Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAP 13 Traumas, Grompos sudorosos y un "visto" que se convirtió en "escribiendo"
El camino hacia las Colinas de Cristal no era un paseo por Chapultepec. De hecho, si tuviera que calificarlo en TripAdvisor, le daría media estrella y una reseña llena de insultos en mayúsculas. El terreno había pasado de ser un bosque místico y bonito a convertirse en un laberinto de raíces retorcidas, niebla espesa y una humedad que se te pegaba a la ropa como si el aire te estuviera lamiendo.
Llevábamos dos días caminando desde el último campamento, y mis botas de cuero, aunque mágicas y muy cómodas, ya empezaban a sentirse pesadas. Pero lo que más pesaba no era el equipaje, ni la espada Amaterasu en mi espalda, sino la lengua viperina de Ringo.
—¡Por los dioses antiguos, flan! —chilló el mono desde una rama, mirándome con desprecio absoluto—. Caminas con la gracia de un Grompo con indigestión. Escucho tus pisadas desde tres kilómetros atrás. Plof, plof, plof. Es el sonido de la debilidad.
Me detuve un segundo para recuperar el aliento, apoyándome en un tronco cubierto de musgo azul. Mi piel morena clara estaba cubierta de una capa fina de sudor y tierra.
—Ya bájale, Ringo —jadeé—. No es mi culpa que tus patas de alambre no carguen nada. Yo traigo el equipo, la espada y la responsabilidad moral de que no te coman.
—Un Grompo corre más rápido incluso cuando arrastra la panza llena de gases —siguió Ringo, ignorándome—. Deberías aprender de ellos. Al menos ellos explotan con dignidad cuando se asustan. Tú solo jadeas como perro asmático.
Briana se detuvo unos pasos más adelante. A diferencia de mí, que parecía un sobreviviente de un naufragio, ella se veía impoluta. Su cabello plateado brillaba incluso con la poca luz que filtraban los árboles, y su piel blanca parecía repeler la mugre por pura voluntad mágica.
—Déjalo en paz, Ringo —dijo ella con una sonrisa suave, acercándose para ofrecerme un poco de agua de su cantimplora—. Alejandro está adaptándose. Su cuerpo está cambiando. ¿No lo notas? Sus hombros son más anchos que cuando salimos de Villa Raíz.
—Siguen siendo hombros de gelatina —masculló el mono, aunque aceptó el trozo de fruta seca que Briana le lanzó.
Bebí el agua con desesperación.
—Gracias, Briana. Eres la única razón por la que no he convertido a este chango en una alfombra de baño.
Ella rió, y el sonido fue como un bálsamo para mis nervios.
—Estamos cerca de un asentamiento —dijo de repente, sus orejas puntiagudas moviéndose ligeramente—. Escucho... metal. Y voces. Pero no suenan felices.
Me puse en alerta, sintiendo el brazalete vibrar en mi muñeca.
—¿Amenaza?
—No estoy segura. Vamos a ver.
Avanzamos con cautela. El bosque se abrió paso hacia una hondonada rocosa. Abajo, incrustado en la pared de un acantilado de piedra gris, había un pueblo. Pero no era bonito como Villa Raíz. Eran chozas toscas hechas de piedra y barro, con chimeneas que escupían humo negro.
Era una aldea de Goblins de Cobre. Pequeños seres verdes, robustos y de narices largas, conocidos por ser mineros expertos y comerciantes tacaños.
Pero algo estaba mal. Había gritos, corridas y una nube de polvo que salía de la entrada principal de la mina.
—¡Ayuda! ¡Se ha roto el sello! —gritaba un goblin anciano que corría cojeando.
—¡El Devorador está dentro! —chillaba una goblin hembra, jalando a sus crías.
—Suena a trabajo para el Escuadrón Flanecitos —dijo Ringo, poniéndose en posición de combate sobre mi hombro—. ¿Vamos a cobrarles o lo hacemos por amor al arte?
—Lo hacemos porque somos los buenos, Ringo. Y porque tal vez tengan comida decente —respondí, desenfundando a Amaterasu. La hoja negra con filo de luz brilló, cortando la niebla.
Bajamos la pendiente corriendo (o rodando con estilo, en mi caso). Al llegar a la entrada de la mina, el caos era total. Varios goblins intentaban bloquear la entrada con vigas de madera, pero algo golpeaba desde adentro con una fuerza brutal. BUM. BUM.
—¡Atrás! —les grité, llegando con la espada en alto.
Los goblins se giraron, asustados. Al ver la espada brillante y a la elfa de plata, sus ojos se abrieron como platos.
—¡Un Caballero Solar! —exclamó uno—. ¡Y una Caminante de Plata!
—Algo así —dije, sintiéndome importante—. ¿Qué chingados está pasando ahí dentro?
El goblin anciano se acercó, temblando.
—Es la mina, señor. Cavamos demasiado profundo buscando vetas de cristal puro. Rompimos una pared que no debíamos. Salió una bestia... un Acechador de Ecos. Atrapó a varios mineros y a un comerciante que estaba de visita. Derrumbó la salida principal. Si no hacemos algo, se les acabará el aire... o la bestia se los comerá primero.
—Un Acechador de Ecos... —Briana se puso pálida—. Esas cosas son peligrosas, Alejandro. No tienen forma física estable. Se alimentan del sonido y del miedo. Y lo peor... imitan las voces de sus víctimas para atraerte.
Sentí un escalofrío. Eso sonaba a película de terror de las buenas.
—Pues entonces hay que callarle la boca —dije, tratando de sonar valiente—. Ringo, Briana, conmigo. Ustedes, goblins, busquen otra entrada o ventilen los ductos. ¡Vamos a entrar!
Entrar a una mina a punto de colapsar no estaba en mi lista de deseos de año nuevo, pero ahí estaba. La oscuridad era total.
—No veo ni madres —me quejé, tropezando con una riel.
—Usa tu espejo negro, flan —sugirió Ringo—. Ese que echa luz de día.
Saqué el celular. Activé la linterna. El haz de luz LED cortó la oscuridad como un cuchillo, revelando las paredes húmedas y brillantes por el cobre. Los goblins que se asomaron detrás soltaron un "Oooh" de admiración. Para ellos, esa luz blanca y perfecta era magia pura.
Avanzamos unos cien metros. El aire olía a azufre y a sangre vieja. De repente, escuchamos un sollozo.
—¿Mamá? —dijo una voz infantil que rebotó en las paredes—. Tengo miedo, mamá...
Briana se tensó y levantó su arco.
—No es real —susurró—. Es el Acechador.
—Suena muy real —dije, sintiendo que se me erizaban los pelos de la nuca.
Seguimos la voz hasta llegar a una cámara amplia. En el centro, atrapados bajo unas vigas caídas, había tres goblins inconscientes. Y en un rincón, hecho bolita y temblando, había un ser pequeño. No era un goblin. Era un elfo joven, casi un niño, con ropa de viaje rota.
Estaba tapándose los oídos, con los ojos cerrados, murmurando cosas ininteligibles.
Pero lo que flotaba sobre él era la pesadilla. Una masa de sombra y humo, con múltiples bocas que se abrían y cerraban desincronizadas.
—Tengo miedo... mamá... —repetía la bestia con la voz del niño.
—¡Hey, tú, bolsa de pedos sonora! —gritó Ringo, lanzando una piedra que le dio directo en una de las bocas.
La bestia giró. No tenía ojos, pero sentí su mirada.
—Carne... fresca... —susurró ahora con una voz que sonaba extrañamente parecida a la mía.
—¡Ahora! —grité.
La batalla fue un caos en la oscuridad. El Acechador se movía rápido, desvaneciéndose y apareciendo en otro lado. Briana disparaba flechas de luz que lo hacían chillar, pero se regeneraba.
—¡No tiene cuerpo sólido! —gritó Briana—. ¡Alejandro, usa a Amaterasu! ¡Necesita luz solar directa!
El bicho se lanzó contra el niño elfo.
—¡Ni madres! —Me interpusé en su camino.
La bestia chocó contra mi escudo de luz (gracias, brazalete) y me mandó a volar contra la pared. El golpe me sacó el aire, pero la adrenalina pudo más.
Me levanté. El Acechador venía por mí, abriendo una boca gigante llena de dientes de humo.
—¡Ringo, distracción! —ordené.
—¡A la orden, jefe flan! —Ringo empezó a correr en círculos alrededor de la bestia, gritando insultos a una velocidad y volumen impresionantes. El Acechador, que se guiaba por el sonido, se confundió, girando sus cabezas hacia el mono escandaloso.
Aproveché el momento. Cargué todo el Maná que pude en la espada. Sentí el calor en mi brazo, en mis tatuajes.
—¡Sonríe para la foto! —grité.
Di un salto (que en mi mente fue épico, aunque seguro me vi torpe) y clavé a Amaterasu en el centro de la masa negra, liberando una explosión de luz dorada.
La cueva se iluminó como si hubieran prendido el estadio Azteca. El Acechador soltó un alarido que hizo temblar el techo y se disolvió en polvo gris.
Caí de rodillas, jadeando.
—Odio... las cuevas... —murmuré.
Briana corrió hacia el niño elfo. Ringo fue a checar a los goblins.
—Están vivos —confirmó el mono—. Solo noqueados. Pero este chico...
Me acerqué. El niño elfo, de unos doce años equivalentes, seguía en shock. Tenía la mirada perdida, fija en la nada. No reaccionaba.
—Está en un bucle de trauma —dijo Briana, preocupada—. Su mente se quebró por el miedo. Vio al Acechador comerse a sus compañeros... o algo peor.
Me senté frente a él. Guardé la espada.
—Hey, carnalito —dije suavemente—. Ya pasó. El monstruo ya se fue. Lo hicimos polvo.
El niño no respondió. Seguía temblando.
Recordé lo que se sentía. Ese vacío en el estómago cuando tu mundo se cae. Cuando vi a Diana con el otro tipo. No era un monstruo de humo, pero se sintió igual de destructivo en ese momento. El miedo de quedarte solo, de no ser suficiente.
Saqué mi celular. Busqué algo. No un video de naturaleza, ni música electrónica. Busqué en mis archivos guardados. Tenía un video viejo, de una vez que me caí en una fiesta intentando bailar salsa y tiré la mesa del pastel.
—Mira —le puse el celular frente a la cara—. Sé que ahorita todo se ve negro. Sé que sientes que el miedo te está comiendo por dentro. A mí también me pasó. Hace poco sentí que mi vida se acababa porque la persona que yo quería me traicionó. Me sentí... pequeño. Como tú ahorita.
El niño parpadeó, atraído por la luz de la pantalla. En el video, yo me caía de nalgas sobre un pastel de tres leches. Se escuchaban las risas de mis amigos.
—Pero mira —señalé mi cara llena de merengue en el video—. Me levanté. Me limpié el pastel de la cola y seguí bailando. A veces la vida te tira pasteles... o monstruos de sombra. Pero no te puedes quedar tirado.
De repente, una risa se me escapó. No por el video, sino por el recuerdo. Recordé al "primo" del gimnasio. El tipo parecía un refrigerador marca Mabe. Cuadrado, blanco y sin cuello.
—Jajaja... no mames —me reí en voz baja—. Me cambiaron por un electrodoméstico.
El niño elfo me miró. Vio que me reía. Vio que no tenía miedo.
—¿Electro... méstico? —susurró con voz quebrada.
—Es una larga historia, chavo. Pero el punto es que el dolor pasa. Te juro que pasa. Y luego te ríes.
Le puse una mano en el hombro.
—Soy Alejandro. Y ese mono feo de allá es Ringo. Estás a salvo.
El niño soltó el aire que tenía contenido y se echó a llorar. Pero era un llanto de desahogo. Briana lo abrazó, mirándome por encima de la cabeza del chico con una expresión que me hizo sentir tres metros más alto. Sus ojos violetas brillaban con orgullo.
Sacamos a todos de la mina. Los goblins nos recibieron como héroes. Nos dieron un festín de estofado de hongos y cerveza de raíz (que estaba buenísima). El niño, que se llamaba Kaeris, ya estaba con su familia, todavía asustado pero hablando.
La noche cayó sobre la aldea de piedra. Nos dieron una cabaña para descansar. Ringo, harto de ser el héroe, se quedó dormido en una hamaca, roncando como un motor viejo.
Yo me senté afuera, en un banco de piedra, mirando las estrellas. Briana salió y se sentó a mi lado. Su cercanía ya no me ponía nervioso... bueno, sí, pero era un nerviosismo rico.
—Lo que hiciste allá adentro... con Kaeris —dijo ella suavemente—. Fue magia. Y no usaste la espada.
—A veces las palabras curan más que las pociones —dije, mirando mis manos—. Me di cuenta de algo, Briana. Llevaba días... semanas, cargando con el coraje de mi ex. De Diana. Sentía que me había arruinado la vida. Pero hoy, cuando se lo conté al niño... me dio risa. Me dio risa de verdad. Ya no duele. Solo es... una anécdota pendeja.
Briana me tomó la mano. Su piel blanca y suave contrastaba con la mía, morena y curtida por el sol y el entrenamiento.
—Eso significa que tu corazón está sanando, Alejandro. Estás dejando espacio para cosas nuevas.
Se inclinó hacia mí. Su perfume de jazmín me llenó los sentidos. Nuestros rostros estaban cerca, iluminados por la luz de las lunas y el resplandor de las forjas de los goblins.
—Cosas nuevas... —susurré, mirando sus labios.
Ella sonrió y me dio un beso suave en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. Fue eléctrico.
—Descansa, héroe. Mañana tenemos que cruzar el paso hacia las Colinas.
Se levantó y entró a la cabaña, dejándome con el corazón acelerado y una sonrisa de idiota.
—Chale... creo que ya valí —me dije a mí mismo.
En ese momento, mi celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La señal mágica estaba a tope, quizás potenciada por los cristales de la mina.
Había un mensaje nuevo.
De: Jefa (Mamá)
"Hijo, tu tía Chonita preguntó por ti en el pastel. Le dije que andas trabajando en el extranjero, para que no digan que andas de vago. Te extraño mucho. Ya sé que estás ocupado, pero si puedes, solo dime que sigues comiendo bien. Tu papá te manda saludos, dice que le eches ganas. Bendiciones, mijo."
Leí el mensaje tres veces. El nudo en la garganta regresó, pero esta vez no fue de tristeza, sino de pura nostalgia bonita. Recordé el video del pastel. Recordé el pozole.
Mis dedos temblaron sobre el teclado táctil. El sello del Sabio pareció ceder, como si entendiera que este momento era necesario para mi "fuerza vital".
Escribí.
Para: Jefa
"Jefa, estoy bien. Estoy comiendo cosas raras pero ricas. Trabajo mucho, es un proyecto... grande. Muy grande. Dile a mi papá que le estoy echando todas las ganas. Y a la tía Chonita dile que le debo el regalo. Los extraño un chingo. Pronto voy a regresar por ese pozole. Te quiero, ma."
Le di Enviar.
La barra de carga se movió lentamente.
Enviando...
Enviando...
Enviado.
Solté el aire. Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla, pero la limpié rápido con una sonrisa.
Miré hacia las Colinas de Cristal en el horizonte. Se veían imponentes, peligrosas. Pero yo ya no me sentía como el Godínez perdido. Me sentía como Alejandro. El que mata monstruos de sombra, el que hace reír a niños elfos, el que tiene una elfa guapísima y un mono sarcástico de equipo.
—Agárrense, pinches colinas —susurré, guardando el celular—. Porque ahí les va el Chilango. Y traigo hambre.