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El Umbral De Las Almas

El Umbral De Las Almas

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Mundo de fantasía
Popularitas:427
Nilai: 5
nombre de autor: Alicegxoxo

Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.

NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21 : La niña que llamaba "Aza" al monstruo

Evitar a una persona resulta sorprendentemente difícil cuando esa persona parece estar en todas partes.

No porque Azrael me persiga.

Al contrario.

Es como si ambos hubiéramos decidido recorrer el mismo palacio procurando no coincidir nunca.

Si escucho que está en el jardín, camino hacia la biblioteca.

Si Gabriel menciona que el Emperador está inspeccionando los salones del ala norte, encuentro una excusa maravillosa para dirigirme al ala sur.

Empiezo a convertirme en una experta.

Lo triste es que nadie parece darse cuenta...

excepto Gabriel.

—Vas en dirección contraria.

Levanto la cabeza.

Él señala el pasillo que acabo de dejar atrás.

—La biblioteca queda por allí.

Parpadeo.

—Lo sabía.

—Claro.

—Solo... estaba comprobando si tú también lo sabías.

Gabriel me observa unos segundos.

Después niega con una sonrisa.

—Esa ha sido una de tus peores mentiras.

—Estoy perdiendo práctica.

—No. Estás perdiendo concentración.

No respondo.

Porque tiene razón.

Y eso me molesta.

Muchísimo.

---

La biblioteca permanece casi vacía a esa hora.

Me refugio entre los estantes más alejados con un libro que llevo veinte minutos sosteniendo sin haber leído una sola línea.

Paso la misma página tres veces.

Vuelvo atrás.

Intento concentrarme.

Fracaso.

Cada vez que cierro los ojos veo la misma imagen.

Una niña riendo.

Azrael sonriendo.

Aquel gesto delicado apartándole el cabello de la frente.

Sacudo la cabeza.

No.

Ya basta.

Me obligo a leer.

—¿Tú eres Nirvana?

La vocecita me hace levantar la vista de inmediato.

Frente a mí está la niña.

La misma del patio.

Los ojos grises me observan con una curiosidad tan abierta que resulta imposible sentirse incómoda.

Me quedo completamente inmóvil.

Ella también.

Durante varios segundos nos limitamos a mirarnos.

Hasta que sonríe.

—Eres más bonita de cerca.

Parpadeo.

No era la primera frase que esperaba escuchar.

—Gracias...

Creo.

Ella ríe.

—Aza tenía razón.

Mi corazón da un pequeño vuelco.

—¿Perdón?

La niña parece darse cuenta demasiado tarde de lo que acaba de decir.

Se lleva ambas manos a la boca.

—Uy.

La observo unos segundos.

No sé si insistir.

No hace falta.

Ella cambia de tema con la rapidez propia de los niños.

—¿Qué lees?

Bajo la vista hacia el libro.

Tardo varios segundos en responder.

—No tengo idea.

La niña frunce el ceño.

—¿Cómo que no?

Levanto el libro.

Lo miro.

Después vuelvo a mirarla.

—Llevo veinte minutos intentando descubrirlo.

Ella suelta una carcajada.

Tan espontánea que termino riéndome también.

—Entonces eres peor que yo.

—¿A ti tampoco te gusta leer?

Hace una mueca exagerada.

—Me gusta... cuando Gabriel no me obliga.

No puedo evitar sonreír.

—¿Te obliga mucho?

—Demasiado.

Cruza los brazos con solemnidad.

—Dice que una futura dama debe leer.

—¿Y tú qué opinas?

—Que una futura dama también necesita jugar.

La lógica me resulta impecable.

—No parece un mal argumento.

—¿Verdad que no?

Asiento con seriedad.

—Definitivamente deberías explicárselo.

La niña suspira.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—Me dio otro libro.

Las dos soltamos una risa al mismo tiempo.

No recuerdo la última vez que reí con tanta facilidad.

---

Nos sentamos sobre la alfombra junto a una ventana.

Ella saca unas hojas dobladas y varios carboncillos de una pequeña bolsa de tela.

—¿Sabes dibujar?

La pregunta me toma por sorpresa.

—Más o menos.

—Yo dibujo fatal.

Empieza a hacer unas líneas torcidas sobre el papel.

—Pero Aza dice que eso no importa.

Observo el dibujo.

Parece un árbol.

O quizá una nube.

Es difícil saberlo.

—¿Y qué estás haciendo?

Me mira como si hubiera formulado la pregunta más absurda del mundo.

—Un dragón.

Contengo la risa.

—Claro.

Ahora lo veo.

Ella me señala con el carboncillo.

—Te estás burlando.

—Jamás.

—Sí.

—Un poquito.

La niña termina riéndose también.

Tiene una forma de reír que llena el silencio.

Empiezo a entender por qué incluso Gabriel le tiene tanta paciencia.

Mientras sigue dibujando, la observo de reojo.

Hay algo increíblemente familiar en ella.

No en su rostro.

En la tranquilidad con la que habla de Azrael.

Como si para ella no fuera el hombre al que todos temen.

Solo...

Aza.

—¿Vives aquí? —pregunto con aparente indiferencia.

Ella asiente sin levantar la cabeza.

—Sí.

—¿Con el Emperador?

—Sí.

El nudo vuelve a aparecer en mi pecho.

Intento que mi siguiente pregunta suene casual.

—¿Y tu mamá?

El carboncillo deja de moverse.

La sonrisa desaparece despacio.

—No la conocí.

Mi respiración se vuelve más lenta.

No esperaba esa respuesta.

—Lo siento.

Ella se encoge de hombros.

—No pasa nada.

Dice que está en un lugar bonito.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Quién dice eso?

—Aza.

Hay tanta confianza en su voz que me desarma.

Permanezco unos segundos en silencio antes de atreverme a preguntar lo que realmente quiero saber.

—¿Y... tu papá?

Esta vez sí baja la cabeza.

Aprieta un poco más el carboncillo entre los dedos.

—Murió cuando yo era muy pequeña.

Siento que el mundo entero se queda inmóvil.

No...

Entonces...

Azrael no es su padre.

Una oleada de vergüenza me recorre de arriba abajo.

Durante días imaginé historias.

Inventé una mujer.

Inventé una familia.

Inventé un pasado que jamás existió.

Y lo juzgué.

Sin darle siquiera la oportunidad de explicarse.

La culpa me aprieta el pecho con una fuerza insoportable.

—Lo siento mucho, Lyra.

Ella levanta la cabeza sorprendida.

—¿Por qué?

—Por... hacer una pregunta triste.

Me dedica una sonrisa pequeña.

—No fue triste.

Solo fue una pregunta.

Qué curioso.

Los niños tienen esa extraña capacidad de hacer que las cosas parezcan más simples de lo que realmente son.

---

Permanecemos un rato más dibujando.

O, mejor dicho, ella dibuja y yo intento adivinar qué está dibujando.

Pierdo todas las veces.

Cuando el sol plateado empieza a inclinarse, Lyra recoge sus hojas.

Se pone de pie de un salto.

—Tengo que irme.

Asiento.

—Seguro Gabriel ya empezó a buscarte.

Hace una mueca.

—Probablemente.

Da dos pasos.

Después vuelve sobre ellos.

Mira a un lado.

Luego al otro.

Como si estuviera comprobando que nadie pudiera escucharla.

Se acerca un poco más.

—¿Quieres que te cuente un secreto?

No puedo evitar sonreír.

—Claro.

Se pone una mano junto a la boca y susurra:

—Aza sonríe mucho más desde que llegaste.

Parpadeo.

No sé qué responder.

—¿Cómo lo sabes?

Ella me mira como si la respuesta fuera evidente.

—Porque antes casi nunca sonreía.

Mi corazón da un vuelco.

Lyra sigue hablando con absoluta naturalidad.

—A veces pasaban semanas sin que lo hiciera.

Pero ahora...

se le olvida estar serio.

Siento un calor extraño subir hasta mi garganta.

No.

Eso no puede ser.

Después de todo lo que ha ocurrido...

¿de verdad...?

La niña da media vuelta.

Empieza a correr hacia la puerta.

Antes de salir, se gira una última vez.

—Me caes bien.

Sonríe con todos los dientes.

—Creo que a Aza también.

Y desaparece.

La biblioteca vuelve a quedarse en silencio.

Permanezco inmóvil, con la vista fija en la puerta por la que acaba de marcharse.

La culpa sigue ahí.

Pero ahora se mezcla con algo mucho más peligroso.

Esperanza.

Una esperanza pequeña.

Frágil.

De esas que una intenta no tocar para no romperlas.

Bajo la vista hacia el dibujo que Lyra olvidó sobre la alfombra.

Sonrío.

Definitivamente no parece un dragón.

Y, por primera vez desde que llegué al Purgatorio...

descubro que quizá lo más difícil no será recuperar mis recuerdos.

Quizá lo más difícil...

sea aprender a confiar otra vez.

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Cristian Bermudez
Buen inicio de historia, está interesante. 🥰
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