TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 21
Seiren lo observó en silencio.
Su expresión cambió.
Se volvió… seria.
—El tiempo no es algo que puedas tomar sin pagar un precio —dijo finalmente—. Y tú no eres un dios del tiempo.
Lucien no respondió.
Pero tampoco lo negó.
Eso fue suficiente.
Los ojos de Seiren se oscurecieron.
—¿Qué sacrificaste?
Su mente completó la pregunta por sí sola.
…O ¿A quién mataste?
El silencio que siguió…
fue más pesado que cualquier respuesta.
El viento sopló entre ellos, arrastrando hojas secas por el suelo.
Lucien cerró los ojos por un instante.
Y cuando los abrió…
había algo distinto en su mirada.
Algo… más vacío.
—Yo no sacrifiqué nada —dijo al fin.
Seiren frunció el ceño.
—Eso no es posible.
Lucien la miró directamente.
Sin emoción.
Sin duda.
—Solo maté al Dios del Tiempo.
Una pausa.
El mundo pareció volverse más frío.
Más oscuro.
Más… incorrecto.
—Para obtener su poder.
Seiren retrocedió de inmediato.
Sus ojos se abrieron con algo que rara vez sentía.
MIEDO.
Un pensamiento cruzó su mente, imposible de ignorar.
Está loco…
Se ha vuelto completamente loco.
Pero lo que realmente la heló…
no fue el acto en sí.
Fue entenderlo.
Matar a un dios…
ya era impensable.
Pero matar al Dios del Tiempo…
alterar el orden mismo del mundo otra vez…
solo por una mujer.
Su mirada volvió a él.
Más profunda.
Más grave.
Porque ahora lo había recordado.
La identidad del Dios del Tiempo.
—Mataste… a tu propio padre —susurró.
Lucien no respondió.
No lo negó.
Y ese silencio…
fué la confirmación más aterradora de todas.
.
.
.
Y sin darme cuenta…
al día siguiente…
ya estaba ahí.
A la misma hora.
Esperándolo.
Cuando llegué… él ya estaba.
Sosteniendo un ramo grande de flores rojas.
—Para usted —dijo con naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Parpadeé, sorprendida.
Tomé el ramo con cuidado.
Eran hermosas.
Delicadas.
Perfectas.
—Gracias… —murmuré, con una pequeña sonrisa.
Pero no terminó ahí.
Sacó una pequeña caja.
Elegante.
Oscura.
—Y esto también.
La abrí con curiosidad…
y me quedé inmóvil.
Chocolates.
Pero no cualquier chocolate.
Esos chocolates.
Mi respiración se detuvo por un instante.
No podían ser.
Esa marca…
no existía en este mundo.
Eran exactamente los mismos que tanto me gustaban.
Los mismos que recordaba…
de una vida que ya no estaba.
Levanté la mirada lentamente.
—¿Dónde… los compró?
Lucien sonrió apenas.
—En un viaje.
Nada más.
Como si fuera suficiente.
Fruncí ligeramente el ceño.
Algo no encajaba.
Pero…
no insistí.
Y así…
los días comenzaron a pasar.
Luego semanas.
Su presencia se volvió constante.
Casi inevitable.
Cada día…
flores distintas.
Pero todas… perfectas.
Como si supiera exactamente cuáles me gustarían.
Chocolates diferentes.
Pero siempre… mis favoritos.
......................
Unos días...
Me llevaba a comer.
No a cualquier lugar.
Siempre eran sitios tranquilos.
Elegantes, pero no ostentosos.
Mesas apartadas.
Luz cálida.
Como si buscara… que el mundo desapareciera alrededor.
Pedía antes de que yo lo hiciera.
Y, sin fallar…
siempre elegía exactamente lo que me apetecía.
Al principio pensé que era coincidencia.
Después… dejó de parecerlo.
—¿Le gusta? —preguntaba, observándome más a mí que al plato.
Y yo asentía.
Siempre.
Demasiado siempre.
......................
Otros días...
Me llevaba al teatro.
Palcos privados.
Obras que, curiosamente…
terminaban siendo mis favoritas.
Historias de amores imposibles.
De reencuentros.
De promesas que sobrevivían al tiempo.
A veces…
sentía su mirada sobre mí más que en el escenario.
Como si la obra no le importara.
Como si…
la verdadera historia fuera otra.
Una que solo él conocía.
......................
Otros días...
Salíamos a caminar.
Sin rumbo fijo.
Calles tranquilas.
Jardines silenciosos.
Senderos donde apenas pasaba gente.
A mi ritmo.
Siempre a mi ritmo.
Nunca se adelantaba.
Nunca me dejaba atrás.
A veces hablábamos.
A veces no.
Y, extrañamente…
el silencio no era incómodo.
Pero sí…
cargado.
Como si algo estuviera siempre a punto de decirse…
pero nunca lo hiciera.
......................
Otros días...
Y luego…
la colina.
Siempre la misma.
Siempre al atardecer.
El cielo teñido de tonos dorados y rojizos.
El viento suave.
El mundo… en calma.
Nos sentábamos uno al lado del otro.
Sin tocarnos.
Pero lo suficientemente cerca como para sentir su calor.
—Es bonito —murmuré una vez, mirando el horizonte.
—Lo es —respondió él.
Pero cuando giré ligeramente la cabeza…
no estaba mirando el atardecer.
Me estaba mirando a mí.
Como si…
yo fuera la vista.
Mi corazón se desordenó de inmediato.
Desvié la mirada.
Pero no me moví.
Nunca me movía.
......................
Y con cada uno de esos momentos…
momentos simples…
pero cuidadosamente elegidos…
demasiado perfectos…
demasiado… pensados…
sin darme cuenta…
me estaba enamorando de él.
No fue de golpe.
No fue evidente.
Fue lento…
silencioso…
inevitable.
Como algo que se filtra sin permiso…
hasta que ya es imposible ignorarlo.
De su presencia.
De la forma en que el mundo parecía aquietarse cuando estaba a su lado.
De su manera de mirarme…
como si yo fuera suficiente.
Como si fuera… lo único.
Pero no era solo eso.
También era lo fácil que resultaba estar con él.
Lo natural que era hablar.
Reír.
Compartir.
Descubrimos que teníamos muchas cosas en común.
Más de las que esperaba.
Más de las que eran… normales.
Le gustaba viajar.
Explorar nuevos lugares.
Perderse sin rumbo… y encontrar algo hermoso en el camino.
Entrenar.
Superarse.
Llevar el cuerpo más allá de sus límites.
Leer.
Horas enteras.
Perderse en historias… como si fueran otras vidas.
Y cada vez que hablábamos de ello…
no había esfuerzo.
No había silencios incómodos.
Solo… conexión.
Una que se sentía demasiado real.
Demasiado cercana.
De cómo parecía conocerme.
Entenderme.
Anticiparse incluso… a lo que sentía.
Más de lo que debería.
Más de lo que era posible.
Y eso…
eso era lo que más me asustaba.
Porque no era solo atracción.
No era solo curiosidad.
Era algo más profundo.
Más peligroso.
Algo que tiraba de mí… incluso cuando sabía que debía alejarme.
Todo era tan romántico…
que resultaba inquietante.
Casi irreal.
Como un sueño demasiado perfecto…
del que tarde o temprano tendría que despertar.
Sin darme cuenta…
dejamos de ser simples conocidos.
Había algo más entre nosotros.
Algo que crecía con cada encuentro.
Con cada mirada.
Con cada silencio compartido.
Silencioso…
pero constante.
Suave…
pero imposible de detener.
Y lo peor de todo…
era que no quería detenerlo.
Aunque sabía que debía hacerlo.
Aunque cada parte de mí gritaba que estaba cruzando una línea.
Una línea que no debía cruzar.
Pero…
aún no lo hacíamos.
Aún no.
Y quizá…
solo quizá…
eso era lo único que me permitía seguir fingiendo…
que todavía tenía el control.
......................
Y aun así…
cada vez que hablaba con Cassian…
sentía culpa.
Pesada.
Incomodante.
Inevitable.
—¿Estás bien? —me preguntaba él desde el otro lado del anillo.
Y yo respondía…
—Sí.
Siempre sí.
Siempre bien.
Mientras ocultaba la verdad.
Mientras escondía a Cien Lu.
Mientras fingía…
que no estaba haciendo nada malo.
Pero en el fondo…
lo sabía.
Lo sentía.
Cada vez con más claridad.
Estaba cruzando una línea.
Lentamente.
Sin darme cuenta.
Sin detenerme.