¿Puedes encontrar el amor en el hijo del peor enemigo de tus padres?
Ella es Tamara González ingeniera agrónoma e hija de Katy y Alex una mujer audaz, decidida e independiente de 28 años.
Él es Félix Urbáez, un teniente del ejército de 27 años, atractivo, exitoso, pero con muchas heridas emocionales.
NovelToon tiene autorización de @maryurisve para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo XXII: La respuesta de Tamara
Tamara lo observaba con incredulidad. Félix, vestido con su mono deportivo y franela, aún sudado por el esfuerzo de llegar en bicicleta, se veía sorprendentemente atractivo. Comparado con muchos de sus conocidos, Félix tenía algo distinto: una seguridad natural que la dejaba sin palabras.
—¿Quieres ser mi novia? —preguntó Félix, directo, sin rodeos.
La pregunta la tomó por sorpresa. Sentada en el columpio, lo vio agacharse hasta ponerse a su altura. En ese gesto sencillo, Tamara descubrió que sus sentimientos hacia él estaban cambiando, aunque no podía articular palabra.
—¿Te comió la lengua el ratón? —bromeó Félix, intentando romper el silencio.
Ella reaccionó con una expresión severa, pero él no le dio tiempo a responder: la besó en los labios. Tamara lo apartó de inmediato, con el corazón acelerado.
—¡Félix, nos pueden ver! —dijo con preocupación.
—A esta hora no viene mucha gente al parque —respondió él con calma.
Era la primera vez que alguien le pedía ser su novia. A pesar de ser popular, Tamara había sufrido decepciones y nunca había vivido algo así.
—Pero yo te caigo mal, Félix —protestó, intentando aferrarse a su argumento.
Él le acarició el rostro y jugó con uno de sus rizos, sonriendo con ternura. Tamara se sorprendía de cuánto había cambiado, de cómo aquel chico travieso se había convertido en alguien que la desarmaba.
—Si me cayeras mal, no te hubiera besado. Por favor, dime que sí —le pidió con amabilidad.
Tamara dudaba. Rechazarlo era difícil, pero temía la reacción de su padre.
—Si mi papá se entera, se va a enojar mucho conmigo.
Félix sonrió, convencido de que ella estaba cediendo. La besó otra vez, y Tamara, aunque nerviosa, no lo apartó.
—¿Eso quiere decir que sí? —preguntó con picardía, rozando su nariz con la de ella.
Tamara estaba sonrojada, con la mente en blanco.
—Un momento, Félix, que yo no te he aceptado —protestó débilmente.
Él volvió a besarla, sabiendo que si ella realmente no quisiera, lo apartaría con facilidad.
—Ya me aceptaste. Si no, ¿por qué te preocupa la reacción de tu papá? Además, nadie tiene que enterarse —dijo con despreocupación.
Lo que más le gustaba de Tamara era que no era una damisela en apuros. Ella era fuerte, audaz, capaz de defenderse. Y si le permitía acercarse, era porque sentía algo que no quería admitir.
—¿Me prometes que nadie se va a enterar, Félix? —preguntó Tamara, aún dudosa.
Desde la noche anterior, su presencia la perturbaba. Había acudido al parque para aclarar sus sentimientos, pero Félix solo la confundía más. Aun así, no tenía fuerzas para rechazarlo.
—Tienes mi palabra, Tammy. ¿Aceptas ser mi novia? —preguntó él, sonriendo.
Tamara asintió tímidamente. Félix la besó una vez más y ambos sonrieron.
—Debo haberme vuelto loca —dijo ella.
—Siempre has estado loca, Tammy —bromeó él.
—¡FELIXXXXX! —gritó Tamara, golpeándolo y haciéndolo caer al suelo. Félix no paraba de reír, sorprendido por su reacción.
—¿Ves que si te puedo patear el trasero cuando yo quiera? —dijo Tamara con orgullo.
—Está bien, lo admito. Eres muy fuerte y aún me puedes patear el trasero —respondió Félix, riendo a carcajadas.
Tammy lo observaba y también reía. Ambos sabían que aquel momento marcaba el inicio de una relación improbable: los hijos de dos enemigas, unidos por un romance que debía mantenerse en secreto. Sería un camino lleno de altibajos, con demasiadas personas en contra de ellos.
—Me tengo que ir, Tammy. El doctor está muy enojado conmigo y le dije que iba a hacer ejercicio —explicó Félix, mientras se levantaba.
Tamara negó con la cabeza. Sabía que entre ambas urbanizaciones había mucha distancia y que Félix hacía un gran esfuerzo para verla. Él le dio un beso de despedida y subió a su bicicleta.
—Te llamo —dijo, guiñándole un ojo.
—Félix, no sé si te atienda la llamada —respondió Tamara con aire engreído.
—Tú sabes que si me vas a atender, Tammy —replicó él con seguridad.
—¡Félix, eres un engreído! —gritó ella, mientras lo veía alejarse.
Tamara permaneció en el columpio, perdida en sus pensamientos. Su teléfono vibraba con notificaciones constantes, pero las ignoraba. No imaginaba el conflicto que se gestaba a su alrededor; estaba demasiado ocupada pensando en lo que acababa de ocurrir con su primer novio.
—¿Dónde estabas, Félix? —preguntó Arturo, esperándolo en la entrada, visiblemente estresado.
Félix sospechó que estaba en problemas, pero tenía una buena excusa y sonreía confiado.
—Estaba entrenando —respondió con naturalidad.
—Padre está muy enojado contigo. Dice que no tenías permiso de salir de la casa.
—Voy a hablar con él. Me dijo que solo podía salir a entrenar —contestó Félix, usando un tecnicismo para justificar su escapada.
En realidad, estaba castigado y solo podía ejercitarse en las áreas verdes de la urbanización, pero había aprovechado la oportunidad para ir hasta la urbanización de Tammy.
—¡Espera un momento, hermano! —lo detuvo Arturo, asustado.
—¿Por qué tengo que esperar? —preguntó Félix, curioso.
—Está reunido con los parientes desagradables —respondió Arturo con temor.
Félix puso los ojos en blanco. Cada vez que esos familiares visitaban la casa, el doctor quedaba deprimido durante días por las tensas conversaciones.
—Precisamente por eso debemos ir, Arturo. ¿No te das cuenta de que luego el doctor se siente mal durante días por esa gente?
—Tienes razón, Félix. Vamos a ayudar a padre.
Tamara permaneció sentada en el columpio varios minutos, repasando en su mente lo que acababa de ocurrir con Félix. Finalmente, se encogió de hombros y tomó una decisión: no le contaría a nadie sobre su relación, ni siquiera a Antonella, su mejor amiga.
—No le voy a contar a Antonella… ella puede ser muy indiscreta en ocasiones, y si papá se entera voy a estar en problemas —murmuró, preocupada.
Con esa resolución, regresó a casa. Al entrar, encontró a su madre hablando por teléfono, visiblemente molesta. Su hermana menor, Camila, de apenas dos años, corrió hacia ella y se abrazó a su pierna con fuerza.
—¡Tammy, carga! —exclamó la pequeña con insistencia.
Tamara sonrió y la levantó en brazos.
—Eres una manipuladora, Camí —le dijo con ternura, mientras la acomodaba.
Decidió ir a su habitación con su hermana en brazos porque sabía que cuando su madre estaba enojada lo mejor era darle espacio. Se sentó en la cama, con Camila en su regazo, y la miró con dulzura.
—¿Camí, qué le habrá ocurrido a mamá? —susurró, más para sí misma que para la niña.
Camila, ajena a las preocupaciones de los adultos, solo se acurrucó contra su hermana, buscando cariño. Tamara, en cambio, se debatía entre el secreto que acababa de guardar y la tensión que percibía en su hogar.