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ESTA VEZ LOS PROTEGERÉ

ESTA VEZ LOS PROTEGERÉ

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Época / Reencarnación / Completas
Popularitas:13.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Tiinii_1605

El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.

Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.

—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?

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Capítulo 1: El despertar en el Palacio Zafiro

El frío del metal contra mi cuello fue lo último que sentí antes de que todo se volviera oscuridad.

No me dolió el corte de la espada. Lo que me destrozó el alma fue la mirada de Cassian. Tenía apenas veinte años y vestía la capa imperial manchada con la sangre de sus propios hermanos. Sus ojos amatista, idénticos a los míos, estaban completamente apagados, vacíos de cualquier rastro de cordura.

—¿Esto era lo que querías, madre? —me había preguntado con una voz ronca y quebrada—. Ya soy el Emperador. Maté a todos los que me pediste superar. ¿Ahora sí vas a mirarme? ¿Ahora sí estás contenta con tu hijo?

No pude contestarle. Rosalind ya se había quitado la vida meses atrás, arrojándose desde el balcón de la mansión del duque al que la obligué a unirse para conseguir tropas. Y Cedric, el único muchacho que alguna vez cuidó de Cassian con verdadera bondad fraternal, llevaba diez años pudriéndose bajo tierra por culpa de mi silencio cobarde.

Yo misma había creado a ese monstruo. Yo le puse la espada en la mano cuando le exigí ser implacable para sobrevivir al harén imperial.

«Merezco morir. Este es el único final que me gané a pulso por mi orgullo y mi ceguera».

Ese fue mi último pensamiento mientras mi propia sangre empapaba la alfombra del salón del trono. Cerré los ojos esperando el fuego del castigo eterno.

Sin embargo, en lugar de fuego o cenizas, lo primero que percibí fue un suave aroma a flores de jazmín y té caliente.

Tomé una bocanada de aire de golpe. El pecho me dolió tanto por la sorpresa que casi me ahogo. Me incorporé en la cama con el corazón latiéndome desbocado en la garganta y me llevé las dos manos al cuello con desesperación.

No había sangre. No había ninguna herida abierta ni piel rasgada. Mi cuello estaba intacto, tibio y suave.

—¿Qué… qué es esto? —murmuré, escuchando mi propia voz clara y sin rastro de agonía.

Miré a mi alrededor sin poder dar crédito a lo que veían mis ojos. No estaba en el frío salón del trono rodeada de cadáveres. Estaba en mi propia habitación privada dentro del Palacio Zafiro. Las cortinas de seda azul caían a los costados de los ventanales y la luz de la mañana iluminaba los muebles de madera noble tallada.

Me levanté tropezando con las sábanas de lino. Mis piernas temblaban como si acabara de aprender a caminar. Corrí directo hacia el gran espejo de pie que estaba junto al tocador.

Al mirar mi reflejo, me cubrí la boca para contener un grito.

No era la mujer demacrada, llena de canas prematuras y arrugas de amargura que había muerto bajo la espada de su hijo. La mujer del espejo tenía la piel firme, el cabello castaño cobrizo brillante y los ojos amatista vivos, aunque desorbitados por el espanto.

«Esto no puede ser real. Yo morí. Mi hijo me cortó la garganta hace unos segundos».

Me pellizqué el brazo con tanta fuerza que me saqué una marca roja. El dolor fue instantáneo y punzante. No era una alucinación ni el delirio de la muerte.

De pronto, la puerta de los aposentos se abrió con suavidad tras dos toques rápidos y respetuosos.

—Su Alteza Ilustre, disculpe la interrupción —dijo una voz familiar desde la entrada.

Me giré de golpe, tensa como una cuerda de arco lista para disparar. Era Marta, mi doncella principal de confianza, la misma sirvienta leal que había muerto de fiebre años atrás en mi vida pasada. Llevaba en sus manos una bandeja de plata con una tetera de porcelana humeante.

Marta se detuvo en seco al verme de pie descalza sobre la alfombra, con el camisón desordenado y la respiración entrecortada.

—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó alarmada, dejando la bandeja sobre la mesa redonda con prisa—. Escuché un ruido extraño desde el pasillo. ¿Acaso tuvo una pesadilla terrible?

Tragué saliva con dificultad para aclararme la garganta. Necesitaba confirmar en qué momento estaba parada antes de perder la cabeza por completo.

—Marta… —mi voz salió más ronca de lo habitual—. ¿Qué fecha es hoy?

La doncella parpadeó confundida, mirándome como si me hubiera golpeado la cabeza contra la cabecera de la cama.

—Es el siete del mes de las hojas doradas, Su Alteza Ilustre.

—¿Qué año? —insistí, dando un paso firme hacia ella—. Dime el año exacto. Ahora mismo.

—Es… el año ochocientos cuarenta y dos del calendario solar, señora —respondió ella, retrocediendo medio paso por la impresión de mi mirada.

Ochocientos cuarenta y dos.

Hice las cuentas mentales a toda velocidad y sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Había regresado exactamente diez años en el tiempo.

«Diez años… Dioses del cielo, volví diez años atrás».

Eso significaba que Rosalind tenía doce años y aún vivía conmigo bajo este techo. Y Cassian… mi pequeño Cassian tenía apenas diez años.

Pero entonces, un recuerdo helado me atravesó la espalda de arriba a abajo. El mes de las hojas doradas del año ochocientos cuarenta y dos solo significaba una tragedia en mi memoria: la gran cacería imperial de otoño.

En esa cacería, Cedric, el Primer Príncipe de quince años, sufrió el terrible sabotaje en su caballo que lo dejó envenenado y al borde de la muerte. Aquella trampa orquestada por la Consorte Evelyn que yo descubrí a tiempo, pero decidí callar para quitarle un rival a mi hijo en la carrera por el trono.

—Marta, ¿cuándo es la cacería imperial en los bosques del norte? —pregunté con el corazón en un puño.

—Falta exactamente una semana, Su Alteza. Es el catorce de este mes. El secretario imperial acaba de enviar el aviso confirmando los preparativos de las comitivas.

«Una semana. Tengo siete días enteros».

Un alivio inmenso me recorrió el cuerpo, seguido de una urgencia feroz. Siete días no eran solo tiempo para detener el sabotaje del caballo de Cedric: eran el tiempo suficiente para enviar un mensajero veloz a las fronteras y recibir respuesta antes de que comenzara el evento.

—¿Dónde están mis hijos ahora mismo? —pregunté, recobrando el control de mi cuerpo.

—La princesa Rosalind está en el salón este en su lección de protocolo con la institutriz real —explicó Marta rápidamente—. Y el príncipe Cassian… bueno, Su Alteza ordenó anoche que no saliera de la biblioteca hasta memorizar los tres tomos de táctica militar. Lleva ahí encerrado desde las cinco de la madrugada.

Un nudo amargo y doloroso se me instaló en el estómago.

En mi vida pasada, yo trataba a Cassian con una frialdad y una crueldad inhumanas. No le permitía jugar, no le permitía reír ni descansar. Si fallaba en un examen o si el emperador Kaelen elogiaba a alguno de los otros príncipes, yo lo castigaba dejándolo sin comer o encerrándolo a oscuras con libros de guerra que ni los generales adultos entendían del todo.

«¿Cómo pude ser tan estúpida? Creí que lo hacía fuerte para protegerlo, pero solo le estaba pudriendo el corazón».

—Tráeme una bata ligera —le ordené a Marta con voz cortante—. Ahora.

—¿No va a vestirse formalmente primero, señora? El peluquero llegará pronto y el Emperador podría solicitar audiencia…

—He dicho que me traigas la bata ahora mismo, Marta. No me importa el vestido ni me importa Kaelen.

La doncella abrió los ojos de par en par, asustada de escucharme hablar del Emperador con semejante descaro, pero no se atrevió a contradecirme. Me puso una bata de terciopelo azul oscuro sobre los hombros y me colocó unas zapatillas cómodas. Sin esperar a que me peinara, salí al pasillo a paso rápido.

Los guardias imperiales y las sirvientas con las que me cruzaba se pegaban a las paredes e inclinaban la cabeza con pánico. En el pasado, verme caminar con prisa por los corredores solo significaba una cosa: alguien iba a ser castigado o despedido.

Llegué frente a las pesadas puertas dobles de roble de la biblioteca del palacio. Los dos guardias de la entrada cuadraron los hombros al instante.

—Abran —les ordené sin detenerme.

Los hombres empujaron las hojas de madera sin demora. Entré al salón y el silencio sepulcral del lugar me cayó encima como una losa de plomo.

En el fondo, sentado frente a un enorme escritorio de caoba rodeado de libros gigantescos, estaba él.

Era Cassian.

Tenía apenas diez años. Su cuerpo era diminuto y frágil, embutido en un traje formal negro con botones dorados que le apretaba el cuello. Su cabello oscuro le caía sobre la frente y su mano pálida sostenía una pluma de ave que no paraba de temblar sobre un pergamino arrugado.

Al escuchar el crujido de mis pasos sobre el piso de madera, el niño pegó un salto tan brusco que la pluma se le resbaló de los dedos, dejando un manchón negro de tinta justo en medio de la hoja.

Cassian se puso de pie de golpe, como un soldado aterrorizado frente a su general. Bajó la cabeza de inmediato y pegó los brazos a los costados del cuerpo.

—M-madre… —su vocecita aguda y temblorosa me desgarró el alma—. Ya casi termino el segundo tratado. Lo prometo. Solo me equivoqué en el orden de las legiones fronterizas, pero voy a copiarlo todo de nuevo sin dormir. Por favor… no me dejes a oscuras en la torre.

El niño temblaba de pies a cabeza. Tenía los ojitos hinchados y enrojecidos de aguantar el llanto para no enfurecerme. No se atrevía a mirarme a la cara; solo tenía la vista clavada en sus propios zapatos, esperando el reproche o el golpe que en la otra vida seguramente le habría propinado por arruinar el pergamino.

«Por los cielos… Míralo. Es solo un niño inocente. Y yo lo transformé en un carnicero».

Las lágrimas me quemaron los párpados. Sentí un dolor en el pecho mucho más agudo que el filo de la espada cortándome la respiración en mi muerte anterior.

Di un par de pasos hacia él. Cassian apretó los puños con fuerza y cerró los ojos, preparándose para el impacto del castigo.

Pero en lugar de gritarle, doblé las rodillas y me arrodillé directamente sobre el suelo frente a él. Dejé caer mi cuerpo hasta que mi rostro quedó a la misma altura que el suyo.

Cassian abrió los ojos despacio, totalmente desconcertado. En sus diez años de vida jamás había visto a su altiva madre ponerse a la altura de nadie, mucho menos arrodillada frente a un hijo.

—Cassian… —lo llamé en un susurro, extendiendo los brazos con mucho cuidado, temiendo que fuera una ilusión que pudiera romperse al tocarla.

El niño dio medio paso hacia atrás por puro instinto de defensa.

—Madre… yo… voy a limpiar la tinta con agua ahora mismo —tartamudeó con terror en la mirada—. No me quites la cena de hoy, te lo suplico.

No aguanté más. Me incliné hacia adelante, lo envolví entre mis brazos y lo apreté contra mi pecho con toda la fuerza y el cariño desesperado que guardé durante una década de soledad y muerte.

Cassian se quedó tieso como una estatua. Sus bracitos no se movían. No entendía lo que estaba pasando. Para él, su madre era una jueza despiadada que solo evaluaba su valor según los elogios que recibiera del Emperador. Sentir mi calor, mis manos acariciándole la espalda y el latido desbocado de mi corazón contra su oreja lo dejó mudo de la sorpresa.

—Ya basta, mi pequeño —le susurré al oído, mientras mis lágrimas caían sobre el cuello de su traje—. No tienes que memorizar nada más. Ya no.

—¿Madre? —preguntó con un hilito de voz, sin comprender una sola palabra.

—No te voy a encerrar. No te voy a castigar y jamás volveré a dejarte sin cenar —le dije con voz firme, separándome apenas unos centímetros para tomar su carita pálida entre mis manos y limpiarle las lágrimas secas con los pulgares—. Te equivocaste en una línea y manchaste un pedazo de papel. No pasa nada, mi amor. Es solo tinta. Nadie va a hacerte daño por eso.

Cassian abrió sus enormes ojos amatista como platos. La sorpresa pura en su rostro infantil me rompió el corazón en mil pedazos. ¿Tanto miedo le había metido en el cuerpo para que unas palabras de afecto básico le sonaran a un milagro imposible?

—¿De verdad… no estás enojada conmigo? —preguntó en un susurro, con los labios temblorosos.

—No estoy enojada contigo. Nunca más voy a exigirte que seas un monstruo para agradarle a nadie en este palacio —le prometí mirándolo fijamente a los ojos, asegurándome de que entendiera que hablaba con total verdad—. Desde hoy, solo tienes que ser mi hijo. Nada más que mi hijo.

En ese momento, escuché unos pasos suaves y cautelosos cerca de la entrada de la biblioteca. Levanté la mirada sobre el hombro de Cassian.

De pie entre las estanterías de libros estaba Rosalind. Tenía doce años, vestía un vestido sencillo color marfil y apretaba contra su pecho un bastidor de madera con un bordado a medio terminar. Me observaba con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, con el mismo miedo palpable que su hermano.

«Mi niña hermosa… la que sacrifiqué como una mercancía para comprar el favor de un duque despiadado».

—Rosalind —la llamé con dulzura, extendiendo mi mano libre hacia ella—. Acércate, cariño.

La niña titubeó un instante, mirando de reojo a Marta, que permanecía en la puerta secándose las lágrimas con un pañuelo. Con pasos tímidos y desconfiados, Rosalind caminó hasta quedar a mi lado.

—Madre… ¿te encuentras bien? —preguntó en voz muy baja—. La institutriz me dijo que si no terminaba las flores de loto en el pañuelo, Su Majestad el Emperador se disgustaría al vernos en la cena…

—Que se disguste todo lo que quiera —la interrumpí con un tono sereno pero tan cortante que la niña contuvo el aliento—. A mí no me importa lo que piense Kaelen de Carlisle. Yo soy tu madre, y en este palacio mi palabra está por encima de cualquier institutriz y de cualquier banquete. Vengan aquí los dos.

Tiré de ella con suavidad y envolví a mis dos hijos en el mismo abrazo. Sentir sus cuerpos tibios, vivos y respirando a mi lado me devolvió el alma al cuerpo. Toda la pesadilla de la vida anterior se disolvió ante el calor real de mis niños.

«Están aquí. Están vivos. Y esta vez no voy a permitir que nadie los toque».

Nos quedamos así durante varios minutos. Poco a poco, el cuerpo tenso de Cassian se fue aflojando por completo. Hundió su carita en mi hombro y rompió a llorar con sollozos profundos, desahogando meses enteros de presión y miedo acumulado. Rosalind también apoyó su cabeza contra mi espalda, aferrándose con fuerza a la tela de mi bata.

El primer paso estaba dado: mis hijos ya no estarían solos frente a mi propia crueldad. Pero el verdadero peligro que los acechaba apenas comenzaba a mover sus piezas en las sombras del imperio.

1
minjoon
quede 👁👄👁👏
marcela Gimenez
muy buena historia gracias
Marlucha💋
Así que andar con cuidado Emperador porque son dos contra uno!
Marlucha💋
Pensé que la ejecutaria! y con todo y familia!
Pao Suarez
me encantó, gracias autora
Arely Castañeda
ameeee desde el principio al final
Arely Castañeda
😭😭😭😭😭
Arely Castañeda
por fin es libreeeeee🥰
Arely Castañeda
ameeee
por fin es libre y Kaelen por fin murio
Arely Castañeda
me va a dar un infarto
Arely Castañeda
me dolió sus palabras
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
Arely Castañeda
perdón pero que se muera el desgraciado de KAELEN asi Cedric será nombrando emperador y su mamá lo ayudara
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
Arely Castañeda
maldita teresa pero ya valiste 🤭
Arely Castañeda
ame esta capitulo
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre
Arely Castañeda
me da tanto coraje pobre Cassian pero me alegra que ese miedo que tenia se esta diluyendo y creo que el mismo emperador no mandara a cassian
Tania 🇨🇴✈️
Hola espero que les guste está nueva historia, como a mí me gustó escribirla
Marlucha💋: Saludos Autora!, hasta ahora esta interesante 💖
total 1 replies
Adaly Cruz cruz
👏👏👏👏👏
Tania
Me encantooo
Liseth
Inicio, fuete me gusta
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