🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
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Turno de madrugada
A las 11:47 p.m., el Hospital Central de Altavalle respiraba diferente.
No estaba vacío.
Pero sí más honesto.
Sin inversionistas.
Sin juntas.
Sin aplausos.
Solo monitores, luces frías y el eco distante de camillas rodando sobre piso pulido.
Emilia llevaba veinte horas despierta.
El café ya no hacía efecto.
El cansancio se sentía detrás de los ojos… pero su mente seguía alerta.
La guardia nocturna siempre era impredecible.
Y esa noche algo se sentía suspendido.
Como si el aire anticipara algo.
Estaba revisando un postoperatorio cuando la puerta del área de residentes se abrió.
Pasos firmes.
Conocidos.
No necesitó mirar para saber quién era.
—Duarte.
Su voz sonaba más grave de lo habitual.
Más íntima en el silencio nocturno.
Se giró.
Thiago Ferrer llevaba la bata abierta sobre la camisa oscura. Sin corbata. Manga ligeramente arremangada.
Era la primera vez que lo veía fuera del traje impecable de día.
Más humano.
Más peligroso.
—Doctor —respondió con firmeza, aunque su pulso se alteró apenas.
—Hay un ingreso nuevo. Hemorragia intracraneal secundaria. Quiero que vengas.
No era invitación.
Pero tampoco era orden fría.
Era elección.
Y eso la sorprendió.
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El paciente era una mujer de treinta y ocho años, caída doméstica, pérdida de conciencia progresiva.
La tomografía mostraba un sangrado pequeño… pero traicionero.
—Puede evolucionar mal —murmuró Emilia.
Thiago la miró de reojo.
—Puede.
—¿Operamos o vigilamos?
No era desafío.
Era criterio.
Él cruzó los brazos, observando las imágenes.
—¿Tú qué harías?
La pregunta cayó entre ellos como una chispa.
Un superior preguntándole decisión clínica a una residente en plena madrugada.
Ella analizó.
Respiró.
—Intervención temprana. El sangrado está creciendo. Si esperamos, será más invasivo.
Silencio.
Un segundo que pareció eterno.
Thiago asintió apenas.
—Prepara quirófano.
El equipo reducido comenzó a moverse.
Era turno nocturno.
Menos personal.
Más responsabilidad individual.
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En quirófano, la atmósfera era distinta a la del día.
Más concentrada.
Más íntima.
El sonido de los instrumentos parecía amplificado.
Thiago trabajaba con precisión habitual.
Pero había algo distinto en su postura.
Más consciente de ella.
Más atento a sus movimientos.
—Aspiración —dijo.
Emilia respondió antes de que terminara la palabra.
Sus manos rozaron las de él por una fracción de segundo.
El contacto fue mínimo.
Pero el impacto no.
El campo quirúrgico exigía concentración absoluta.
Pero el silencio entre órdenes estaba cargado.
—Sutura fina —indicó.
Ella la entregó sin mirar el instrumental.
Mirándolo a él.
Error mínimo.
Pero él lo notó.
Sus miradas se encontraron sobre el paciente abierto.
Inapropiado.
Intenso.
Peligroso.
El monitor marcó estabilidad.
La intervención fue limpia.
Sin complicaciones.
Pero la tensión no se disolvió con el cierre.
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Al terminar, el resto del equipo se retiró.
Solo quedaron ellos revisando el informe preliminar.
La luz blanca del quirófano se reflejaba en el acero.
Thiago se quitó los guantes con lentitud.
—Estabas distraída.
No era acusación agresiva.
Era observación.
Emilia sostuvo su mirada.
—No en el campo quirúrgico.
—Pero sí en algo.
El silencio se volvió más denso.
—Son más de veinte horas de turno —respondió ella finalmente.
Thiago se acercó.
Un paso.
Luego otro.
No había nadie más.
Solo el sonido lejano de ventilación mecánica en el pasillo.
—El cansancio no justifica errores.
—No cometí ninguno.
Él la observó.
De cerca.
Demasiado cerca.
—Aún no.
La frase no fue amenaza.
Fue advertencia.
Pero el espacio entre ellos ya no era profesional.
La bata de ella rozó su pecho al intentar moverse hacia la mesa de instrumental.
Se detuvo.
Él no retrocedió.
—¿Siempre cuestiona a sus superiores? —preguntó ella en voz baja.
—Solo cuando valen la pena.
Su respiración se alteró apenas.
El hospital, que siempre había sido territorio seguro para Emilia, empezó a sentirse distinto.
No inseguro.
Sino eléctrico.
—No es prudente esto —murmuró ella.
—¿Qué es “esto”?
La pregunta no tenía respuesta simple.
Porque no se habían tocado.
No se habían insinuado.
Pero el aire estaba cargado de algo que iba más allá del respeto profesional.
Thiago dio medio paso atrás.
Recuperó compostura.
—Descansa dos horas. Te necesito clara en la ronda de las cinco.
Y salió.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera estado a centímetros de cruzar una línea.
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En la sala de descanso, Emilia se sentó sola.
El corazón aún acelerado.
Se pasó las manos por el rostro.
¿Qué había sido eso?
No era simple admiración.
No era solo tensión laboral.
Era algo más peligroso.
Porque Thiago no era hombre que jugara con límites.
Y ella tampoco.
Intentó dormir.
Pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba la cercanía.
El tono bajo.
La advertencia disfrazada de disciplina.
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A las cuatro cuarenta y cinco, volvió a levantarse.
Revisó pacientes.
Anotó evolución.
Cuando llegó a la habitación de la paciente operada, encontró a Thiago ya allí.
Observando el monitor.
—Estable —dijo ella.
—Por ahora.
Se quedaron en silencio.
Mirando a la mujer dormida.
La vida pendiendo de cifras verdes en una pantalla.
—¿Por qué nunca sonríe? —preguntó Emilia de pronto.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Thiago giró apenas el rostro.
—¿Eso afecta mi técnica?
—No.
—Entonces no es relevante.
Ella lo estudió.
—A veces parece que opera contra algo más que el sangrado.
La frase lo tocó.
Se notó en la rigidez breve de su postura.
—No psicologices a tu superior, Duarte.
—No soy psicóloga. Soy observadora.
Silencio.
Largo.
Finalmente él habló.
—Hace años perdí una paciente. No por negligencia. Por margen.
Emilia no dijo nada.
No interrumpió.
—Desde entonces no dejo espacio para nada que no sea control.
Y ahí estaba.
La grieta.
Pequeña.
Real.
Ella dio un paso más cerca.
No invadiendo.
Pero presente.
—El control absoluto no existe.
—En quirófano sí.
—En la vida no.
La conversación era más íntima que cualquier roce anterior.
Porque ahora no hablaban de técnicas.
Hablaban de heridas.
Thiago sostuvo su mirada.
Por primera vez sin superioridad.
Sin barrera.
—No te involucres demasiado —dijo en voz más baja—. Altavalle castiga a los que sienten.
—Yo no opero sin sentir.
El amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas altas del pasillo.
Un tono naranja suave rompía el blanco clínico.
Thiago dio un paso atrás.
—Veremos cuánto dura eso.
Pero en su voz no había burla.
Había interés.
Y algo más difícil de nombrar.
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Cuando el turno terminó, Emilia salió del hospital con el sol ya alto.
Exhausta.
Pero alterada.
No por el trabajo.
Por él.
Y en su penthouse, mirando la ciudad desde el vidrio, Thiago sabía algo que no quería admitir:
La residente que no se inclinaba estaba empezando a ocupar espacio en su mente.
Espacio que durante años mantuvo vacío por decisión.
Y eso…
Eso era más peligroso que cualquier hemorragia inesperada.
Porque el Código Rojo no siempre se activa por un paciente.
A veces se activa por una emoción que no se puede suturar.
culpa 👀 deseo /Drool/