un romance entre un mafioso y un femboy
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UNA LLAMADA A MEDIANOCHE
Había pasado casi un año desde que Dante y Adrián habían conseguido dejar atrás definitivamente el mundo de la mafia.
Su vida se había vuelto tranquila. Quizás demasiado tranquila, a veces casi silenciosa. Las paredes de su casa ya no escuchaban pasos apresurados ni conversaciones susurradas con urgencia. Solo se oía el viento que golpeaba suavemente las ventanas por las tardes, el sonido de la lluvia sobre el techo y, de vez en cuando, la risa de ambos cuando recordaban alguna anécdota absurda del día. No había guardias en las esquinas, ni coches que aparecieran en el retrovisor, ni cartas sin remitente esperando sobre la mesa al despertar. Solo ellos dos, el café de las mañanas y la certeza de que, por fin, podían respirar.
Dante había conseguido trabajo administrando una pequeña empresa familiar de contabilidad, algo sencillo, ordenado, lejos de los negocios turbios y las decisiones que costaban vidas. Al principio le costó; acostumbrarse a horarios fijos, a documentos que solo trataban con números y no con destinos, a personas que le hablaban sin miedo ni doble intención. Pero cada día que pasaba se sentía más parte de ese mundo normal que tanto había anhelado. Adrián, por su parte, había vuelto a trabajar en aquella cafetería donde se conocieron. El olor a granos tostados, el ruido de las tazas y las charlas con los clientes le devolvían una sensación de pertenencia que creyó haber perdido para siempre. Por primera vez en mucho tiempo, podían caminar por la ciudad sin mirar constantemente detrás de ellos.
Aquella noche estaban cenando juntos. La luz era tenue, la mesa estaba puesta con cuidado y el silencio entre ellos era agradable, no vacío.
—¿Sabes qué? —dijo Adrián, dejando el cubierto sobre el plato y mirándolo con una sonrisa tranquila—. Creo que nuestra vida se está volviendo aburrida.
Dante levantó una ceja, con esa media sonrisa que solo Adrián lograba sacarle.
—¿Eso es algo malo?
—No —Adrián rió suavemente—. Después de todo lo que vivimos, creo que me gusta. Me gusta esta clase de aburrimiento. Es… seguro.
Dante tomó su mano por encima de la mesa. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad, como si siempre hubieran estado destinados a encajar así.
—A mí también. Más de lo que te puedes imaginar.
Entonces sonó el teléfono.
El tono fue seco, insistente, rompiendo la calma de la habitación como una piedra que cae al agua. Dante miró la pantalla. Número desconocido. No era un número bloqueado ni privado; simplemente no aparecía registrado, y eso, para alguien con su pasado, era mucho más inquietante.
Contestó, poniéndose de pie lentamente.
—¿Sí?
Durante varios segundos no respondió nadie. Solo se escuchaba un silencio pesado, como si alguien estuviera respirando al otro lado, esperando el momento justo para hablar. Entonces una voz distorsionada, grave y metálica, atravesó el auricular.
—Dante Valenti.
Dante se puso completamente serio. Su respiración se detuvo por un instante. Hacía casi un año que nadie pronunciaba ese apellido en voz alta, al menos no de esa manera.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce tu verdadero apellido. Alguien que sabe quién eres realmente y de dónde vienes.
Dante se quedó inmóvil. Sentía cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza, golpeando contra sus costillas como si intentara escapar. Adrián lo observó desde la mesa, notando el cambio en su postura, la tensión repentina que recorrió su cuerpo. Se levantó y se acercó despacio.
—¿Qué ocurre? —preguntó en un susurro.
La voz al otro lado continuó, ignorando la pregunta de Adrián:
—Creíste que podías huir. Creíste que con cambiar de nombre, de ciudad, de vida, podías enterrar todo lo que eres. Creíste que habías enterrado tu pasado.
Dante apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Mi pasado terminó. Cerré esa puerta y no pienso volver a abrirla.
—No —dijo la voz, con una calma aterradora—. Las puertas que se construyen con sangre nunca se cierran del todo. Solo esperan el momento adecuado para volver a abrirse por sí solas.
La llamada terminó.
Dante dejó el teléfono sobre la mesa, como si el aparato le quemara las manos. Se quedó mirándolo, con la respiración entrecortada, sintiendo cómo la tranquilidad que habían construido ladrillo a ladrón comenzaba a desmoronarse con una sola frase.
Adrián se acercó más y puso una mano sobre su hombro.
—¿Quién era?
Dante tardó en responder. Buscó sus palabras, pero le costaba encontrarlas entre el miedo y la incertidumbre.
—No lo sé. No reconozco esa voz. No pertenece a nadie que yo conozca.
—Pero sabes qué quiso decir —dijo Adrián, no como una pregunta, sino como una certeza.
Dante asintió lentamente, sin apartar la mirada del teléfono.
—Sí. Quiere decir que alguien ha encontrado información que nunca debería haber existido. Documentos, nombres, vínculos… cosas que creí destruidas para siempre. Alguien ha estado investigando. Y no lo hace por casualidad.
Adrián sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda, pero no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más.
—¿Tenemos que preocuparnos?
Dante lo miró a los ojos. Vio en ellos miedo, sí, pero también confianza. Confianza en él. Y eso le dio la fuerza que le faltaba. Tomó su mano con firmeza.
—Esta vez no voy a esconderte nada. No voy a intentar resolverlo todo solo, ni alejarte para "protegerte". Si el pasado ha vuelto a llamar a nuestra puerta, lo enfrentaremos juntos. Como siempre debimos hacerlo.
En ese preciso instante, el teléfono vibró sobre la madera. Un mensaje.
Dante lo tomó con cuidado, casi con temor, y lo abrió.
Era una fotografía. Una imagen antigua, algo borrosa, en blanco y negro desgastado. En ella aparecía un hombre joven, de expresión seria y mirada firme. Era su padre. Dante no lo había visto en décadas, pero lo reconoció al instante. Debajo de la imagen, escrito con letras simples y claras, había una sola frase:
"La historia de los Valenti todavía no ha terminado."
Dante sintió que el pasado, ese que creía haber dejado muy lejos, acababa de cruzar la puerta de su casa sin llamar. Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía con certeza si serían capaces de cerrarla de nuevo. Pero miró a Adrián, que lo esperaba de pie a su lado, y supo que, pase lo que pase, no tendría que hacerlo solo.