EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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El mejor regalo de mi vida….?
El día de su cumpleaños número dieciocho amaneció con un cielo despejado.
Isabella se despertó antes de que sonara la alarma.
Sonrió al recordar la fecha y se levantó de un salto.
Su madre había organizado una fiesta en casa. Habría familiares, amigos, música, comida y, por supuesto, Mateo había insistido en invitar a todos sus conocidos.
Entre ellos, Nicolás.
Especialmente Nicolás.
—¡Feliz cumpleaños, mi niña!
Su madre entró en la habitación con una bandeja de desayuno.
Isabella la abrazó y recibió sus felicitaciones con una sonrisa radiante.
—¿Ya llegó alguien?
Su madre la miró con expresión sospechosamente divertida.
—Son las ocho de la mañana, cariño.
—Solo preguntaba.
—Por supuesto.
Isabella se escondió bajo las sábanas mientras su madre se reía.
A media mañana, recibió mensajes de sus amigas, regalos de sus familiares y una llamada de su abuela.
Pero cada vez que su teléfono vibraba, esperaba encontrar un mensaje de Nicolás.
No llegó ninguno.
Intentó convencerse de que estaría ocupado.
A las cuatro de la tarde, comenzó a arreglarse.
Eligió un vestido que había comprado semanas atrás: delicado, de un tono azul claro, ajustado a la cintura y con una falda que se movía suavemente al caminar.
Se dejó el cabello suelto, se maquilló con cuidado y se puso un perfume que sabía que a Nicolás le gustaba.
Cuando terminó, se contempló frente al espejo.
Estaba bonita.
No lo pensó con vanidad, sino con una emoción que le calentó las mejillas.
Quería que él la mirara y, por una vez, no viera a la niña que siempre corría detrás de su mejor amigo.
Quería que viera a una mujer.
A ella.
—¡Isabella! —gritó Mateo desde el pasillo—. ¡Baja de una vez! ¡La gente está llegando!
—¡Ya voy!
Antes de salir, se miró una última vez en el espejo.
Aquella noche cumpliría dieciocho años.
Y quizá, por fin, comenzaría la historia que llevaba toda su vida imaginando.
La casa estaba llena cuando Isabella bajó las escaleras.
Las luces del jardín iluminaban las mesas, la música sonaba desde los altavoces y sus familiares la recibieron con felicitaciones y abrazos.
Mateo fue el primero en verla.
—Vaya, vaya…
Isabella le dio un golpe en el brazo.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
Su hermano sonrió y la abrazó.
—Feliz cumpleaños, enana.
—Gracias.
—Y deja de mirar la puerta cada cinco segundos. Vas a asustar a los invitados.
Isabella se separó de él de inmediato.
—¡No estoy mirando la puerta!
—Claro que no.
—Mateo, te odio.
—Lo sé, hermanita.
Se rio y la dejó con sus amigas.
Durante la siguiente hora, Isabella intentó disfrutar de su fiesta.
Bailó, se tomó fotografías y abrió algunos regalos.
Pero cada vez que escuchaba una voz masculina parecida a la de Nicolás, giraba la cabeza.
Hasta que, finalmente, él llegó.
Lo reconoció incluso antes de verlo por completo.
Llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas, pantalones negros y esa sonrisa despreocupada que parecía acompañarlo a todas partes.
Saludó a algunos invitados y chocó el puño con Mateo.
Después buscó a la cumpleañera.
Cuando sus miradas se encontraron, Nicolás sonrió.
—Mira nada más. ¿Dónde está la niña que hace unos años lloraba porque no la dejábamos jugar a la consola?
Isabella sintió que las mejillas le ardían.
—Esa niña ya creció.
Él la recorrió con la mirada, sin detenerse demasiado en ningún lugar.
—Eso parece.
Le dio un beso en la mejilla y la abrazó brevemente.
Para Nicolás, era un gesto de cariño hacia la hermana de su mejor amigo.
Para Isabella, aquel contacto bastó para que se le olvidara todo lo que había querido decirle.
—Feliz cumpleaños, Isa.
Ella sonrió.
—Gracias por venir.
—No me lo habría perdido.
Aquellas palabras hicieron que su corazón se acelerara.
Nicolás se apartó para saludar a otras personas.
Isabella permaneció inmóvil unos segundos, tocándose la mejilla donde él la había besado.
Su madre, que había observado la escena desde una mesa cercana, intercambió una mirada con su marido.
Mateo también lo notó.
Y, aunque nadie dijo nada, todos conocían demasiado bien a Isabella para no comprender lo que esperaba de aquella noche.
Quizá Nicolás le pediría hablar a solas.
Quizá cumpliría su promesa.
Quizá, al fin, su pequeña se llevaría la sorpresa que tanto había deseado.
Nadie imaginó lo que ocurriría después.
A las once y cuarenta y siete de la noche, Isabella estaba conversando con una prima cuando sintió vibrar su teléfono.
Lo sacó del pequeño bolso que llevaba colgado del hombro.
Tenía un mensaje de un número que conocía de memoria.
Nicolás.
Se le aceleró el corazón.
Abrió la conversación.
Sube a la habitación de Mateo. Tengo tu regalo.
Isabella dejó de escuchar la música.
Lo leyó una vez.
Después otra.
Su rostro se iluminó con una sonrisa que no pudo contener.
—¿Qué pasó? —preguntó su prima.
—Nada.
Guardó el teléfono y trató de disimular la emoción.
Pero sus manos temblaban.
Había llegado el momento.
Durante meses había imaginado aquella escena. Había pensado en las palabras que podría decirle, en cómo reaccionaría si él se acercaba para besarla y en la posibilidad de que, finalmente, le confesara que también la quería.
Miró hacia donde estaba su madre.
Después hacia Mateo, que discutía amistosamente con uno de sus primos.
Nadie parecía prestarle atención.
Perfecto.
No quería que nadie los interrumpiera.
Subió las escaleras con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía pensar.
Al llegar al pasillo, se detuvo frente a la habitación de su hermano.
La puerta estaba cerrada.
Isabella sonrió nerviosamente.
Se acomodó el vestido, respiró hondo y apoyó la mano en el picaporte.
—Feliz cumpleaños para mí —susurró.
Y abrió la puerta.
Al principio, no entendió lo que estaba viendo.
La habitación estaba iluminada por una pequeña lámpara. Había ropa tirada en el suelo y las sábanas estaban revueltas.
Nicolás estaba en la cama.
Con una chica.
No una desconocida.
No una mujer a la que Isabella pudiera olvidar al día siguiente.
Era Valeria Montes, una antigua compañera de su escuela.
La misma que se había burlado de ella durante años por estar enamorada de Nicolás.
La misma que una vez le había preguntado delante de toda la clase si pensaba seguir esperándolo hasta que él cumpliera cuarenta años.
La misma que ahora estaba en la cama con él.
Desnudos bajo las sábanas.
Isabella sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
No pudo hablar.
No pudo moverse.
Solo miró.
Nicolás fue el primero en reaccionar.
—¿Isabella?
Su expresión cambió al reconocerla.
Se incorporó rápidamente, tomando la sábana para cubrirse.
Valeria, en cambio, no pareció tan sorprendida.
Y entonces Isabella lo entendió.
El mensaje.
La invitación.
La habitación.
Todo.
—¿Qué…? —Su voz salió tan débil que tuvo que intentarlo otra vez—. ¿Qué estás haciendo?
Nicolás se pasó una mano por el cabello.
—Isa, espera.
Ella negó con la cabeza.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Me dijiste que me darías el mejor regalo de mi vida.
Él se quedó inmóvil.
Durante un instante, pareció recordar aquella conversación en la cocina.
Pero no respondió.
No supo qué decir.
Y ese silencio fue suficiente para destrozarla.
Valeria se acomodó sobre la almohada y la miró con una expresión que Isabella jamás olvidaría.
—No sabía que ibas a subir tan pronto.
Isabella la miró.
—Tú me mandaste el mensaje.
Valeria se encogió de hombros.
—¿Y?
Aquella única palabra le hizo comprender que no había sido un accidente.
La había llamado para que los encontrara.
Había querido que viera aquello.
En su cumpleaños.
En su casa.
En la habitación de su hermano.
Isabella volvió a mirar a Nicolás, esperando que dijera algo. Que le explicara que no sabía nada del mensaje, que le pidiera perdón, que hiciera cualquier cosa que pudiera aliviar, aunque fuera un poco, el dolor que le oprimía el pecho.
—¿Sabías que ella me había escrito? —preguntó.
—No. Valeria me dijo que quería hablar contigo.
Era posible que dijera la verdad.
Pero Isabella ya no podía confiar en nada de lo que escuchaba.
—Claro —murmuró.
Se llevó una mano al pecho, intentando controlar la respiración.
Había pasado años rechazando invitaciones, guardándose sentimientos y esperando el momento en que él finalmente la eligiera.
Mientras tanto, Nicolás había seguido viviendo como siempre.
Y ahora estaba allí, en la misma cama en la que ella había imaginado tantas veces su primer beso, con otra mujer entre sus brazos.
—Isabella, no hagas esto más difícil —dijo él.
Ella lo miró.
Y por primera vez en su vida, no vio al chico perfecto del que se había enamorado.
Vio a un hombre que no comprendía el daño que acababa de causarle.
—¿Hacer qué? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Arruinarte la noche?
—No he dicho eso.
—No, claro que no.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
Isabella se la limpió rápidamente.
No quería llorar delante de ellos.
No quería darles esa satisfacción.
—Hoy cumplo dieciocho años, Nicolás.
Él apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Y yo de verdad creí que…
No pudo terminar.
La vergüenza fue más fuerte que las palabras.
Bajó la mirada hacia su vestido, el mismo que había elegido pensando en él, y sintió unas ganas terribles de arrancárselo.
De borrar aquella noche.
De regresar a la mañana, cuando todavía creía que cumplir dieciocho años sería algo maravilloso.
—Feliz cumpleaños para mí —susurró.
Después se dio la vuelta y salió de la habitación.
—¡Isabella, espera!
Escuchó a Nicolás llamarla, pero no se detuvo.
Bajó las escaleras con los ojos llenos de lágrimas y atravesó el jardín sin mirar a nadie.
Su madre fue la primera en verla.
—Cariño, ¿qué pasa?
Isabella negó con la cabeza.
—Quiero irme a mi habitación.
—Pero, mi vida…
—Por favor, mamá.
La mujer la abrazó al ver su rostro.
Isabella se aferró a ella y rompió a llorar.
No le contó nada.
Todavía no podía.
Desde el jardín llegó la voz de Mateo, preguntando dónde estaba su hermana.
Después se escucharon pasos apresurados.
Pero Isabella ya no quería ver a nadie.
Subió a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama.
El teléfono seguía en su mano.
Abrió la conversación con Nicolás y contempló el mensaje que la había llevado hasta aquella habitación.
Sube a la habitación de Mateo. Tengo tu regalo.
Lloró hasta que le dolieron los ojos.
Lloró por el beso que nunca recibió, por las experiencias que había postergado y por la niña que había sido, aquella que creía que amar a alguien durante tantos años significaba que algún día sería correspondida.
Y, sobre todo, lloró porque no sabía cómo dejar de amarlo.
Afuera, su familia comenzaba a descubrir que algo terrible había ocurrido.
Arriba, en la habitación de su hermano, Nicolás seguía sentado en la cama, mirando la puerta por la que Isabella había desaparecido.
Todavía no comprendía del todo lo que acababa de hacer.
No sabía que su mejor amigo dejaría de hablarle.
No sabía que los padres de Isabella no volverían a recibirlo con la misma calidez.
Y mucho menos sabía que aquella chica que había estado enamorada de él desde los siete años se marcharía de su vida durante tres años.
Solo sabía que Isabella había llorado.
Y que, por primera vez, verla llorar no le había parecido una simple rabieta de la hermanita de Mateo.
Pero aún no entendía por qué.
Todavía no.