Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 19: Donde nos rozamos
.No ocurrió de la forma que había imaginado.
No hubo preparación, ni un instante previo en el que pudiera anticiparlo. Ningún gesto deliberado que anunciara lo que estaba por pasar. Fue algo pequeño, casi insignificante para cualquiera que no estuviera atento… y, sin embargo, lo sentí con una claridad que me dejó sin aliento.
Estábamos en la galería baja, donde la luz entraba filtrada por ventanales altos y el aire conservaba un frescor constante. Los libros antiguos ocupaban la mesa central, abiertos en abanico, con páginas amarillentas que olían a polvo y a tiempo. Él sostenía uno entre las manos, concentrado, siguiendo las líneas con una atención tranquila que me resultaba familiar.
Me incliné un poco para ver mejor el texto.
Fue entonces cuando ocurrió.
Su mano se movió apenas…
y rozó la mía.
No fue un contacto firme. No fue deliberado. Apenas un roce leve de dedos, tan breve que podría haber pasado desapercibido si no hubiera estado tan consciente de cada estímulo desde hacía días.
Mi cuerpo no lo dejó.
El calor se extendió de inmediato, lento pero profundo, como una corriente que me recorrió desde la piel hasta el pecho. No fue un sobresalto violento. Fue un reconocimiento absoluto, una respuesta tan natural que me estremecí sin poder evitarlo.
Retiré la mano de inmediato.
No por rechazo.
Por sorpresa.
El gesto fue automático, casi torpe. Sentí el eco del contacto quedarse en mi piel, persistente, como si la memoria del cuerpo se negara a soltarlo tan rápido como la mente quería hacerlo.
—Lo siento —dijo él al instante.
Su voz no tenía tensión. Tampoco urgencia. Solo cuidado.
Respiré hondo antes de responder. El corazón me latía con fuerza controlada, no desordenada. No había miedo. Había conciencia.
—No… —dije—. Está bien.
Levanté la mirada.
Nuestros ojos se encontraron de nuevo, esta vez más cerca, más atentos. El vínculo se afirmó con una claridad que me hizo sentir expuesto… y extrañamente seguro al mismo tiempo. No tiró de mí hacia adelante. No me empujó a retroceder.
Se quedó ahí.
Él no avanzó.
Yo tampoco.
Pero ninguno dio un paso atrás.
—¿Te lastimé? —preguntó.
Negué con la cabeza, sorprendido de lo fácil que fue decirlo.
—No —respondí—. Solo… no estaba preparado.
La sinceridad salió antes de que pudiera medirla. No me arrepentí.
Él asintió despacio, como si entendiera exactamente a qué me refería. No intentó minimizarlo. No lo convirtió en algo trivial.
—No volverá a pasar sin que lo quieras —dijo con calma—.
—Pero… gracias por decírmelo.
Algo se acomodó en mi pecho al escucharlo. Una tensión que no sabía que estaba sosteniendo se aflojó apenas, permitiéndome respirar con mayor profundidad.
—No fue desagradable —añadí en voz baja, sorprendiéndome a mí mismo.
No era una invitación.
Era una verdad.
La palabra desagradable no había sido la correcta desde el principio. El roce había despertado algo tibio, atento, curioso. No me había empujado hacia la huida. No me había hecho encogerme.
Había despertado interés.
Sus labios se curvaron apenas, no en una sonrisa abierta, sino en un gesto suave, contenido, que parecía más alivio que satisfacción.
—Me alegra saberlo —respondió.
El silencio volvió a acomodarse entre nosotros. Pero ya no era el mismo. Estaba cargado de algo nuevo, de una posibilidad que no se había nombrado pero que ya existía.
Volvimos a los libros.
O fingimos hacerlo.
Yo era consciente de cada movimiento suyo con una atención distinta a la de antes. No vigilante. No ansiosa. Era una conciencia tranquila, como cuando uno aprende un nuevo ritmo y el cuerpo empieza a anticiparlo sin esfuerzo.
El recuerdo del roce seguía presente en mi piel. No ardía. No quemaba. Se sentía… vivo.
Me di cuenta entonces de algo que me descolocó.
No había deseado huir.
No había sentido miedo.
Había sentido curiosidad.
Esa revelación me acompañó incluso después de que terminamos con los libros y nos separamos con un asentimiento silencioso. Caminé por el corredor largo con pasos lentos, permitiéndome procesar sin apresurar conclusiones.
Apoyé una mano en mi pecho.
El latido estaba firme.
—Despacio —me dije, como tantas veces.
Pero esta vez la palabra no era un freno. Era una elección.
Más tarde, cuando estuve solo en mi habitación, me senté en el borde de la cama sin encender las lámparas. La luz que entraba por la ventana era suficiente. Cerré los ojos y dejé que el recuerdo volviera sin resistirlo.
El roce.
La calidez.
La forma en que mi cuerpo había respondido sin pánico.
No había sido el contacto lo que me había desarmado.
Había sido la forma en que fue respetado.
Respiré hondo, permitiéndome sentir sin juzgar. No llamé al vínculo. No lo rechacé. Simplemente lo dejé estar. Respondió con una estabilidad que ya empezaba a resultarme familiar.
Esto no me rompe, pensé.
Me despierta.
Esa noche dormí profundamente, sin sueños claros, pero con una sensación persistente de haber cruzado un umbral invisible. No había vuelto atrás. Tampoco había avanzado más de lo necesario.
Había aprendido algo esencial:
Mi cuerpo no era un enemigo.
El deseo no era una amenaza.
Y cuando el contacto llegara de nuevo —porque llegaría—, no tendría que huir de él.
Tendría que elegirlo.