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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

—Fueron 29 minutos. Contaste mal.

Valentina se quedó inmóvil.

El número le cayó peor que el beso.

No porque fueran veintinueve minutos. Porque Santiago lo había contado. Porque mientras ella se desarmaba sobre ese sofá, él había tenido suficiente claridad para medir el tiempo y después devolvérselo como una bofetada fría.

—Qué asco —dijo.

Santiago no cambió la expresión.

—Puedes irte.

—Gracias por el permiso, señor cronómetro.

Valentina se agachó antes de que la vergüenza pudiera doblarla. Metió la mano en el bote de basura y sacó la pulsera de plata entre un pañuelo usado y el envoltorio de una botella de agua. El broche estaba doblado, pero seguía brillando.

Santiago apretó la mandíbula.

—No la uses.

Ella se la puso frente a él, tardándose más de lo necesario.

—Mira qué bien me queda.

—Valentina.

—¿Qué? ¿También llevaste cuenta de cuántos segundos tardé en abrochármela?

Santiago dio un paso, pero el dolor lo frenó. Se llevó una mano al abdomen y respiró por la nariz, corto, contenido. Valentina vio el gesto. Lo vio demasiado bien. Y aun así, la humillación le empujó la mano antes que la compasión.

Tomó el sobre de antiácido de la mesa.

—Toma tu medicina.

Se la acercó.

Santiago no la recibió.

—No cuando estás así.

Valentina soltó una risa baja.

—Ah, claro. El señor Reyes solo acepta auxilio si viene envuelto en adoración.

—No empieces.

—No. Tú empezaste cuando me besaste, contaste los minutos y luego me hablaste como si hubiera firmado un reporte de calidad.

Levantó el sobre, lo dejó caer al suelo y pisó la tableta con el tacón. El crujido pequeño sonó enorme en la suite.

Polvo blanco se abrió sobre la alfombra.

—Que te duela —dijo, con la voz temblando de rabia—. ¡Te lo mereces!

Santiago miró la medicina destruida. Después la miró a ella.

No dijo nada.

Eso la enfureció más.

—¿Qué? ¿Ahora también vas a hacerte la víctima? Pues no. No te queda. A mí no me mires así.

Él quiso apoyarse en el respaldo del sofá, pero falló por unos centímetros. La mano le resbaló. Su cara perdió color de golpe.

—Santiago.

El nombre salió antes de que Valentina pudiera impedirlo.

Él intentó enderezarse.

—Vete.

—Siéntate.

—Vete.

El cuerpo de Santiago se dobló hacia adelante. Tosió una vez. Luego otra. La tercera tos le arrancó algo oscuro de la boca que cayó sobre la palma de su mano y manchó el puño de la camisa.

Sangre.

Valentina sintió que todo el cuarto se inclinaba.

—No —susurró.

Santiago levantó los ojos hacia ella, como si odiara que lo viera así. Dio medio paso. Las rodillas no le respondieron.

Cayó.

No fue elegante. No fue de película. Su hombro golpeó la mesa, el vaso vacío rodó por la alfombra y el cuerpo de Santiago terminó de lado, una mano sobre el abdomen, la respiración rota.

Valentina retrocedió un paso.

—No es mi problema.

La frase salió automática.

No se movió.

—No es mi problema —repitió.

Santiago tosió otra vez. Un hilo rojo le manchó la comisura.

—No es mi problema.

Tres.

Valentina apretó los dedos alrededor de la pulsera de Fabián hasta que el broche le mordió la piel.

—No es mi problema.

Cuatro.

La imagen de Santiago adolescente, pálido en un salón de piano, se mezcló con el hombre en el suelo. Ella cerró los ojos.

—No es mi problema.

Cinco.

Se acordó de sus manos sosteniendo la aguja en la clínica, aunque todavía no sabía que habían sido sus manos.

—No es mi problema.

Seis.

La sangre volvió a aparecer.

—No es mi problema.

Siete.

El celular estaba en su bolsillo. Pesaba como una piedra.

—No es mi problema.

Ocho.

Santiago intentó decir algo. No pudo.

—No es mi problema.

Nueve.

Valentina sacó el teléfono con los dedos torpes.

—No es mi problema —dijo por décima vez.

Y marcó emergencias.

La voz de la operadora le pidió dirección, síntomas, edad aproximada, si el paciente estaba consciente. Valentina respondió como si leyera instrucciones en un incendio.

—Hotel Castellano, suite 1801. Hombre, veintiocho años. Dolor abdominal, vómito con sangre, alcohol ingerido, posible pérdida de conciencia. Sí respira. Sí, lo voy a poner de lado. No, no voy a darle nada por la boca.

Se arrodilló junto a Santiago y le giró el cuerpo con cuidado. Sus manos ya no temblaban. Eso la asustó. La rabia seguía ahí, pero debajo de la rabia había una calma horrible, práctica, que sabía dónde poner una toalla, cómo limpiar la sangre para que no se ahogara, cómo hablarle aunque él pareciera no escuchar.

—No te atrevas a morirte —le dijo, apretándole el hombro—. Me debes ciento sesenta mil pesos.

Santiago abrió los ojos apenas.

—Vale...

Valentina se quedó sin aire.

—Cállate. No gastes saliva.

Los paramédicos llegaron ocho minutos después con seguridad del hotel y el gerente nocturno detrás, pálido como una sábana. Marco apareció casi al mismo tiempo, con el cabello mojado y el saco puesto sobre una camiseta, como si hubiera salido de la cama sin terminar de vestirse.

—Señorita Estrada, ¿qué pasó?

Valentina se levantó despacio. Tenía sangre en la manga y el cuello del uniforme torcido.

—Dolor de estómago, alcohol, vómito con sangre. No quiso médico antes.

Marco miró el antiácido aplastado en la alfombra. No preguntó. Ese silencio le agradeció y la condenó al mismo tiempo.

Los paramédicos subieron a Santiago a una camilla. Cuando lo aseguraron con correas, él abrió los ojos y buscó algo en la habitación. Su mirada encontró a Valentina.

Ella se cruzó de brazos.

—No me mires. Te dije que tomaras la medicina.

Santiago intentó sonreír. Le salió una mueca de dolor.

La camilla salió hacia el elevador privado.

Valentina no los siguió.

Se quedó en medio de la suite, con la alfombra manchada, la pulsera de Fabián en la muñeca y la boca todavía hinchada por un beso que ahora parecía de otra vida.

Patricia la encontró en el pasillo de servicio veinte minutos después, sentada en una silla de plástico, con una botella de agua cerrada entre las manos.

—Dios mío, Tina. ¿Estás bien?

—Sí.

—No me mientas. Tienes sangre en la manga.

—No es mía.

Patricia se acercó, y su cara cambió de preocupación a sospecha en menos de un segundo.

—¿Por qué tienes los botones mal abrochados?

Valentina bajó la vista.

El primer botón estaba en el segundo ojal. El segundo en el tercero. El uniforme, siempre impecable por pura terquedad, parecía abrochado por alguien que había salido corriendo de un terremoto.

—Me vestí rápido.

Patricia levantó una ceja.

—Ajá. ¿Y eso?

Valentina se tocó el cuello demasiado tarde.

Patricia ya había visto la marca roja, fresca, justo debajo de la mandíbula.

—No digas nada —advirtió Valentina.

—No iba a decir nada. Iba a gritar por dentro.

—Paty.

—Está bien. Está bien. Pero escúchame. Mientras tú jugabas a emergencia médica y... a lo que sea que haya pasado arriba, me enteré de algo.

Valentina se puso rígida.

—¿Qué?

Patricia bajó la voz.

—Karla fue la que te denunció. Ella grabó el video de la otra madrugada y se lo mandó directo a operaciones. También dijo que tú estabas "ofreciendo servicios fuera de protocolo" en la suite del señor Reyes.

Por un momento, el cansancio desapareció.

Valentina sintió una línea fría bajarle por la espalda.

—¿Eso dijo?

—Eso dijo. Y lo repitió lo suficiente para que medio hotel lo oyera.

La puerta del elevador de servicio se abrió. Marco salió, hablando por teléfono. Cuando vio a Valentina, terminó la llamada con una frase corta.

—Entendido. Hospital San Gabriel.

Valentina se levantó.

—¿Qué dijeron?

Marco guardó el celular.

—Hemorragia gástrica. Lo están estabilizando. Pidió que no la molestaran.

Valentina soltó una risa sin humor.

—Qué considerado.

Marco la miró como si quisiera decir algo más y no pudiera.

—El médico recomienda que alguien que estuvo presente explique la secuencia de síntomas.

Patricia le tomó el brazo.

—Tina, no tienes que ir si no quieres.

Valentina miró la pulsera doblada en su muñeca. Después miró la sangre seca en su manga.

—Voy a ir.

Patricia abrió la boca.

Valentina se adelantó.

—Solo por la comisión de servicio extraordinario.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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