Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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Amelia se desmaya
Todos los alumnos del penúltimo año jugaban voleibol en el centro de la cancha, entusiasmados. Todos menos una chica, que se había quedado a un lado, tan campante, mirando cómo jugaban sus compañeros.
El profesor de educación física se acercó a la alumna que, en vez de participar, se limitaba a hacer de espectadora.
—Ejem... ejem... —carraspeó—. ¿Qué tal se está ahí, eh? —soltó con sorna.
—¿Eh? ¿Pasa algo, profe...? —preguntó Amelia, haciéndose la tonta.
—¿Qué haces aquí? Ve a la cancha ahora mismo... ¿o quieres que te ponga un cero? —la amenazó el profesor.
—Pero, profe... es que yo no sé jugar voleibol, de verdad —protestó ella.
—¿Y a mí qué me importa? O juegas, o te pongo cero en educación física —repitió el profesor.
Amelia, obligada, arrastró los pies hasta el centro de la cancha. Le tocó en el mismo equipo que Jenny y Alexio. Del otro lado estaban Aurora, Sofía y los dos amigos de Alexio.
Cada vez que los rivales mandaban la pelota hacia ella, Amelia se hacía a un lado, y el otro equipo se llevaba el punto. Jenny estaba al borde de un ataque.
—¡Carajo! ¿Por qué diablos esquivas la pelota todo el tiempo, idiota? ¡Estamos perdiendo por tu culpa! —gritó Jenny, furiosa.
Y el resto de su equipo la respaldó con entusiasmo.
Amelia se rio con la cara de quien no ha roto un plato y se rascó la cabeza, donde no le picaba nada.
—Es que me da miedo que la pelota me pegue en la cabeza, en serio...
Lo dijo con total sinceridad. Odiaba la clase de educación física, y era porque no dominaba ni uno solo de los deportes.
El profesor se acercó y la regañó también, para que jugara en serio. Con todos encima, Amelia terminó resignándose y probó a frenar la pelota.
Se la lanzaron justo cuando no estaba preparada. La pelota rebotó y le pegó de lleno en la cabeza.
Y Amelia se desplomó.
El caos se apoderó de la cancha. Jenny y Aurora corrieron hacia ella. Unos cuantos alumnos iban a cargarla hasta la enfermería, pero Alexio los detuvo y fue él mismo quien la levantó en brazos y la llevó.
Al verlo, a Jenny le dolió por un instante. Pero ver a su mejor amiga inconsciente la hizo apartar ese sentimiento. Sofía, en cambio, miraba con puro odio a Amelia, que yacía desmayada en brazos de Alexio. Los dos amigos de Alexio corrieron tras su líder.
Alexio dejó a Amelia en la camilla de la enfermería. Al ver su rostro tranquilo, algo extraño surgió de pronto en su pecho, pero lo apartó enseguida y se marchó, dejándola con sus amigos.
Que Alexio la dejara así, sin más, tranquilizó a Jenny por completo.
Aurora lloraba a lágrima viva, dramática, mientras Amelia no despertaba. Y cuando por fin abrió los ojos, Aurora seguía llorando.
—Solo me desmayé... no me morí. No hace falta que llores tanto —dijo Amelia con voz débil.
—Qué patética. ¿Por qué eres tan mala en deportes? —dijo Jenny con tono seco, aunque en el fondo se sentía culpable.
—Ya les dije que no sé jugar voleibol. Si fuera karate, ahí sí me apunto... —respondió Amelia, todavía sin fuerzas.
* * *
La noticia de que Amelia se había desmayado en el colegio llegó a oídos de sus padres y de Sebas, y los dejó muy preocupados. Amelia los tranquilizó a todos y les explicó que solo era que no sabía jugar voleibol y por eso la pelota la había alcanzado.
Entonces Sebas decidió enseñarle algunos deportes, como voleibol y tenis. Al principio Amelia se negó rotundamente, pero su hermano se puso terco y no se rindió: dijo que era para que no hiciera el ridículo.
—El voleibol se para con las manos, no con la cabeza —se burló Sebas con sarcasmo.
Amelia hizo un puchero ante la pulla tan sin gracia de su hermano.
Pasados unos días, ya estaba recuperada, y Sebas, fiel a su promesa, empezó a enseñarle a jugar. Amelia lo siguió con cara de pocos amigos.
Apenas con el calentamiento ya estaba agotada. En este mundo no había nadie que la ayudara a sobrevivir a un ejercicio tan agotador.
Buaaa... Papi... cómo te extraño, Papi..., se lamentó para sus adentros.
Mientras Amelia y Sebas practicaban, apareció el antagonista, ese que tanto la sacaba de quicio.
—¿Tú no tienes casa? ¿No tienes nada que hacer? Siempre estás aquí —soltó Amelia, irritada.
—Eso pregúntaselo a tu hermano —respondió Adri con voz plana.
—Déjalo, ¿qué más da, hermanita? Pobre, se va a llenar de moho de tanto encerrarse en su departamento —lo defendió Sebas.
—Lo que tú digas, Sebas... Ya, ¿terminamos? Ya estoy cansada —se quejó Amelia, aprovechando la oportunidad para escaparse del entrenamiento.
—Adri, ayúdame a entrenar a esta niña para que aprenda a jugar voleibol. Es pésima: ayer terminó desmayada de un pelotazo —contó Sebas, narrando la desgracia de su hermana.
—¡Ni hablar! Yo no pienso que me entrene este —rechazó Amelia de plano.
—Yo tampoco tengo ninguna intención de ayudarte —contestó Adrián con voz plana.
Ya, mejor me largo, antes de que me suba la presión por culpa de este espécimen.
Se alejó a paso rápido de la casa. Por dentro celebraba, y al llegar a su cuarto se puso a saltar de pura alegría por haberse librado.
—Por fin... soy libre... Mejor me voy a la base para no aburrirme —murmuró.
Extrañaba muchísimo a Kimmy, la cachorra de tigre blanco que había comprado hacía poco y que traía de cabeza a sus hombres, que no daban abasto para cuidarla.
* * *
Sofía iba y venía, inquieta, en la cafetería donde solía quedar con Adri.
El día anterior se le había olvidado por completo su promesa de invitar a Adrián a comer por haberla ayudado a estudiar. Alexio había ido a pedirle que lo acompañara a buscar un regalo para su hermana, y por eso se le había olvidado Adrián; además, era una excelente oportunidad para ir de compras, y no iba a desperdiciarla. Alexio era igual de generoso que Sebas en sus tiempos.
Pero Sebas ya no solo había dejado de llevarla de compras: cada vez que se cruzaban le hablaba con un tono cortante. Seguro era todo por culpa de lo que Amelia le había metido en la cabeza. Y encima se daba aires, solo porque ya no vivía allí.
Lo que me faltaba es que Adrián también se aleje de mí. Todavía lo necesito para enfrentarme a Amelia.
Sofía sabía que Adrián era un psicópata capaz de matar a cualquiera que molestara a las personas que le importaban. Por eso, cuando volvió a encontrarse con él en esta ciudad, se esforzó con todas sus fuerzas por acercársele y ganarse su corazón. Quería convertirse en alguien especial para él y, de paso, ir moldeando su opinión sobre las maldades de Amelia para que la odiara y la pusiera en la mira, para borrarla del mapa.
Si alguien le preguntara por qué era tan cruel con Amelia, la respuesta era sencilla: porque Amelia tenía todo lo que Sofía quería. No soportaba ver a nadie mejor que ella, y menos ahora que Alexio empezaba a mostrar interés por Amelia. ¿Cómo iba a ceder su cajero automático con patas a una como Amelia?
Si Sofía supiera que la fortuna de Amelia ahora superaba incluso la de Alexio...
Seguro vomitaría sangre de la envidia.