Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Estoy a punto de enloquecer
El repique insistente del teléfono rasgó la tensa calma de la sala de juntas. Lucían, con el ceño fruncido, se disculpó con los socios y atendió la llamada. La voz grave al otro lado de la línea pertenecía al detective privado.
— Señor Drax, tengo noticias sobre la señora Estela Rudolf —comenzó el detective, sin rodeos—. Ha desaparecido. Los empleados de su casa no la han visto en algunos días; su esposo es el único que habita la mansión, pero él no ha hecho ningún reporte de desaparición.
El mundo de Lucian se tambaleó; su mente estaba en un limbo. La reunión ya no importaba.
— Disculpen, pero debo irme. Asuntos personales urgentes —anunció con una frialdad que heló a los presentes y se dirigió de inmediato a su oficina.
— Desapareció... Busca pruebas de una posible muerte. Estela no está viva; investiga a su esposo. Si tu esposa desaparece, lo primero es llamar a la policía y hacer un reporte. Ese hombre esconde algo.
— Las circunstancias de su ausencia actual son extrañas. No es una huida. Parece que la tierra se la tragó.
Lucian sintió un escalofrío recorrer su espalda. Agradeció al detective y colgó; rápidamente marcó el número de su hermano.
— Marcus, ¿estás en el laboratorio? —la voz de Lucian era tensa, sin espacio para preámbulos.
— Siempre, hermano. ¿Pasa algo? Suenas alterado.
— Estela ha desaparecido. El detective privado me acaba de informar. Necesito verte ahora mismo en tu laboratorio.
— ¿Desaparecida? No he escuchado ninguna noticia al respecto… Vale, ven, te espero.
Minutos después, Lucían irrumpió en el laboratorio de Marcus, un santuario de probetas burbujeantes, microscopios y el tenue zumbido de equipos futuristas. Marcus, con su bata blanca arrugada y gafas en la punta de la nariz, levantó la vista sin decir nada.
Lucían se desplomó en una silla, pasándose las manos por el cabello.
— Estoy a punto de enloquecer. Esto solo alimenta mis dudas, Marcus. Dime... ¿Es posible que el alma de Estela haya reencarnado en... Bárbara? ¿La desaparición de Estela coincide con los cambios de mi esposa?
Marcus se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
— Lucían, como científico, debo ser honesto: es sumamente improbable. La reencarnación, en la forma que tú la presentas, con el alma saltando de un cuerpo a otro en un período de tiempo extremadamente corto, es una teoría al borde de lo místico. Pero incluso si existiera, los cuerpos suelen requerir una compatibilidad, una sincronización. Estela y Bárbara eran... muy diferentes. No solo en edad, sino en constitución, en cada detalle biológico, en personalidad; no tendrían compatibilidad para ocupar el cuerpo de la otra.
— Pero sus gestos y acciones, Marcus. No puede ser una coincidencia —insistió Lucian, con una nota de desesperación en su voz.
— La mente es un terreno complejo, hermano. A veces, proyectamos nuestros deseos y miedos en los demás. Y tú, Lucian, anhelas respuestas, anhelas a Estela —Marcus se acercó y le puso una mano en el hombro.
— Escúchame. Lo más sensato, desde mi perspectiva, es que te olvides de Estela. Céntrate en Bárbara. Conócela. Sin prejuicios, sin buscar fantasmas del pasado en ella.
Lucian lo miró fijamente, con los ojos llenos de una mezcla de angustia y resignación.
— ¿Crees que si la conozco mejor, mis dudas se disiparán, verdad?
— Por supuesto. Si pasas tiempo con ella, si te abres a su verdadera personalidad, a quién es ella ahora, verás que la compatibilidad, la conexión que sientes, es real. Y no necesita ser la conexión de un alma reencarnada para ser profunda y significativa. Así calmarás tus dudas, de una forma u otra.
Lucian suspiró profundamente. — Quizás tengas razón. — Se puso de pie, su semblante aún sombrío.
— Gracias, Marcus. — Sin añadir una palabra más, Lucian se giró y abandonó el laboratorio, dejando a Marcus sumido en sus pensamientos, los diagramas y ecuaciones olvidados por un momento.
Cuando la puerta se cerró con un suave "clic", la atmósfera del laboratorio cambió. Una figura apareció de las sombras de un rincón: una mujer rubia, alta y esbelta, con una mirada penetrante y una elegancia que desafiaba el entorno científico. Llevaba un vestido ajustado de un color azul eléctrico que destacaba su figura.
—Ves que puedes mantenerte al margen, Marcus —dijo la mujer con una voz suave; sus ojos azules brillaban con una intensidad inusual.
Marcus se sobresaltó ligeramente.
—Sabes que no es tan sencillo, Aurora. Es mi hermano y esta confusión lo tiene sufriendo.
Aurora se acercó lentamente, con el porte de una emperatriz.
—La confusión es parte del proceso, ¿no crees? Y no es tu lugar interferir en su proceso. Te lo he dicho antes. Es sencillo: no te metas en la vida de ellos.
—Mi hermano no es como yo, Aurora. Él se está volviendo loco con todo esto y, más ahora que Estela desapareció, sus dudas se disparan.
Una sonrisa enigmática apareció en los labios de Aurora.
—Esa alma... sabe muy bien por qué está ocultando información. Créeme. Hay razones más allá de tu comprensión científica, Marcus —se detuvo justo frente a él, su perfume embriagador llenando el aire—. No te metas en sus asuntos si quieres saber más de mi mundo.
Aurora se inclinó ligeramente, susurrándole al oído antes de enderezarse. Luego, con la misma gracia con la que había aparecido, se disolvió en las sombras, dejando a Marcus solo una vez más, con la mente abrumada por sus palabras. La ciencia, a veces, se tambaleaba ante lo inexplicable.
Marcus había conocido a Aurora cuando investigaba a Bárbara. Aurora hizo un trato con él que no podía rechazar, por lo cual tenía que dejar a su hermano solo en esto.