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12:la calma antes del anillo
Esa noche no hubo juegos. No hubo terciopelo blanco, ni cascabeles, ni órdenes susurradas contra la piel. Solo dos cuerpos en la cama king size del penthouse, cubiertos por una sábana ligera que olía a detergente caro y a ellos mismos.
Yougmin ya no temblaba. El terror que le había apretado el pecho durante esas horas en el almacén se había disipado como humo. No porque lo hubiera olvidado —eso no se olvida—, sino porque el cuerpo humano aprende a sobrevivir. Y él había sobrevivido. Ahora solo quedaba una fatiga profunda, como si hubiera corrido una maratón invisible.
Sauching lo abrazó desde atrás. No fue un abrazo posesivo como los de las noches anteriores. Fue firme, pero tranquilo. Un brazo alrededor de la cintura, el pecho pegado a su espalda, la barbilla apoyada en su hombro. Yougmin sintió el latido constante del corazón de Sauching contra su omóplato. Era rítmico, seguro. Como un metrónomo que le recordaba que seguía vivo.
No hablaron. No hacía falta.
Yougmin cerró los ojos y dejó que el calor del cuerpo más grande lo envolviera. Por primera vez en mucho tiempo durmió sin sueños. Solo oscuridad suave y el sonido lejano de la respiración de Sauching.
A la mañana siguiente, Yougmin se despertó primero. La luz entraba por las rendijas de las persianas automáticas. Se giró con cuidado para no despertarlo. Sauching dormía boca arriba, el brazo aún extendido donde había estado abrazándolo. El rostro relajado, sin la línea dura de siempre entre las cejas. Parecía más joven. Casi vulnerable.
Yougmin se levantó sin hacer ruido. Fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se miró en el espejo. Los moretones nuevos ya empezaban a amarillear en las costillas. Pero los ojos estaban claros. No había miedo allí. Solo una calma extraña, como si hubiera cruzado una línea invisible y ya no pudiera volver atrás.
Cuando salió, Sauching ya estaba despierto. Sentado en la cama, revisando el teléfono. Levantó la vista.
—¿Cómo te sientes?
Yougmin se encogió de hombros.
—Bien. Como si nada hubiera pasado.
Sauching lo observó unos segundos más. Luego asintió una vez.
—Bien.
No preguntó más. No necesitaba hacerlo.
Esa misma mañana, mientras Yougmin desayunaba en silencio, Sauching hizo una llamada corta en la terraza.
—Asigna a alguien. Discreto. 24/7. Que no lo vea nunca. Solo que esté ahí. Si algo pasa otra vez… mátalos antes de que respiren cerca de él.
Colgó. Volvió adentro como si nada.
Pasaron los días. La rutina volvió, pero con un matiz nuevo. Yougmin no salía solo al parque. No caminaba por las calles sin rumbo. Pero tampoco se sentía prisionero. Simplemente… protegido. De forma invisible.
Sauching seguía trabajando. Reuniones, viajes cortos a Kyoto y Osaka, cenas de negocios donde firmaba contratos que movían fortunas. Por las noches volvían los juegos, pero más suaves al principio. Toques que duraban más. Besos que no eran solo hambre. Yougmin respondía con la misma intensidad de siempre, pero ahora había algo diferente en la forma en que se entregaba: no era solo deseo. Era confianza absoluta.
Y Sauching lo notaba. Pero no lo mencionaba.
La boda se acercaba. El 8 de abril estaba a menos de tres semanas.
Una tarde, Yougmin estaba solo en el apartamento 3801. Se había mudado de nuevo allí temporalmente porque Sauching tenía visitas familiares en el penthouse principal. Estaba sentado en el sofá con las piernas cruzadas, hojeando una revista de sociedad que había llegado por correo esa mañana. No la había pedido. Simplemente estaba allí, como si el mundo quisiera recordarle algo.
En la portada: Sauching y Minji.
Él de traje negro, expresión serena y distante. Ella con un vestido blanco perla, sonrisa radiante, mano apoyada en su brazo como si le perteneciera. El titular en letras doradas:
*“La boda del año: Sauching Lee y Minji Takahashi sellan la unión de dos imperios. ¿El final feliz que todos esperaban?”*
Yougmin miró la foto durante largos segundos.
No sintió celos punzantes. No sintió culpa por ser el secreto. No sintió lástima por Minji, ni rabia hacia Sauching.
Solo pensó.
Pensó en el día en que Sauching se pusiera el esmoquin oficial. En el anillo que pondría en el dedo de otra persona. En las fotos que llenarían las revistas durante meses. En las noches después de la boda: ¿seguiría viniendo al apartamento 3801? ¿Seguiría llamándolo a medianoche con un mensaje seco? ¿O la esposa cambiaría todo?
¿Lo abandonaría?
¿O lo mantendría como amante eterno, escondido en las sombras de su vida perfecta?
Yougmin cerró la revista y la dejó sobre la mesa. Se levantó y caminó hasta el ventanal. Apoyó la frente contra el cristal frío. Abajo, Tokio seguía su ritmo incansable.
No sabía la respuesta.
Pero por primera vez, la pregunta le importaba.
No porque quisiera amor. No porque soñara con un final romántico.
Solo porque, después de todo lo que había pasado, ya no quería ser algo que se pudiera desechar cuando el contrato principal se firmara.
Quería saber si era reemplazable.
O si, en el fondo, Sauching también había empezado a sentir que esto —lo que fuera que tenían— ya no era solo un trato.
Se quedó allí, mirando la ciudad, hasta que el sol se puso y las luces de neón empezaron a encenderse.
Y esperó.
Como siempre.