En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 021
Mi hermano enviaría un coche por mí. Estando ya listo para marcharme, miré a mi alrededor; no había notado lo miserable que se veía este lugar. No quedaban señales de mi paso por aquí. El apartamento no tenía un solo cambio hecho a mi gusto; nada que gritara que me pertenecía.
Toda mi ropa cabía en una sola mochila. Detuve la vista en los accesorios que había comprado y los guardé en el fondo, justo al lado del brazalete que le quité al Jerbo. Mi hermano no tenía por qué verlo.
Cerré la puerta por última vez. Pasaría por la administración para dejar la llave.
—¿Te vas?
Fuera del pasillo me esperaba la hermana del jaguar, con el jaguar un paso por detrás de ella.
—Oí unos golpes ayer —dijo la chica, escaneando mi rostro—. ¿Ese tipo es de tu familia?
—Sí —respondí a secas.
Hurgué en mi bolsillo, saqué el teléfono nuevo y un fajo de billetes. Se los extendí al jaguar.
—Quédate con el teléfono a cambio de que le entregues este dinero al Jerbo —le indiqué—. Las disculpas sirven para expresar arrepentimiento, pero no es algo que sienta ahora mismo.
—¿Ni siquiera te sabes su nombre? —reclamó el jaguar con indignación.
Me rasqué la cara, sintiendo una repentina oleada de fastidio.
—Los nombres no significan nada para mí —solté, sin entender del todo el porqué de mi enojo.
Dejé la llave en la recepción. Abajo, un auto negro de ventanas polarizadas esperaba discretamente estacionado. Al subir, el conductor me resultó extrañamente familiar.
—El señor Gustave me ordenó llevarlo —avisó con un tono respetuoso.
—¿Eres ese tejón? —pregunté, reconociendo las cicatrices sobre su cuello.
—Ha pasado tiempo. No te ves más fuerte —resaltó mirándome por el retrovisor—. El señor Gustave preparó un buen lugar para ti.
Mi hermano tiene un gusto particular para su personal; el tejón destaca precisamente por lo temerario que es. De ahí venía su plena confianza para hablarme así, a pesar de que fui yo quien provocó las heridas que adornaban su piel. El auto arrancó, dejándome una amarga sensación en la boca.
Nunca tuve curiosidad por los negocios de mi hermano, pero era obvio que nada limpio salía de sus manos. Él no es de esos. Fui asignado a una pequeña sucursal muy lejos de la ciudad, una empresa heredada de la cual desconocía los detalles. Nada de trabajo administrativo; para lo que mi hermano dice que me preparó es, precisamente, para ocuparme de los problemas.
—¿Eres el nuevo? —se acercó un chico de mi edad con una enorme sonrisa—. Te pareces al jefe, mira que eres igualito.
Sus risas escandalosas y agudas resonaban en cada rincón de la pequeña habitación.
—¿Tú qué eres? —pregunté disgustado.
—¡Una hiena! —soltó a carcajadas, burlándose de su propia respuesta—. Eres particular, ¡igual que yo! No me desprecies, es que a los machos las hembras nos odian.
—¿No lo harán por ese escándalo que haces? —dije.
La hiena sacudió la cabeza, como si hubiera contado el mejor chiste de mi vida.
—No me hagas caso, son los nervios. Es que soy algo tímido —me palmeó la espalda con excesiva confianza—. Me llamo Banzai, pero me dicen Giggles. ¿Y tú?
—Sobek.
—¿Sin apodo? —cuestionó—. No te preocupes, yo encontraré el perfecto para ti.
Giggles era diferente a los adolescentes que vi en la escuela; nunca antes había oído risas tan huecas que resultaran contagiosas. Más tarde comprendería el porqué de sus ojeras oscuras y sus ojos cansinos.
Él me presentó al resto del pequeño equipo con el que trabajaría: un chacal llamado Bandit, un tipo bastante mezquino y poco complaciente; y un íbice, el primer herbívoro agresivo que veía en mi vida, alguien con una enorme firmeza para trazar límites.
—He oído que eres familia del jefe —soltó el chacal con desdén—. ¿Viniste a jugar con muñecas? ¿O es que el jefe envió a morir a su hermanito?
Fruncí el ceño ante la provocación.
—Tienes la lengua muy larga —escupí—. Será mejor que te la arranque.
Antes de que chocáramos en una pelea, el íbice nos separó de un simple empujón. Apreté los dientes. Ninguno aquí tenía el nivel al que yo estaba acostumbrado; todos eran fuertes. Saldría mal parado si me enfrentaba a alguien como el íbice en este momento.
—Dejen las tonterías —sentenció el herbívoro con una voz profunda—. Para el nuevo tendremos una tarea especial hoy, así que escuchen todos con atención.
—Estoy emocionado —me susurró Giggles al oído.
Matar a alguien. La información fue contundente.
Se trataba de un traidor que había delatado a un líder de sucursal con la policía. Yo era un completo ignorante respecto a estas dinámicas; no podía seguir el ritmo de la charla del íbice. Mi hermano jamás me habló de esto.
—Tenemos la ubicación a donde el protocolo de protección a testigos llevó al traidor —explicó el íbice, clavando sus ojos en mí—. Tú serás quien lo asesine, por órdenes directas del jefe. Así que será mejor que no falles.
—Dime todas las dudas que tengas —sugirió Giggles, sonriendo a mi lado.
Esa noche no dormí, atrapado entre miniclases y las charlas incesantes de la hiena. Tanta preparación metódica, planeada desde un cuartucho de mala muerte, terminó por marearme. Una cacería fría.
—¿Con qué te sientes cómodo? —me preguntó Giggles, esparciendo armas de fuego sobre la mesa—. Si te soy sincero, soy muy sensible a la sangre, ¡JAJAJA! Por eso me aseguro de dar un disparo limpio.
—Soy más de usar las manos —respondí, detallando el metal negro y pulido de las pistolas.
Al oírme, se fue a buscar una caja llena de navajas, muy variadas e innecesariamente coloridas.
—Las pedí creyendo que me vería genial, pero me di cuenta de que no sirvo para el combate cercano —contó con una punzada de tristeza—. Ve cuál se te da mejor. Tal vez te parezca difícil tu primera tarea, pero no te preocupes: Jaxx no permitirá un fracaso, así que no estés nervioso.
En un parpadeo, me encontré en el asiento trasero de un pequeño camión de verduras en medio de la noche. Entre los vaivenes suaves del vehículo, el equipo se hundía en un silencio absoluto; incluso la escandalosa hiena permanecía callada. Todos se veían enfocados.
Jaxx, el íbice, me dedicó una mirada de repaso antes de hablar.
—El traidor se encuentra dentro de una pequeña casa —indicó—. Bandit y yo nos encargaremos de los policías que protegen el exterior. Giggles neutralizará a los que resguardan el interior, y Sobek se ocupará del objetivo. ¿Está claro?
—¡Sí! —susurró Giggles, con los ojos brillando—. Ver tu cara en acción será emocionante, Sobek.
Bandit soltó un chasquido de lengua. El gesto me molestó, pero lo dejé pasar.
Jaxx y Bandit avanzaron primero por los costados. Giggles y yo nos colamos por la parte trasera de la casa. Seguí los pasos ágiles de la hiena, cuya expresión helada en ese momento no tenía nada que ver con el Giggles bromista de unas horas antes. Disparó con silenciador a la cerradura e ingresó como una serpiente; en segundos, vi caer a los policías como insectos, todos con una bala perfecta en la frente.
Mi ritmo cardíaco se aceleró. Era imposible no hacerlo ante semejante despliegue; apenas parecía real que esos hombres estuvieran muertos.
Giggles me señaló el pasillo hacia la habitación principal. El camino estaba libre.
Caminé con pies de pluma. Abrí cuidadosamente la puerta, pero el hombre parecía estar esperándome: me lanzó un jarrón directo a la cara. Esquivé el golpe. No era un tipo fornido, pero se movía como un gusano por la habitación para evitarme, intentando incluso lanzarse por la ventana. Lo jalé con fuerza hacia el suelo y, de un solo corte preciso, rasgué la vena que más sangre transporta.
Me quedé suspendido en un limbo efímero. Esta era la primera muerte provocada por mis manos; nunca antes me había enfrentado a un mamífero con la pura intención de acabar con su vida.
La sangre salía a borbotones. No era una simple hemorragia nasal; no era una pelea callejera que me traería el miedo de un grupo de chicos. Moví los dedos consecutivamente, sintiendo la textura, solo para asegurarme de que tenía el control de la muerte entre mis manos. Sentí que cruzaba una línea invisible. Una de la que no había posibilidad de regresar.
Es obra de mi hermano, pensé. Él había cosificado tanto la existencia de los mamíferos en mi cabeza que ni siquiera la muerte que acababa de infligir me pesaba en el pecho con culpa. ¿Así es como debe ser? ¿Es para esto para lo único que soy útil?
Un ruido repentino provino del baño. Me levanté y abrí la puerta de golpe.
Un grito de horror me recibió.
Había una mujer. ¿Quién era ella? Vestía una bata de baño y sostenía un celular tembloroso entre las manos. Atrapé su cuello antes de que pudiera reaccionar y fui cerrando los dedos, escuchando cómo perdía el oxígeno. Su cuello era pequeño y frágil. De nuevo, mi corazón latió de golpe.
No sentí un éxtasis profundo. No ataqué con ira. Al ser un acto tan planeado y frío, el resultado me pareció desabrido; no es que deseara expirar una vida, simplemente lo hacía.
Al cesar sus signos vitales, la acomodé en la bañera y me arrodillé a su lado. Me quedé observando cómo se veía la muerte: tranquila y apacible. Ni siquiera durmiendo podría yo conseguir una sensación así. Su piel se volvió pálida rápidamente; al tocar sus mejillas, noté lo rápido que el frío reclamaba su cuerpo.
Allí sentado, no sentí correr el tiempo. El rostro de la mujer era delicado; era muy joven.
—¿Terminaste?
Giggles entró a la habitación, evaluando al detalle mi trabajo. Me encontró ahí, estático, admirando un cadáver.
—No es la reacción que esperaba —admitió la hiena, desanimada—. Me estás dando miedo.
—¿Cómo te sientes tú al matar a alguien? —le pregunté en voz alta, sin apartar la mirada.
—Fue lo peor que pude haber hecho en mi vida —confesó de golpe, perdiendo toda su gracia—. ¡Apúrate y ven! Terminaste tu tarea con éxito e incluso saliste ileso.
El resto de la semana estuve atrapado, bailando en el laberinto de mis propios pensamientos.
—Oye —llamó Bandit un día, con su malhumor de siempre—. ¿No vas a comer? ¿O es que matar a alguien te quitó el apetito por completo?
Alcé la vista despacio.
—Tengo consideración con ustedes —respondí—. Por eso no como cuando están cerca.
—No seas ridículo —se quejó el chacal—. A Giggles le gusta la pizza con piña y Jaxx vive a base de ensaladas. ¿Crees que eres especial o algo así?
Suspiré. Bandit era un maldito entrometido.
A la hora de la cena me serví un tazón repleto de intestinos y sesos. En el refugio donde vivíamos, una vieja estructura descuidada, ni siquiera había una mesa para sentarse; todos comíamos en el suelo.
De inmediato, capté las miradas extrañas e incrédulas de los demás sobre mi plato.
—¿Qué mierda haces? —soltó Bandit, arrugando el hocico—. ¿Quieres hacernos vomitar? No tenemos cocina funcional, ¿dónde demonios piensas preparar esas tripas?
No respondí. Simplemente tomé los trozos crudos y comencé a metérmelos a la boca, masticando con total libertad.
—No puede ser... —soltó Giggles, abriendo los ojos de par en par—. ¡Jaxx! ¡Se está comiendo las tripas completamente crudas!
—¿No te enfermas con eso? —inquirió Jaxx, clavando sus ojos fijos en mí, analizando la escena con genuina curiosidad
Terminé de limpiar el tazón, pasándome la lengua por los labios, y los miré a los tres.
—Tengo una dieta estricta.