En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
NovelToon tiene autorización de Luna Azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 23
La noche cayó sobre las tierras altas con una solemnidad gélida y absoluta. El viento, que durante el día había azotado los riscos con la violencia de un látigo, se había retirado por completo, dejando la montaña sumida en un silencio tan denso que parecía casi irreal. En el mirador más alto de la fortaleza de piedra negra, una estructura circular abierta al firmamento y construida con bloques de roca volcánica, el frío invernal era cortante, capaz de congelar el aliento en el aire en un parpadeo. Sin embargo, sobre las losas de piedra cubiertas por una fina capa de escarcha, el ambiente estaba impregnado de un calor febril y un magnetismo que desafiaba por completo a la naturaleza del invierno.
Alondra permanecía de pie junto a la barandilla de piedra, observando el abismo oscuro que se abría a sus pies. Desde esa altura, el valle de Oakhaven parecía una mota de polvo insignificante, un puñado de luces titilantes y lejanas atrapadas en el fondo de una cuenca de niebla gris. Llevaba una túnica de lana fina de color verde musgo, pero su verdadero escudo contra la intemperie era la inmensa presencia física que la envolvía desde atrás. Caleb se encontraba plantado justo a su espalda, actuando como un muro infranqueable de carne, músculo y energía mística.
El Alfa no llevaba su pesada capa de pieles; su torso robusto y esculpido estaba expuesto al frío, desafiando la escarcha con ese calor corporal sobrenatural que emanaba de su raza. Sus brazos monumentales, cubiertos de los intrincados tatuajes tribales que vibraban suavemente bajo su piel bronceada, rodeaban la cintura de Alondra con una fuerza posesiva que la mantenía firmemente pegada a su pecho. Las manos grandes y callosas del guerrero descansaban sobre el vientre de la joven, un gesto que en la intimidad de la noche no solo denotaba dominio, sino una necesidad imperiosa de protegerla de todo mal.
—Siento que algo está cambiando en el aire, Caleb —susurró Alondra, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyar la nuca en el hombro sólido del Alfa, permitiendo que su larga y ondulada cabellera dorada se desparramara sobre el pecho del guerrero—. No es la ventisca que se avecina. Es una pesadez en la atmósfera. Como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración, esperando a que caiga el primer golpe.
Caleb inclinó su rostro esculpido, enterrando la nariz en la curva de su cuello, justo donde la marca de la luna creciente latía con un pulso suave y constante. El Alfa inhaló su aroma dulce, esa mezcla de vainilla, miel y el sutil toque de ozono de su propia magia, con una lentitud tortuosa que hizo que Alondra cerrara los ojos, estremeciéndose. Depositó un beso ardiente y húmedo sobre la piel pálida, seguido de un suave mordisco que despertó una corriente eléctrica a través del lazo de los mates.
—Mi lobo también está inquieto, mi pequeña luna —su voz fue un gruñido espeso, una caricia rasposa que vibró directamente en los huesos de la joven—. Los exploradores que vigilan la frontera norte informaron de ruidos extraños en las faldas de la montaña. Eco de picos y desprendimientos de rocas en los sectores donde la tierra está muerta. He enviado a Anthony con una patrulla para que inspeccione las antiguas entradas de las minas de carbón que los humanos abandonaron hace décadas. No confío en el alcalde; una rata acorralada no pelea con honor, busca el veneno y las sombras.
Alondra giró el cuerpo entre sus brazos, quedando frente a frente con el coloso. El contraste entre ambos seguía siendo de una belleza desgarradora: ella, delgada y etérea bajo la luz de la luna creciente; él, un titán de la guerra tallado en la roca de la montaña. Posó sus manos pequeñas sobre el pecho ardiente de Caleb, sintiendo los latidos pesados y acompasados de su corazón contra sus palmas, y le sostuvo la mirada dorada con una fijeza inquebrantable.
—Si el alcalde intenta arrastrarse por las sombras, nos encontrará listos, Caleb —declaró ella con una seguridad que asombraba al propio Alfa—. El Paso del Susurro demostró que tu pueblo y mi magia son uno solo. Ya no soy la víctima que dejaron en el altar del sacrificio. Soy tu compañera, la Luna de la Manada Roja, y no permitiré que destruyan el hogar que me diste.
Caleb la miró con una mezcla de orgullo salvaje y una devoción devoradora que le encendió las pupilas en un tono rojizo. La tomó de la barbilla con sus dedos grandes, obligándola a alzar el rostro, y se inclinó para atrapar sus labios en un beso que congeló el tiempo en el mirador.
Fue un beso hambriento, demandante y cargado de un romance fuerte y apasionado. La boca de Caleb reclamaba la de Alondra con una urgencia que parecía querer borrar la amenaza de la guerra que los rodeaba. Su lengua exploró cada rincón con una posesividad implacable, arrancándole un gemido entreabierto a la joven, quien rodeó los hombros anchos del Alfa con sus brazos, enterrando las uñas en la piel caliente de su espalda. El calor de sus cuerpos se convirtió en un oasis en mitad del invierno; las caderas del guerrero se presionaron con firmeza contra las de ella, recordándole con cada caricia que sus almas y sus destinos estaban entrelazados más allá de la vida y de la muerte.
Caleb interrumpió el beso por un segundo, manteniendo sus frentes unidas, mientras sus respiraciones entremezcladas creaban una densa nube de vapor en el aire frío.
—Escúchame bien, Alondra —dijo el Alfa, y su voz recuperó esa seriedad majestuosa que imponía obediencia en toda la montaña—. Si la situación en la fortaleza se vuelve insostenible... si la plata y el veneno del valle logran flanquear nuestras defensas principales, quiero que tomes a los cachorros y a los ancianos y utilices el pasadizo del Paso del Norte. Hay refugios naturales en las cumbres más altas donde ningún ejército humano podría encontrarlos jamás. Anthony sabe el camino.
Alondra frunció el ceño y lo golpeó suavemente en el pecho con el puño, negándose rotundamente a aceptar la idea de una separación.
—No voy a huir, Caleb —replicó con una frialdad soberana en la voz—. No me pidas que te deje solo en mitad del fuego. Si la Manada Roja debe luchar por su supervivencia, yo estaré en la primera línea, sosteniendo tu espíritu a través del lazo. Si caemos, caeremos juntos, pero no voy a esconderme en una cueva mientras tú derramas tu sangre por nosotros.
Caleb soltó un suspiro largo, y una sonrisa ladeada, salvaje y llena de una admiración infinita, se dibujó en sus facciones esculpidas. La apretó aún más contra su pecho, enterrando el rostro en su cabellera dorada.
—Eres más testaruda que cualquier lobo de mi guardia de élite, mi pequeña luna —gruñió con cariño y posesividad—. Está bien. Pelearemos juntos. Pero no vamos a caer. He gobernado estas tierras durante un siglo, y no permitiré que un puñado de comerciantes y un alcalde cobarde dicten el final de mi estirpe.
Mientras los dos amantes se fundían en un abrazo protector en lo alto del mirador, buscando en el calor del otro la fuerza para el mañana, el silencio de la noche se rompió de forma sutil en las profundidades de la fortaleza. Un piso por debajo de los aposentos principales, en el ala donde se custodiaban los almacenes de grano y carne seca, el aire comenzó a volverse extrañamente espeso. Un hilo casi invisible de humo gris, con un olor dulce pero nauseabundo a resina quemada y azufre, comenzó a filtrarse por una de las grietas de las losas de piedra del suelo.
Era el veneno del acónito negro, que avanzaba en silencio por los conductos de ventilación desde las antiguas minas olvidadas. Silas y sus hombres habían iniciado el sabotaje subterráneo.
Caleb se tensó de golpe en mitad del mirador. Sus ojos dorados se entrecerraron y sus fosas nasales se dilataron con violencia. El lazo místico en su pecho emitió una punzada de advertencia, una alerta de sangre que hizo que el lobo interno del Alfa despertara con un gruñido salvaje que resonó en la quietud de la noche. El olor a traición acababa de romper la calma, anunciando que el vendaval del valle ya estaba bajo sus pies.