Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: Las horas que ya no volvían
La noche no terminó realmente en ningún momento claro. No hubo un punto en el que Leonardo pudiera decir “esto se acabó” o “esto cambió”. Todo fue una continuidad extraña donde las horas pasaban, pero sin la sensación habitual de avance. Se quedó ahí, en esa casa que conocía desde siempre pero que ahora se sentía distinta, más silenciosa, más cargada, como si cada pared estuviera reteniendo algo que antes no estaba.
En algún momento alguien sugirió que descansara un poco, que no tenía sentido quedarse despierto si no podía hacer nada, pero Leonardo no se movió. No porque estuviera tomando una decisión firme de quedarse, sino porque levantarse e irse implicaba algo que no estaba dispuesto a enfrentar todavía. Irse significaba volver a la distancia, a ese lugar cómodo donde podía convencerse de que todo estaba bajo control. Y ahora ya no lo estaba.
Se quedó sentado cerca de Livia, escuchando su respiración irregular, mirando esos pequeños movimientos que antes habrían pasado desapercibidos. Cada gesto parecía importante ahora, como si su mente intentara registrar todo de golpe, recuperar en unas horas lo que había ignorado durante tanto tiempo. Había algo desesperado en eso, aunque no lo reconociera del todo.
Afuera, la noche siguió avanzando, pero dentro de la casa todo parecía suspendido. Su madre se movía de un lado a otro con esa energía contenida de quien intenta sostener una situación que se le escapa, la vecina volvía cada tanto para ver si hacía falta algo, y su tío permanecía en un segundo plano, sin intervenir demasiado, como si su presencia fuera más una obligación que una decisión. Leonardo observaba todo eso sin decir mucho, sintiendo que cada acción de los demás marcaba aún más su propia ausencia previa.
En un momento, el silencio se hizo más profundo. No porque no hubiera ruido, sino porque todos parecían hablar menos, moverse con más cuidado, como si cualquier sonido pudiera romper algo frágil. Leonardo levantó la vista y miró a Livia. Tenía los ojos cerrados, pero no parecía estar durmiendo del todo. Su respiración era lo único que marcaba un ritmo en ese espacio detenido.
—Abuela… —murmuró, más para sí mismo que para despertarla.
No hubo respuesta inmediata, pero después de unos segundos, ella abrió los ojos lentamente. Lo miró sin apuro, como si necesitara tiempo para enfocar, para reconocerlo.
—Seguís acá —dijo.
No fue una pregunta.
Fue una constatación.
Leonardo asintió apenas.
—Sí.
La palabra quedó ahí, simple, pero cargada de algo que no había estado antes. No era solo presencia física, era una forma distinta de estar, aunque todavía incompleta.
Livia lo miró unos segundos más, y en su expresión había algo difícil de definir. No era alivio, pero tampoco indiferencia. Era algo más cercano a una aceptación tranquila, como si ya no esperara cambios grandes, como si lo que había, fuera eso.
—No tenías que quedarte —dijo.
Otra vez esa frase.
Otra vez esa forma de quitarle peso a algo que para Leonardo empezaba a ser imposible de sostener sin sentirlo.
—Quería —respondió él, y esta vez no sonó automático.
Pero incluso mientras lo decía, sintió el peso de todo lo que esa palabra no alcanzaba a cubrir. Querer ahora no cambiaba el hecho de no haber querido antes, o de no haber actuado cuando ese querer todavía podía marcar una diferencia.
El silencio volvió, pero ya no era incómodo de la misma forma. Era más bien denso, como si estuviera lleno de cosas que ninguno terminaba de decir porque sabían que no había forma de decirlas bien.
Las horas siguieron pasando así, sin un quiebre claro. En algún momento, la luz de afuera empezó a cambiar, marcando el inicio del día de una forma que se sintió fuera de lugar. Leonardo se dio cuenta de que no había dormido, pero no le importó. El cansancio físico quedaba en segundo plano frente a esa otra sensación más pesada que no lo dejaba relajarse.
Su madre se acercó en silencio y le apoyó una mano en el hombro.
—Deberías descansar un poco —le dijo en voz baja.
Leonardo negó con la cabeza.
—Estoy bien.
No era verdad, pero tampoco importaba.
Ella no insistió. Solo asintió y se quedó unos segundos más, como si también entendiera que no se trataba de eso.
Cuando volvió a mirar a Livia, notó algo distinto. No era un cambio brusco, sino algo más sutil, pero suficiente para hacerlo tensarse. Había menos reacción en su mirada, menos respuesta en sus gestos. No era algo que pudiera señalar con precisión, pero lo sintió igual.
—Ma… —llamó, sin apartar la vista.
Su madre se acercó enseguida.
El ambiente cambió otra vez, pero esta vez de una forma más clara. Las conversaciones se volvieron más directas, las decisiones más rápidas. Ya no era solo acompañar, ahora había una urgencia distinta, más marcada. Leonardo se levantó, se movió, hizo lo que le indicaban, pero seguía con esa sensación de estar un paso atrás de todo, de estar reaccionando en lugar de anticiparse.
Mientras todo eso pasaba, hubo un momento breve, casi imperceptible, en el que se encontró otra vez a solas con Livia. Fue cuestión de segundos, tal vez menos, pero para él se sintió más largo. La miró, intentando encontrar algo que le diera una certeza distinta, algo que le dijera que todavía había margen, que todavía podía hacer algo más que estar ahí.
—Voy a quedarme —dijo, casi como una promesa.
No sabía si se la decía a ella o a sí mismo.
Livia no respondió de inmediato. Sus ojos parecían perderse un poco, como si le costara sostener la atención.
—Siempre estás… —murmuró, pero la frase quedó incompleta.
Leonardo sintió el golpe de esas palabras de una forma extraña. No porque fueran ciertas, sino porque sonaban como si lo fueran. Como si en su mente, en su forma de ver las cosas, él nunca hubiera dejado de estar del todo.
Y eso lo hizo peor.
Porque significaba que todo lo que había faltado, todo lo que no había hecho, no había sido reclamado de la forma que él esperaba. No había reproche claro, no había enojo. Solo esa forma de aceptar, de seguir, de no exigir.
Y eso no le daba alivio.
Le daba peso.
El resto de la mañana empezó a tomar forma alrededor de decisiones que ya no podían esperar. Leonardo participó, ayudó, se movió, pero dentro suyo había algo que no cambiaba: la sensación de que todo eso llegaba tarde, de que cada gesto presente estaba marcado por la ausencia pasada.
Mucho tiempo después, cuando intentara ordenar esos recuerdos, no podría separar claramente qué pasó primero y qué después. Todo se mezclaría en una misma sensación continua, la de haber estado ahí, pero no de la forma en que debería haber estado desde el principio.
Y entre todas esas horas que se le superponían en la memoria, había algo que se mantenía constante, algo que no cambiaba aunque el resto se volviera borroso: la certeza de que el tiempo no se había detenido para esperarlo, de que cada día que dejó pasar no estaba guardado en algún lugar para recuperarlo después.
Simplemente se había ido.
Y ahora, aunque estuviera ahí, aunque intentara hacer lo correcto, esas horas ya no volvían.