la llevaba puesta.
Sonriendo.
Pensando únicamente…
en verlo otra vez.
......................
Al día siguiente, antes de nuestra cita nocturna…
decidí ir una hora antes al mercado.
Había escuchado que habría una feria de libros.
Nuevas novelas.
Historias por descubrir.
Y no pude resistirme.
.
.
.
Llevaba ya un rato recorriendo los puestos.
Pasando páginas.
Comprando uno que otro volumen.
Perdiéndome entre títulos…
cuando de repente—
una ráfaga de viento atravesó el lugar.
Violenta.
Anormal.
Los libros volaron.
Los puestos temblaron.
Incluso yo tuve que cubrirme.
Y entonces…
apareció.
Una grieta en el cielo.
Oscura.
Inestable.
Antinatural.
—¡Es una anomalía!
—¡Llamen a los guardias!
Los vampiros plebeyos comenzaron a gritar.
El mercado…
se volvió caos.
Y de esa grieta—
escaparon tres bestias demoníacas.
Los guardias intentaron contenerlas…
pero fallaron.
Gritos.
Empujones.
Desesperación.
No tuve tiempo de reaccionar—
cuando alguien tomó mi brazo.
Y me jaló hacia atrás.
Mi espalda chocó contra un pecho firme.
—No te muevas —susurró.
Cien Lu.
Pero su voz…
ya no era seductora.
Era peligrosa.
Levanté la mirada.
Sus ojos…
brillaban con un rojo más intenso.
Oscuro.
Letal.
Las bestias se acercaron—
pero se detuvieron en seco.
No avanzaron.
Porque lo sintieron.
El miedo.
El dominio.
El poder.
Retrocedieron.
Como si él…
fuera algo mucho peor que ellas.
Cien Lu me sostuvo con más fuerza.
Como si soltarme…
no fuera una opción.
—Mientras estés a mi lado… nada te lastimará.
Y no supe por qué…
pero le creí.
Las bestias huyeron.
El caos seguía…
pero para mí…
todo se había detenido.
Porque él seguía ahí.
Sosteniéndome.
Mirándome.
Demasiado cerca.
Su mano se deslizó suavemente hasta mi rostro.
Y entonces—
me besó.
Mi cuerpo se tensó al instante.
Pero esta vez…
no fue como antes.
No fue una ilusión.
No fue una imaginación mía.
Fue real.
Cálido.
Intenso.
Inevitable.
Mi corazón latía con fuerza.
Desordenado.
Confundido.
Pero…
no me aparté.
No quise hacerlo.
Y de repente—