Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 20: Arquitectura escondida
Encontré cuaderno de Tomás por accidente. No por sapo. Por accidente de verdad.
Fue el día que fui a su casa a devolverle taza de café que me había prestado y él no estaba. Puerta estaba abierta porque en campo nadie cierra puerta con llave, solo la entornan. Entré gritando Tomás, nadie contestó. Dejé taza en mesa.
En mesa había cuaderno. Cuaderno grande, de tapa negra, con elástico. No era cuaderno de cuentas de lechugas. Era otro.
No lo iba a abrir. Te juro que no lo iba a abrir. Pero tenía un dibujo asomado por borde. Un dibujo de casa. Casa linda, no casa de campo con zinc. Casa con madera y vidrio grande.
Lo abrí. Perdón pero lo abrí.
Primera página. Casa con techo curvo, con invernadero pegado. Abajo decía Casa para Elisa y Juana, para que no tengan frío en invierno, 2019.
Segunda página. Casa chica, con dos piezas, con cocina grande y con librero. Decía Casa para 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】, para que lea sin que la molesten, 2020.
Tercera página. Casa con patio interior con limonero. Decía Casa para Rosa, para que tenga donde sentarse a tomar sol, 2018.
Seguí pasando. Todas casas. Casas hermosas. Con detalles. Ventana para que entre sol en mañana, puerta baja para que gato entre, techo con caída para lluvia. Todas con nombre de gente del pueblo. Todas fechadas. Todas con letra chica de Tomás que escribe como niño pero dibuja como arquitecto de verdad.
Había como treinta casas. Treinta casas que nunca se construyeron. Porque eran dibujos nomás. En papel.
¿qué haces? Dijo voz atrás.
Era Tomás. Había entrado sin que lo escuchara con botas rosadas que no suenan clac clac en su propia casa porque conoce donde pisar sin sonar.
Me pilló con cuaderno abierto en página de Casa para Noah. Casa que no había visto antes porque estaba al final. Casa chica, con estufa al medio, con dos sillones, con ventana grande mirando a invernadero, con pared de libros. Abajo decía Casa para Noah, para que no se vaya, 2024. Este año.
Me puse rojo.
Yo... vine a devolver taza, dije.
¿Y por qué abres mi cuaderno?
No quería. Se abrió solo. Vi dibujo asomado.
Tomás me quitó cuaderno con cuidado, no con rabia. Lo cerró.
No es nada, dijo. Son tonteras que hago cuando no puedo dormir.
¿Tonteras? Dije. ¿Casa para Rosa? ¿Casa para Elisa? ¿Casa para mí? ¿Eso es tontera?
Sí, dijo. Tontera porque nunca las voy a construir. Son sueños nomás.
¿Por qué nunca las vas a construir?
Porque no soy arquitecto. No estudié. No tengo plata. No tengo título.
¿Y qué importa título si sabes dibujar casas hermosas? Dije. Esta casa para mí... ¿la dibujaste este año?
Sí, dijo bajito mirando suelo. La dibujé cuando llegaste. Porque vi que tu casa se llueve y pensé que si tuvieras casa con techo curvo no se llovería y con ventana grande podrías ver tomates desde cama.
Me quedé con eso. Casa para que no me vaya. Dibujada cuando llegué.
Tomás, dije, ¿por qué no estudiaste arquitectura? Tú sabes. Todos dicen que eras bueno en colegio.
Tomás se sentó en su cama que era de madera hecha por él mismo.
Porque mi papá me dijo que si quería estudiar arquitectura tenía que irme de acá y no volver más con mariconadas, dijo. Así me dijo. Mariconadas. Y me dijo que si me iba no me iba a pagar nada y que no volviera.
¿Y qué hiciste?
Me quedé. Trabajé con él en campo un año pero me pegaba y me decía cosas y me fui a lo de Rosa. Rosa me dejó dormir en bodega. Y después me prestó plata para hacer invernadero chico. Y ahí me quedé. Sembrando lechuga en vez de casas.
Me senté al lado de él en cama de madera.
¿Te gusta sembrar lechuga? Pregunté.
Sí, dijo. Me gusta. Pero me gusta más dibujar casas. Cuando dibujo casa siento que estoy construyendo algo que no se come pero que abriga igual que lechuga abriga estómago.
¿Puedo ver de nuevo cuaderno? Pregunté.
Tomás dudó pero me lo pasó. Abrí en Casa para Noah.
¿Puedo quedarme con este dibujo? Pregunté.
No, dijo rápido. Es feo. No está terminado.
Está hermoso, dije. Tiene ventana grande mirando invernadero. Y estufa al medio. Y dos sillones. ¿Por qué dos sillones?
Porque uno para ti y uno para mí, dijo Tomás rojo como tomate. Para cuando me invites a tomar té y no tengas panqueques quemados.
Me reí. Con ganas.
¿Y cuándo me ibas a mostrar este dibujo? ¿Nunca?
Nunca, dijo. Era para mí nomás. Como todas. Las dibujo y las guardo y nadie las ve. Solo Rosa vio algunas una vez y me dijo que eran hermosas y que algún día las iba a construir aunque sea chiquititas.
Rosa vio, dije. ¿Y qué te dijo?
Me dijo que yo era arquitecto aunque no tuviera título. Que arquitecto es el que abriga gente con casa, no el que tiene papel.
Me quedé con cuaderno en manos. Con treinta casas que abrigaban gente en papel pero no en realidad.
Tomás, dije, ¿y si construimos una? Aunque sea chica. Con madera reciclada. Con barro. Como abrigo mío. Casa de barro.
¿qué casa?
Esta, dije levantando dibujo de Casa para Noah. Construimos esta. Entre los dos. Con plata de tomates y con ayuda de Sofía.
¿Estás loco? Dijo Tomás. No tenemos plata para construir casa. Y yo no sé construir casas de verdad, solo dibujar.
Yo tampoco sé hacer panqueques y los hice, dije. Quemados pero los hice. Y tú me enseñaste a dar vuelta. Capaz si construimos casa nos queda chueca pero queda.
Tomás me miró. Con ojos brillantes un poco. Como si quisiera llorar pero no.
¿De verdad quieres construir casa que dibujé para ti?
Sí, dije. Quiero casa con ventana grande mirando invernadero y con dos sillones y con estufa al medio. Y quiero que la construyamos con madera que encontremos y con barro de acá.
¿Y si se cae?
La arreglamos. Como tejado con nido de golondrinas que no sacamos aunque se llueva.
Tomás tomó cuaderno, lo abrió en Casa para Noah, lo miró largo rato.
Está mal dibujada, dijo. Le falta medida.
No importa, dije. La medimos juntos.
Esa tarde no construimos nada. Solo miramos dibujos. Los treinta dibujos. Cada uno con nombre. Casa para Elisa que tiene frío, casa para Juana que tiene gatos, casa para Sofía que lee mucho, casa para Rosa que quería sol.
Y entendí que Tomás había construido pueblo entero en papel porque no podía construirlo en realidad. Que había abrigado a todos con dibujos porque no tenía plata para abrigarlos con casas de verdad.
Y que ahora me había dibujado casa a mí para que no me fuera. Con dos sillones.
Le devolví cuaderno. Me paré para irme.
¿Me prestas cuaderno? Pregunté en puerta. Solo esta noche. Para mirar casa para mí.
Sí, dijo. Pero no lo rayes. Y no lo muestres a nadie.
No lo muestro, dije. Solo lo miro yo.
Me fui a mi casa con cuaderno negro con elástico en mano, con botas rosadas clac clac, con dibujo de casa para que no me vaya en cabeza.
Y esa noche miré casa para Noah hasta que me dormí. Con ventana grande mirando invernadero y con dos sillones y con estufa al medio que no se apaga nunca.