Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPITULO #5 - LO QUE QUEDA DE NOSOTROS
La noche estaba fría cuando llegué al edificio. Las luces de la calle parpadeaban débilmente, y el viento movía los papeles viejos que se acumulaban cerca de la entrada. El edificio siempre había sido feo, pero de noche parecía aún más triste.
Subí las escaleras lentamente. El tercer escalón crujió, como siempre. El quinto estaba ligeramente roto. El olor a humedad llenaba el pasillo. Todo era exactamente igual a como lo había dejado esa mañana.
Saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta del pequeño apartamento. Lo primero que escuché fue la voz de Daniel.
—¡Vale!
El niño apareció corriendo desde la sala con una sonrisa cansada pero sincera.
—¡Llegaste!
Sonreí un poco al verlo.
—Claro que llegué.
Daniel me abrazó con fuerza. Tenía nueve años, pero a veces parecía mucho más pequeño.
—Pensé que ibas a tardar más.
—El trabajo terminó antes hoy —mentí suavemente.
Detrás de él apareció Lucía. A sus quince años ya había aprendido a mirar el mundo con una seriedad que no debería tener alguien de su edad. Sus ojos oscuros me observaron con atención.
—¿Cómo te fue?
Abrí la boca para responder… pero entonces la vi. Mi mamá estaba sentada en el viejo sofá de la sala. Una manta cubría sus piernas. Su piel estaba pálida. Más pálida que esa mañana. Y cuando intentó sonreír… el gesto pareció costarle más esfuerzo del que debería.
—Valeria… —dijo con voz suave.
Mi pecho se apretó.
—Hola, mamá.
Caminé hacia ella lentamente. Cada vez que la veía parecía más frágil. Más pequeña. Como si la enfermedad estuviera llevándose pedazos de ella poco a poco. Me senté a su lado y tomé su mano. Estaba fría.
—¿Cómo te sientes?
Ella dudó un momento.
—Mejor.
Era mentira. Las dos lo sabíamos. Miré hacia la pequeña mesa de la cocina. El refrigerador viejo zumbaba con ese ruido constante que ya formaba parte de nuestra vida.
La casa era pequeña. Dos habitaciones. Una cocina diminuta. Un sofá viejo. Pero era todo lo que teníamos. Y por un momento sentí un dolor extraño al recordar la enorme mansión de los De Alvarenne.
El contraste era brutal.
—Valeria… —dijo mi mamá con suavidad—. ¿Fuiste?
Tragué saliva. Lucía y Daniel se acercaron un poco más. Sabían de qué hablaba. Suspiré.
—Sí.
El silencio llenó la sala.
—¿Y…?
Miré hacia el suelo.
—Cometí un error.
Mi madre frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué pasó?
Mis dedos se entrelazaron nerviosamente.
—Compré un pastel…
La voz se me quebró un poco.
—Quería llevárselo a… a la abuela.
Lucía me miró sorprendida.
—¿En serio fuiste a verla?
Asentí.
—Pero fue una mala idea.
Mi mamá bajó la mirada.
—Valeria…
—Lo sé —la interrumpí rápidamente—. No debí gastar dinero en eso.
Sentí un nudo en la garganta.
—Ni siquiera pude dárselo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Por qué?
Respiré hondo. Las imágenes de la fiesta volvieron a mi mente. Las miradas. El pastel en el suelo. La voz fría de Isabella.
—Porque… lo arruiné todo.
Mi mamá levantó la mirada.
—¿La viste?
—Sí.
La palabra salió casi como un susurro. El silencio se volvió pesado. Mi mamá cerró los ojos por un momento. Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de una tristeza que me dolió ver.
—Isabella…
Su voz era tan suave que apenas la escuché.
Lucía habló con curiosidad.
—¿Cómo está?
No respondí de inmediato.
¿Cómo explicas algo así?
¿Cómo describes a tu propia hermana viviendo en un mundo que parece sacado de otro planeta?
—Bien —dije finalmente.
Mi mamá sonrió débilmente.
—Me alegra…
Sus dedos apretaron suavemente los míos.
—Siempre supe que ella estaría bien allí.
Sentí un peso extraño en el pecho.
—La abuela también estaba ahí.
La expresión de mi madre cambió.
—¿Hablaste con ella?
Asentí.
—Me pidió que me fuera.
No mencioné las palabras crueles. No mencioné la humillación. Pero mi mamá pareció entender de todas formas. Bajó la mirada lentamente.
—Siempre fue así…
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué?
Mi madre no respondió de inmediato. Su respiración era más pesada ahora.
—Porque… para mi madre… las apariencias lo son todo.
Daniel se sentó en el suelo frente a nosotros.
—¿La abuela es rica?
Lucía lo miró como si fuera una pregunta obvia.
—Claro que lo es.
Mi mamá dejó escapar una pequeña risa triste.
—Siempre lo fue.
Sus ojos se perdieron en algún punto lejano.
—Cuando yo era joven… vivía en esa casa.
La habitación quedó en silencio.
—Tenía vestidos hermosos… Profesores privados… Una vida que parecía perfecta.
Su voz se quebró ligeramente.
—Pero entonces conocí a alguien.
Lucía la miró con curiosidad.
—¿Papá?
Mi mamá negó lentamente.
—No.
El silencio se volvió más profundo.
—Valeria e Isabella no son hijas de Tomás.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Sentí que el corazón se me detenía por un segundo.
Lucía también parecía sorprendida.
Daniel simplemente miraba confundido.
—Tomás llegó después —continuó mi madre con voz débil—. Cuando ustedes ya habían nacido.
Mis manos temblaron ligeramente.
—Entonces… ¿Quién…?
Pero mi mamá negó suavemente.
—No importa ahora.
Sus ojos se cerraron por un momento.
—Lo único que importa… es que elegí amar.
Una lágrima rodó lentamente por su mejilla.
—Y mi madre nunca me lo perdonó.
Lucía habló con cuidado.
—¿Por eso se llevó a Isabella?
Mi mamá tardó unos segundos en responder.
—Dijo que quería darle una oportunidad.
Su voz se volvió más débil.
—Dijo que al menos una de mis hijas merecía una vida mejor.
El silencio llenó el apartamento.
Daniel bajó la mirada.
Lucía apretó los labios.
Y yo sentí algo romperse dentro de mí.
—Lo siento —murmuré de repente.
Mi mamá me miró confundida.
—¿Por qué?
—Por haber ido.
Sentí las lágrimas quemando mis ojos.
—No debí recordarte todo eso.
Ella levantó la mano con esfuerzo y acarició mi mejilla.
—Valeria…
Su voz era apenas un susurro.
—Nunca te arrepientas de querer a tu familia.
Sus dedos temblaron ligeramente.
—Ni siquiera cuando esa familia… ya no quiere recordarte.
La abracé con cuidado.
Tratando de no lastimarla.
Tratando de no romperme.
Porque aunque nadie lo dijera en voz alta… todos podíamos sentirlo.
La enfermedad avanzaba. Y cada día parecía llevarse un poco más de ella.
Y en ese pequeño apartamento… rodeada de mis hermanos… de mi madre enferma… y de un pasado que aún no entendía del todo… comencé a sentir algo nuevo.
Miedo.
El miedo de que muy pronto… todo lo que quedaba de nuestra familia… pudiera desaparecer.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰