Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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La mente de un genio.
Desde que tenía memoria, Lixan De la Fuente había vivido en una especie de soledad intelectual que nadie más en el palacio parecía comprender. Era el mayor de los trillizos, el heredero con la mente más brillante que su estirpe había visto en siglos, y desde muy pequeño había descubierto algo que lo había marcado para siempre: su forma de pensar era diferente, más rápida, más profunda y mucho más compleja que la de cualquier otra persona a su alrededor. Para él, el mundo no era un lugar de reglas simples, emociones evidentes o caminos rectos; el mundo era un rompecabezas gigante, un tablero de ajedrez infinito donde cada acción tenía consecuencias que se extendían por años, donde cada palabra era una pieza que se movía y donde las personas eran sistemas de causas y efectos que él podía predecir, manipular o cambiar a su antojo.
Había aprendido a leer antes de caminar, entendido los principios de las matemáticas y la magia antigua mucho antes de que sus maestros pudieran siquiera explicárselos, y resolvía problemas que dejaban perplejos a los sabios más ancianos mientras él solo veía la solución como algo obvio, sencillo, casi elemental. Pero esa capacidad increíble tenía un precio altísimo: nadie podía seguirlo. Nadie podía alcanzarlo. Cuando hablaba de sus ideas, de sus teorías o de las conexiones que veía entre las cosas, los demás lo miraban con ojos vacíos, como si estuviera hablando en un idioma extranjero. Su padre lo amaba, sí, pero su enfermedad y su propia forma de ser le impedían entrar en esa mente compleja. Sus hermanos, aunque inteligentes y astutos, funcionaban de otra manera: Lucian actuaba por instinto y acción, Luciana por percepción y emoción. Ambos eran brillantes, pero solo Lixan vivía todo el tiempo en ese plano superior de lógica pura, de estrategia absoluta, de ver el mundo no como lo que es, sino como lo que podría ser.
Por eso se había convertido en lo que era: un niño reservado, orgulloso, a veces arrogante, que usaba su inteligencia para aburrirse, para hacer travesuras, para demostrar su superioridad y, en el fondo, para protegerse. Si nadie podía entenderlo, entonces nadie merecía conocer lo que realmente pensaba. Si todos eran más lentos, más simples, entonces él los trataría como piezas de juego. Y así había sido durante años: el genio solitario, el niño que estaba siempre un paso por delante de todos, el que creía que jamás encontraría a alguien capaz de estar a su altura.
Hasta que llegó Zamira.
Al principio, la había juzgado igual que a todos los demás. Pensó que sería una más: alguien que intentaría poner reglas sin sentido, que hablaría de deberes y tradiciones, que se enfadaría o se confundiría con facilidad y que terminaría huyendo o rindiéndose, tal como habían hecho todos los anteriores. Para él, ella era solo un nuevo desafío, un nuevo rompecabezas que resolvería en cuestión de días, o incluso horas. Pero lo que sucedió no fue lo que esperaba. No solo no había logrado derrotarla, no solo ella había desmontado todos sus planes antes de que se ejecutaran, no solo había impuesto orden sin esfuerzo… sino que, poco a poco, Lixan estaba descubriendo algo que lo aterrorizaba y lo fascinaba al mismo tiempo: ella pensaba como él. Y a veces, pensaba mejor.
Esa certeza se volvió absoluta una tarde, mientras trabajaban en la gran mesa de estudio del ala este. Habían estado revisando mapas antiguos del reino, analizado las rutas comerciales, las defensas de las fronteras y las alianzas con otras estirpes. Era un tema que a Lixan le apasionaba, porque allí todo eran sistemas, estrategias, consecuencias y poder. Mientras sus hermanos se habían aburrido y habían salido a jugar al jardín, él se había quedado, inclinado sobre los pergaminos, dibujando líneas imaginarias, haciendo cálculos mentales, construyendo en su cabeza una teoría compleja sobre cómo cambiar el equilibrio de poder en Macedonia en caso de conflicto.
Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que Zamira se había acercado por detrás, hasta que ella señaló un punto en el mapa, justo donde él estaba trazando una ruta invisible con el dedo, y dijo con voz tranquila:
—Ahí es donde falla tu planteamiento.
Lixan se quedó inmóvil. Levantó la vista lentamente, con el ceño fruncido, sintiendo esa vieja molestia de que alguien interrumpiera sus pensamientos sin entenderlos.
—¿Fallar? —repitió, con esa mezcla de orgullo y desafío que siempre usaba—. ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso entiendes lo que estoy pensando? Ni los sabios de la corte lo entienden. Es un plan perfecto. He calculado cada variable, cada distancia, cada movimiento posible. Es infalible.
Zamira sonrió levemente, se sentó a su lado y, sin pedir permiso, tomó la pluma que él tenía en la mano. Sobre el mapa antiguo, comenzó a trazar nuevas líneas, a marcar otros puntos, a conectar lugares que él había ignorado deliberadamente.
—Lo entiendo —dijo ella con naturalidad, como si fuera lo más sencillo del mundo—. Entiendo porque es exactamente lo que yo habría pensado a tu edad. Ves el reino como un tablero, ves las rutas, ves las fuerzas… pero te estás quedando en la superficie de la lógica. Estás calculando lo que debería pasar según las reglas, pero olvidas que aquí, en este mundo, la magia y la naturaleza no siempre obedecen a las matemáticas puras.
Se inclinó sobre el mapa, y sus ojos brillaron con esa misma intensidad que él sentía en los suyos cuando algo le interesaba de verdad.
—Tu plan es llevar las tropas por el Valle Estrecho para llegar más rápido a la frontera norte. Calculaste que es el camino más corto y que el terreno favorece a tu caballería. Es brillante, de verdad. Pero no tuviste en cuenta que ese valle es el lecho antiguo de un río subterráneo que cambia de curso con la luna llena. Y tampoco consideraste que las tribus de las montañas, que son aliadas solo en teoría, controlan los pasos ocultos a los lados. Si mueves el ejército como planeas, caerás en una trampa perfecta: el terreno se volverá barro en unas horas, tus hombres quedarán atascados, y los montañeses cortarán tu retaguardia sin que puedas hacer nada. Tu plan es lógico… pero incompleto.
Lixan escuchaba, con la boca ligeramente abierta, con el corazón latiéndole rápido, no de miedo, sino de emoción. Mientras ella hablaba, él iba revisando sus propios cálculos mentales, buscando los errores que ella señalaba… y descubrió, con una mezcla de incredulidad y admiración, que tenía razón. Él había visto la estructura, ella había visto las variables ocultas. Él había pensado en lo visible, ella había pensado en todo lo demás.
—¿Cómo… cómo sabes todo eso? —preguntó, y por primera vez en mucho tiempo, su voz no sonó desafiante, sino curiosa, ávida de saber más—. Nadie conoce esas cosas. Ni siquiera los generales del ejército se fijan en esos detalles. ¿Cómo lo calculaste tan rápido?
Zamira dejó la pluma sobre la mesa y lo miró a los ojos, y en su mirada ya no había tutela, ni autoridad, ni reglas. Había complicidad. Había reconocimiento mutuo entre dos mentes que funcionaban igual.
—Porque tú piensas en líneas rectas, Lixan —respondió suavemente—. Yo también lo hacía. Pero luego aprendí que la inteligencia real no es solo resolver el problema que tienes delante. Es saber qué problemas se esconden detrás de él. Tú ves la causa y el efecto inmediato. Yo veo la cadena entera, desde el principio hasta el final, y más allá. Tú eres un genio, sí… pero yo llevo toda mi vida entrenando esa mente para que no se detenga nunca.
Fue en ese momento cuando todo cambió para él. Por primera vez, alguien no le dijo que era demasiado listo para su bien, ni que dejara de pensar tantas cosas, ni que se conformara con ser un niño. Por primera vez, alguien hablaba su idioma. Alguien entendía la complejidad de sus pensamientos. Alguien no solo podía seguirlo, sino que podía ir más lejos, enseñarle, desafiarlo, ampliar los límites de lo que creía posible.
—Muéstrame —dijo Lixan, y se acercó más a la mesa, olvidando su orgullo, olvidando que ella era su tutora, olvidando todo excepto la emoción de aquella conversación—. Muéstrame cómo lo ves tú. Dime qué otras cosas se me escaparon. Quiero ver todo el sistema, tal como tú lo ves.
Desde esa tarde, algo nuevo nació entre ellos. Ya no eran solo la tutora y el alumno, ni la mujer que ponía reglas y el niño que intentaba romperlas. Se convirtieron en compañeros de pensamiento. Pasaban horas y horas juntos, inclinados sobre mapas, libros de matemáticas antiguas, tratados de magia teórica, diseños de máquinas que Zamira explicaba usando conocimientos de su vida anterior que nadie en Macedonia podía ni imaginar. Intercambiaban ideas como si estuvieran jugando un juego maravilloso: él proponía un problema complejo, ella lo desmontaba y le añadía una nueva capa de dificultad; ella presentaba una teoría, él la analizaba, la criticaba y la perfeccionaba.
Lixan descubrió, con una alegría inmensa que no había sentido nunca, que por fin no tenía que explicarse. Ella entendía por qué le gustaba desmontar relojes para ver cómo funcionaban por dentro. Ella entendía que las travesuras no eran maldad, sino experimentos para ver cómo reaccionaba la gente. Ella entendía esa sensación de tener tantas ideas en la cabeza que a veces dolía, de querer saberlo todo, de querer entender el funcionamiento de todo lo que existía.
Un día, mientras hablaban sobre cómo funcionaba la magia en relación con la energía, Lixan se detuvo de repente, lo miró y dijo con una sinceridad absoluta, sin orgullo, sin miedo:
—Siempre pensé que estaba roto. Que había algo mal en mí, porque nadie podía hablar conmigo de verdad. Todos me decían que era raro, que pensaba demasiado, que debería ser más como los demás. Y yo… yo pensaba que nadie nunca me alcanzaría. —Hizo una pausa, y sus ojos ámbar brillaron con una emoción profunda—. Pero tú sí lo haces. Tú piensas igual que yo, o incluso mejor. Y por primera vez… no me siento solo. Gracias.
Zamira le sonrió, esa sonrisa que mezclaba inteligencia y ternura, y le puso una mano en el hombro.
—Tú no estás roto, Lixan. Eres un genio. Y los genios siempre se sienten solos… hasta que encuentran a otro que habla su idioma. Ahora ya no estás solo. Y te aseguro que esto apenas empieza: tu mente es increíble, y juntos vamos a llevarla mucho más lejos de lo que tú imaginas.
En ese momento, el niño que siempre había jugado con todos como si fueran piezas de ajedrez entendió que él también era una pieza importante en algo mucho más grande. Había encontrado a su igual, a su maestra, a su compañera. Y por primera vez en su vida, Lixan De la Fuente tenía algo más que una mente brillante: tenía a alguien que de verdad lo entendía.
Muy... creativos 🙄😒