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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 23: La rendición del alma

El parpadeo rojo del teléfono satelital cortaba la penumbra del dormitorio como una herida abierta en la oscuridad. Alexander permaneció inmóvil sobre el colchón, sintiendo el peso tibio de Elena dormida a su lado, con la mejilla apoyada sobre su pecho desnudo y la respiración acompasada. Por un instante efímero —un segundo robado al infierno que los rodeaba—, el latido constante de ella bajo sus dedos se sintió como el único refugio real en medio de la tormenta.

Pero la luz roja no cedió.

Con un movimiento felino y silencioso, Alexander se deslizó fuera de las sábanas de seda revueltas, cuidando de no despertar a la mujer cuya presencia se había convertido en su única flaqueza. Al tomar el dispositivo, la pantalla táctil reveló el texto encriptado de Glover: "Las cámaras de seguridad del vestíbulo acaban de ser hackeadas; alguien con una orden judicial falsa acaba de ingresar al edificio y está subiendo en el ascensor privado".

Un escalofrío helado recorrió la columna vertebral de Alexander. La calma artificial en la que habían quedado sumergidos tras la tormenta se evaporó en un suspiro.

«No van a llevársela. No ahora que la tengo aquí, que ha aceptado quedarse en este abismo conmigo», resonó su monólogo interno, un torbellino de obsesión posesiva y una vulnerabilidad lacerante que amenazaba con quebrarlo por dentro. «Victoria y el fiscal creen que este penthouse es mi fortaleza, pero ignoran que mi único imperio es el aliento de Elena. Si caigo esta noche, no será por sus leyes ni por sus trampas corporativas... será porque no supe proteger lo único que de verdad me pertenece».

Se vistió a oscuras con una rapidez febril. El roce de la camisa de algodón negro contra su piel aún tibia por el calor de las caricias compartidas fue un recordatorio físico de la tregua desgarradora que acababan de vivir. Antes de cruzar la puerta de la habitación, se giró para contemplar a Elena una vez más. La luz tenue de la ciudad se filtraba por las cortinas, dibujando la curva suave de sus hombros y el cabello castaño extendido sobre la almohada. Una belleza frágil pero indomable que él mismo había intentado destruir, solo para terminar arrodillado ante ella.

Caminó por el pasillo a pasos rápidos y silenciosos, tomando el arma que guardaba en el cajón de la consola de caoba del recibidor. El mecanismo metálico chasqueó al amartillarse, rompiendo la densidad del silencio.

—Sé que estás despierto, Alexander —la voz de Elena, suave y ligeramente ronca por el sueño interrumpido, resonó a sus espaldas.

Él no se giró de inmediato. Ajustó el agarre de la culata, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a acelerar el pulso de su corazón comprometido.

—Vuelve a la habitación y tranca la puerta, Elena —ordenó él con un tono gélido, de una autoridad absoluta que no admitía réplicas.

Elena apareció en el pasillo, envuelta en la bata de seda oscura que pertenecía a Alexander. Llevaba los pies descalzos y la mirada cansada pero cargada de una determinación inflexible. Se acercó a él sin dudar, ignorando el arma que él sostenía hacia abajo.

—No voy a esconderme como si fuera una intrusa en tu vida —dijo ella, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su pecho—. Si la policía o los hombres de Victoria están en ese ascensor, me van a encontrar a tu lado.

—¡No entiendes la magnitud de esto! —siseó Alexander, tomándola de la nuca con una mano dura, atrayendo su rostro hacia el suyo con una mezcla de furia desesperada y una pasión reprimida—. Victoria no viene por un interrogatorio rutinario. Viene a sembrar pruebas, a cobrar la sangre que cree que le debo. Si te ven aquí, te destruirán solo para ver cómo me quiebro.

—¡Pues que lo intenten! —exclamó Elena, con las lágrimas asomándose a sus ojos pero sosteniendo la mirada oscura del magnate—. Ya me quitaste el orgullo, me quitaste la paz y me enseñaste a amarte en mitad de esta locura. No voy a dejar que me quiten lo único que me queda, que eres tú.

Las palabras de Elena cayeron sobre Alexander con el impacto de una revelación sagrada. La coraza de hombre intocable, frío y calculador que había llevado durante años se agrietó definitivamente. En ese instante de peligro inminente, con la muerte y la ruina rondando la puerta principal, la acorraló contra la pared del pasillo, atrayéndola con una ferocidad hambrienta.

Sus labios se encontraron en un beso abrasador, un choque de desesperación, miedo y un deseo sin límites. No había espacio para las dudas ni para los secretos del pasado. Las manos de Alexander se enredaron en su cabello, sujetándola con una fuerza que buscaba unir sus almas antes de la tormenta, mientras los dedos de Elena se clavaban en la tela de su camisa, entregándose sin reservas al calor sofocante de su piel. El aroma a lluvia, a sándalo y a la intimidad reciente los envolvió en una atmósfera casi poética, donde el roce de sus cuerpos se sentía como el último refugio antes del juicio final.

El estruendo metálico del ascensor privado llegando al piso cincuenta y cuatro cortó la escena como un hachazo.

El indicador luminoso cambió a verde. Las puertas dobles de acero inoxidable comenzaron a deslizarse lentamente con un zumbido seco.

Alexander empujó a Elena detrás de su cuerpo con un movimiento instintivo, apuntando el arma directamente hacia el umbral del ascensor, con los músculos tensos y la respiración contenida.

Las puertas se abrieron por completo, pero del interior del ascensor no salió ningún agente de la policía ni los matones de Victoria: solo emergió una figura solitaria y tambaleante que cayó de rodillas sobre el mármol del vestíbulo, cubierta de sangre, sosteniendo en la mano un sobre de cuero negro con el sello de la universidad y murmurando con el último hilo de vida: "La orden no era para arrestarlo, señor Vance... Victoria ordenó la ejecución de ambos esta misma noche".

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